Contra el idealismo *

No soy un idealista. Faltaría más. Me ha calado bien la persona más pontifical que conozco: el cronista Eduardo Juárez, brillante colaborador de este periódico. Intento explicar a continuación mi tajante declaración de principios, aunque ya de inicio anticipo que no es moco de pavo la cosa. Vayamos al trapo.

Al idealismo le gustan los conceptos generales e incluso preexistentes: Dios, Nación, Virtud, y eso conlleva problemas, pues se acerca –jugando con fuego- al dogma, que una cosa es ser optimista y otra depositar el porvenir en una idea; los idealistas no persiguen un ideal, vienen de él porque les antecede. Y ya se sabe que ante un dogma no hay criterio particular que valga. Al idealismo le interesa más, por poner un ejemplo, la Nación que las personas que conforman la patria. ¿Han oído el talibanismo civil de la ex conseller y prófuga Clara Ponsatí? Viene a decir que es más importante la independencia de Cataluña que la vida de un ciudadano. ¿Se puede observar mayor fanatismo ideológico? Es el peligro que posee creerse en posesión de un ideal: que ante él todo tiene que ser sacrificado; cuando esto sucede ya no hay vuelta atrás: estamos perdidos.

No genera la misma emoción el ábside de la catedral de Segovia a quien a él se enfrenta conociendo el percal que al ignorante

Siempre he preferido el binomio de que lo que se piense sea una consecuencia racional de lo que se siente y lo que se siente una deriva de lo que se conoce. No genera la misma emoción el ábside de la catedral de Segovia a quien a él se enfrenta conociendo el percal que al ignorante. Pero tampoco posee la misma riqueza quien forma un concepto a través de la percepción –Esse es percipi, mantenía Berkeley- que quien navega en las ideas sin tocar con sus pies el barro. Adquiro felicitas in herbis et lapidibus, la felicidad que emerge entre las piedras y las flores, que dijo Goethe; pero lo afirmó en su madurez, después de tontear en años mozos con el idealismo que tan grato es para los alemanes, quizá porque a muchos de ellos –alemanes- les cuesta escuchar el mundo sensorial. Esa es la ventaja de la cultura mediterránea.

Uno de los poemas más ambivalentes de Antonio Machado es aquel en el que escribe: “No tu verdad: la verdad,/ y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”. He tenido posiciones encontradas sobre ese terceto a la largo de mi vida. Me gustan los dos versos finales, pero eso de la Verdad…, como que me da repelús. No creo en la Verdad como concepto absoluto; sí, como es lógico –lo contrario haría creer que soy un zote-, en las certezas. O en la posibilidad temporal de las certezas. Hasta ahí llega mi relativismo. En cuanto a la Verdad, a la Justicia, a la Belleza, me interesa más el proceso de acercamiento a ellas, la intención de su búsqueda, que el hecho de su posesión.

Cuando estudiaba Derecho, en quinto curso, como colofón de la carrera había una asignatura llamada Filosofía del Derecho. La mayoría de mis compañeros, ganados por el derecho positivo, por el tecnicismo que se agota en cómo poner una demanda o en trucos procesales, desdeñaba la disciplina. A mí, ese replanteamiento de lo que era la Justicia, de la existencia o no de un Derecho Natural inmutable, me interesó como reflexión que se alzaba sobre tanta materialización normativa. Recuerdo el libro de Hans Welzel y su capítulo final: ¿Qué es lo que queda?, se titulaba. Es decir, después de estudiar las distintas escuelas y su acercamiento al concepto de lo justo como idea previa, universal, general, se cuestionaba la conclusión: ¿hay principios jurídicos inmutables: lo que está bien, lo que está mal, y por lo tanto lo que debe ser primado o castigado basados en ellos?

Si el ser humano se ha impuesto como contenido vital el deber ser trascendente, que este se comprenda bajo las condiciones cambiantes de la existencia histórica

El profesor se atrevía a realizar una afirmación: lo importante, lo que legitima la definición, son los procedimientos por los cuales se llega a la idea que se pretende; será esta legítima si son las relaciones sociales libres, la polémica entre las diversas posturas, las que predominan en una sociedad abierta y participativa, sin apriorismos previos. Por eso me gustan los dos últimos versos de Machado. Si el ser humano se ha impuesto como contenido vital el deber ser trascendente, que este se comprenda bajo las condiciones cambiantes de la existencia histórica. Ni echando mano de lo absoluto ni apelando lisamente al poder. Ni idealismo ni positivismo. Y eso, desde el siglo XVIII se llama democracia parlamentaria. Desde el punto de vista personal supone apostar por una moral participativa, de tolerancia recíproca, que sea marcada por el tiempo en que se vive y la sociedad en la que se convive. Por ello es tan peligroso el presentismo como querer exportar de manera obligatoria –aunque nada obste el intentarlo- esquemas de convivencia de una sociedad, de una civilización, a otra.

Tolerancia participativa y recíproca, y la autocorrección permanente como método de mejora. No la determinación personal a partir de una idea preexistente; que no otra cosa es el idealismo.


*Este artículo es respuesta al publicado el 6 de marzo bajo la firma de Eduardo Juárez.