25 05 2022 Gabriel Tortella 14
25 05 2022 Gabriel Tortella 14

Es Vd. un historiador económico de referencia y especialista en Historia Contemporánea. Su último libro reeditado “Capitalismo y revolución”, explica la génesis de la socialdemocracia y el notable éxito de dicho sistema:

–Usted describe en el libro el fracaso estrepitoso del comunismo, ¿cómo lo resumiría?
–Precisamente ahora estoy preparando un curso sobre las revoluciones del mundo moderno que tendrá lugar en el Ateneo de Madrid a partir del 19 de octubre. Casi podríamos resumir las razones del fracaso del comunismo en una sola palabra: Lenin. Su teoría de la revolución era una monstruosidad, pero él tuvo la suerte (y la Humanidad la mala suerte) de poder ponerla en práctica en Rusia tras la caída del régimen zarista. Muy someramente, las revoluciones son crisis de crecimiento de las naciones en su proceso de desarrollo económico. Así ocurrió con la revolución de los Países Bajos (1568-1648), la de Inglaterra (1740-1788), la norteamericana (1776-1783), la francesa (1789-1804), etc.

Estas revoluciones (todas más o menos violentas) dieron el poder a la “burguesía” introduciendo un sistema parlamentario representativo. No es que la aristocracia perdiera el poder, simplemente lo compartió con la clase media. Pero estas revoluciones “burguesas” dejaron a las clases bajas (el “proletariado”) a la intemperie, sin poder político (típicamente sólo votaban en las elecciones los que pagaban un cierto nivel de impuestos) y sin protección contra los altibajos de la economía, los problemas de la vejez, la desigualdad social, etc.

Durante el siglo XIX, en los países adelantados se va planteando una lucha de los proletarios por participar en el poder y lograr representación en los parlamentos, para lo cual se crearon sindicatos y partidos socialistas. Este movimiento obrero se escindió en dos grupos, el revolucionario violento, de Marx, y el gradualista (socialdemócrata) del grupo “fabiano” en Inglaterra y de Eduard Bernstein, luego también Karl Kautsky, en Alemania. Los socialdemócratas tenían como objetivo fundamental el sufragio universal, que les permitiera acceder al parlamento y desde allí, pacífica y legalmente, promover una legislación que protegiera a los trabajadores pobres con medidas como el seguro de desempleo, el de enfermedad, la enseñanza gratuita, las pensiones públicas, etc. Esto se consiguió a partir de la Primera Guerra Mundial. Lenin no quería ni oír hablar de esto. Odiaba a Bernstein y a Kautsky. Él quería una revolución violenta llevada a cabo por un pequeño partido de acción que se apoderara del poder con un audaz golpe de mano. Lo logró en Rusia a finales del 1917. Como el partido comunista era muy minoritario (Rusia, pese a unas décadas de industrialización a finales del siglo XIX, y principios del XX, era un país muy atrasado), tuvo que implantar una dictadura férrea y mantenerse en el poder por medio de un régimen de terror. Este sistema monstruoso sobrevivió a Lenin y duró unos 70 años, pero resultó decepcionante en casi todos los terrenos y acabó ignominiosamente en 1991, derribado por la propia élite gobernante, que pensó que con el capitalismo les iría mejor. En definitiva, Lenin llevó a cabo a deshora una revolución proletaria sin proletarios. Y luego fue imitado en China, Cuba, Corea del Norte, Venezuela, etc.

