Raquel Andueza, soprano, y Jesús Fernández Baena, tiorba, en el recital de ayer en Santa Eulalia. Nerea Llorente.
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Ángel González Pieras

La Venecia de los siglos XVI y XVII fue un hervidero de belleza, de arte, de sensualidad. No siempre –casi nunca- siguiendo las reglas más cristianas. Durante el siglo XVI la ciudad del Dogo estaba aislada política y económicamente. La caída de Constantinopla en manos de los turcos cambió las rutas del comercio; igual que el Descubrimiento de América. Pero las apreturas azuzan el ingenio, y el espíritu adquiere una libertad como si su reino escapara de las cosas mundanas.

Es la Venecia del Giorgione, de Bellini, de Tintoretto, del Veronés, del Greco. Es la Venecia adonde se acerca Monteverdi, y trabaja Francesco Cavalli, y Antonio Cesti, y Tarquinio Merula. Y en donde luego, décadas después, nacería Antonio Vivaldi. Y es la Venecia de Barbara Strozzi. Un personaje peculiar en la Italia del seiscientos. Hija adoptiva, y seguramente ilegítima, del juez, libretista y poeta Giulio Strozzi y de la sirvienta de la casa. Strozzi fue una adelantada a su época, como lo fueron Lavinia Fontana, Artemisia Gentileschi o Sofonisba Anguissola. Fundó una Academia musical y fue compositora y “virtuosissima cantatrice”.

Raquel Andueza no le va a la zaga. Ayer lo volvió a demostrar en un exquisito recital ofrecido en la iglesia de Santa Eulalia dentro del ciclo III Encuentro Mujeres Músicas “María de Pablos” que organizan la Fundación Don Juan de Borbón y el Ayuntamiento de Segovia. El recital de la soprano navarra iba dedicado a Barbara Strozzi y a su tiempo. Una época, ese barroco, en el que la palabra prima, el mensaje se impone, y la música acompaña en un juego entre el texto y los acordes en busca de la expresión de un sentimiento, sea amor, despecho o pasión –siempre pasión-.

Es entonces cuando la expresividad vocal se encuentra con partituras repletas de subidas y bajadas de tonos, momentos de delicadeza y momentos de fuerza y garra. Algunas piezas, como la Chacona de Monteverdi, exigieron de la intérprete instantes de virtuosismo –con bien llevados fiatos- con claridad en el fraseo para estar a la altura de los requisitos de la partitura.

Raquel Andueza cumplió con creces. Con voz dulce, modulada; sin imprecaciones ni falsetes; con un dominio de los tonos y una dulzura expresiva que casaba muy bien con su vocalización segura y precisa. También estuvo muy solvente Jesús Fernández Baena con la tiorba, único componente ayer de La Galanía, conjunto que de normal incluye violín y arpa doppia. Muy bien elegido el programa, con arias de Francesco Cavalli –enorme el gran Cavalli, capaz de componer 26 óperas-, Monteverdi y anónimos varios descubiertos por la propia soprano en sus recorridos por diversas bibliotecas europeas. Hasta el retablo de Santa Eulalia no desentonaba en esa noche de belleza barroca.