–¿Qué entendemos por socialdemocracia?
–Como he dicho, en la segunda mitad del siglo XIX varios socialistas advirtieron que una de las premisas de Marx, la llamada “ley de bronce de los salarios”, no se daba en la realidad. Esta “ley” decía que los salarios de los trabajadores nunca pasarían del mínimo de subsistencia, lo cual implicaba que el nivel de vida de la clase obrera nunca mejoraría y ésta viviría siempre al borde de la inanición. Como digo, esto quedó desmentido en la segunda mitad del siglo XIX, cuando las clases populares inglesas y europeas empezaron a estar mejor alimentadas, vestidas y alojadas, sus tasas de mortalidad disminuyeron y su esperanza de vida se prolongó visiblemente. Esto, por otra parte, era natural: si el desarrollo económico lleva consigo aumentos en la producción de alimentos, textiles, construcción y otras mejoras, es inconcebible que la mayoría de la sociedad no tenga acceso a ellas. Una vez que la “ley de bronce de los salarios” se demostró falsa, evidentemente había que replantearse toda la teoría de la revolución violenta y admitir la posibilidad de que la profundización de la democracia por medio del sufragio universal, sin violencia, pudiera contribuir decisivamente a la corrección de las injusticias sociales. Por añadidura, el crecimiento económico capitalista iba a permitir que continuara el aumento de la riqueza en que todos podían participar. No sólo podían, es que era imposible que no participaran. En dos palabras, los pobres podían dejar de serlo sin que los ricos tuvieran que empobrecerse. La revolución violenta y la “dictadura del proletariado” no eran sino utopías disparatadas, producto de mentes calenturientas, que han producido incontable sufrimiento innecesario.

–¿Qué supuso la Revolución Francesa?
–La Revolución Francesa fue, según mi criterio, la cuarta revolución burguesa, pero se convirtió en un paradigma por varias razones. Una de ellas, que tuvo un caldo de cultivo intelectual de gran calibre, con toda la filosofía ilustrada de Voltaire, Montesquieu, la Enciclopedia, etc. Aunque hay que reconocer que los filósofos franceses se inspiraron en la revolución inglesa y en los filósofos ingleses como Hobbes y Locke. Otra razón es que los años del terror (1792-1794) y el invento de la guillotina han producido en la mente colectiva una fascinación morbosa. Pero lo más importante es que la Revolución Francesa tuvo repercusiones y dimensiones universales. Afectó tanto al resto de Europa como a casi la totalidad del continente americano; muchas innovaciones sociales introducidas por Francia fueron luego adoptadas por muchos otros países, incluso los que la combatieron, como España, con su constitución de Cádiz. Sobre la Revolución Francesa yo recomiendo la lectura de una contemporánea genial, Madame de Staël, que la vivió intensamente, conoció a todos los protagonistas, criticó y condenó acerbamente tanto el Terror de Robespierre como la dictadura militar de Bonaparte y vio con asombrosa perspicacia los paralelismos entre la revolución inglesa y la francesa y las íntimas relaciones entre el jacobinismo y el bonapartismo.

–¿Y la Revolución Industrial?
–Bueno, la Revolución Industrial es como el motor que propulsa el desarrollo económico y con él el cambio social, que da lugar a las revoluciones políticas. La Revolución industrial tuvo lugar en Inglaterra entre mediados del siglo XVIII y mediados del XIX, aunque Francia, Bélgica y Estados Unidos también aportaron innovaciones que fueron parte de esta revolución. También vale la pena señalar que el término “Industrial” es excesivamente restrictivo, porque la agricultura y los servicios también se vieron revolucionados durante este período. Y, como la Revolución Francesa, la Industrial también se fue difundiendo por Europa Occidental y Norteamérica, primero, luego por las colonias inglesas y por un país asiático, Japón.

–¿A qué países ha beneficiado la revolución industrial?
–Ya he mencionado a los primeros. Se ha dicho que los países industriales se beneficiaron explotando a los que luego fueron el Tercer Mundo. No voy a negar que hubiera alguna explotación, pero se ha exagerado mucho su importancia económica. Si la explotación de las colonias hubiera sido crucial para el crecimiento de los países industriales ¿cómo se explica que Inglaterra perdiera a su colonia más rica, Estados Unidos, en plena Revolución Industrial, y ésta no se viera apenas afectada? En realidad, en la difusión de la Revolución Industrial tuvo mucho que ver el factor geográfico, digan lo que digan Acemoglu, Robinson y compañía, por la sencilla razón de que la revolución agraria fue en gran medida el antecedente necesario de la revolución industrial: la agricultura produjo excedentes invertibles en industria, excedentes de mano de obra para las fábricas, y un mercado profundo para los productos industriales. En los países tropicales no se daban las condiciones para esa revolución agraria previa, que está basada en la producción de cereales y en la ganadería de climas templados. Esto explica también el retraso relativo de la zona mediterránea en Europa, que tiene peores condiciones para el trigo y la ganadería. La difusión de la Revolución Industrial se explica mucho mejor por factores climáticos y culturales que con estribillos efectistas de explotaciones despiadadas. Aunque la historia económica contenga episodios vergonzosos, como el tráfico de esclavos, este tipo de aberraciones ha tenido relativamente poca importancia económica. La agricultura esclavista desapareció en América y la agricultura sudista pronto se adaptó, los efectos económicos fueron pequeños.

–¿Cómo fue la Revolución americana?
–De la cuatro primeras revoluciones modernas, la primera y la tercera, la holandesa y la americana, fueron a la vez guerras de independencia, mientras que la segunda y la cuarta, la inglesa y la francesa, fueron endógenas: por eso se parecen tanto unas y otras. La Revolución Americana presenta ciertos interrogantes: ¿Por qué se rebeló una colonia tan próspera, con un nivel de vida probablemente superior al de la metrópoli? ¿Y por qué quiso independizarse del país más “democrático”, o, cuando menos, más liberal y parlamentario ¿Y por qué lo hizo tras la victoria sobre Francia en la Guerra de los Siete Años, que garantizó el espacio y la preponderancia de los anglosajones en Norteamérica?

Las respuestas son complejas, pero hay que admitir que la política colonial de Inglaterra no fue nada acertada, tanto en el caso de Estadas Unidos como en el de Irlanda. Inglaterra tenía un sistema parlamentario, pero las colonias no estaban representadas en él. Y las Trece Provincias eran demasiado parecidas a la metrópoli y demasiado prósperas para dejarse tratar como inferiores. El principio de no taxation without representation, que fue una de las consignas revolucionarias, tuvo mucha importancia en la revolución americana. Tanto más cuanto que Inglaterra quería cobrarles a los americanos el coste de la reciente guerra, que tanto les había beneficiado. Tenían los británicos al menos parte de razón, pero se comportaron con una prepotencia muy miope. Y por lo que respecta a la democracia, los americanos querían llevar a sus últimas consecuencias la Revolución inglesa, introduciendo el sufragio universal masculino (sólo en algunos estados, cierto) y consagrar valores republicanos, como la abolición de la nobleza y la creación de un sistema presidencialista. A cambio, con la independencia conservaron elementos muy racistas, como la esclavitud en los Estados del Sur y la expansión hacia el oeste a costa de las tribus indias nativas.

–¿Y las independencias hispanoamericanas?
–España a principios del siglo XIX perdió contacto con sus colonias americanas a causa de la invasión francesa y de las guerras napoleónicas. Por otra parte, Inglaterra se convirtió en gran polo de atracción por sus exportaciones de productos industriales, por su riqueza y poderío, y por su intensa actividad comercial. Como colofón, estaba el ejemplo de Estados Unidos que acababa de cortar sus lazos coloniales con Inglaterra, y de Francia, que había creado un nuevo modelo de sociedad progresista y católica. Todas estas circunstancias confluyeron para que las colonias hispanoamericanas quisieran independizarse de una metrópoli debilitada y empobrecida. Luego resultó que esta metrópoli disminuida aún tenía recursos para combatir a los movimientos de independencia y, seguramente, si en lugar de Fernando VII hubiera habido un rey más competente y menos felón, es posible que la independencia de Hispanoamérica hubiera sido más lenta y en mejores condiciones para todos.

–¿Qué ha supuesto la Gran Recesión de 2007?
–Entre otras cosas, ha significado una refutación de las tesis neoliberales extremas y simplistas que decían que la desregulación total de los mercados era una receta infalible para el crecimiento económico. La historia muestra que el liberalismo económico es una gran fórmula de prosperidad económica, pero entraña unos problemas que no pueden perderse de vista. Uno de ellos es que los elementos monopolísticos pueden contrarrestar las virtudes de la competencia. Otro es que en los mercados financieros la regulación es absolutamente necesaria. Y otra, que el modelo keynesiano, pese a sus defectos, a menudo es la mejor arma para contrarrestar los problemas del funcionamiento de los mercados.

–¿Está en crisis la socialdemocracia?
–A las noticias sobre la crisis de la socialdemocracia, como a las del fin del capitalismo les ocurre lo que a las relativas a la muerte de Mark Twain, según él mismo: son muy exageradas. Raro es el día en que un liberal extremo no predice la inviabilidad de la socialdemocracia y un izquierdista extremo no predice el fin del capitalismo. Las sociedades modernas son muy elásticas y permiten ajustar y arreglar los problemas de la socialdemocracia semicapitalista, que es el gran invento social de la era contemporánea contra lo que anuncian agoreros varios.

–¿Como encaja China en el paradigma del esquema socialdemócrata?
–Como encajaba el franquismo, cuya historia se parece mucho desde el otro extremo del espectro político. El comunismo chino, como era el franquismo tardío, es una economía de mercado injertada en un sistema dictatorial totalitario. Es de esperar que llegue el momento de la transición a la democracia del comunismo chino, y que haya más suerte que con el primer intento, el de la Plaza de Tiananmen.

–¿Cómo se pueden beneficiar los países del Tercer Mundo de la socialdemocracia? ¿Se podría llegar a implantar?
–Naturalmente, como demuestra el caso de Corea del Sur, que tantos paralelos tiene con el español; pero de momento parece muy lejana la posibilidad para algunas de las regiones que usted menciona. Ya hemos visto que la revolución socialdemocrática requiere altos niveles de madurez social y económica, que en estas regiones no se alcanzan. En Iberoamérica las posibilidades son mayores, pero allí las doctrinas tercermundistas y anticapitalistas han constituido un gran obstáculo para alcanzar la madurez social y política. En África hay obstáculos físicos: la agricultura tropical con su sistema de plantación no favorece ni la formación del ahorro popular ni la difusión de la educación. En cuanto al Oriente Medio, quizá no suene muy políticamente correcto, pero el islam es un obstáculo a la práctica democrática con su clara oposición a la separación del poder religioso y el civil.

–¿Cómo se explica el relativo éxito y prestigio del que sigue gozando el comunismo, particularmente en España, a pesar de su fracaso y el enorme coste en vidas humanas?
–Los niveles de inercia y pereza mental alcanzan dimensiones sorprendentes. Por supuesto, las desigualdades sociales son causas de disconformidad en gran parte justificadas. Aunque los niveles de desigualdad han disminuido en las sociedades desarrolladas a plazo muy largo, últimamente se han producido retrocesos; y siempre hay y habrá personas que se consideren perjudicadas por las desigualdades sociales y que propendan a las soluciones simplistas y radicales, el deseo de derrocar “lo existente”. Personas que se sienten más atraídas por el catastrofismo romántico que por reformismo racional y prosaico. En España, además, hay problemas serios con el sistema educativo.

–¿Puede tener que ver que apenas existe cine de Hollywood sobre el gulag, sobre Mao?
Puede ser, no lo había pensado, pero tiene sentido.

–¿Cómo interpreta el movimiento woke en Occidente?
–La verdad es que sé muy poco de ese movimiento, pero lo que conozco indirectamente por lecturas y conversaciones me hace pensar que es algo lamentable. Coincido plenamente con lo que dice el profesor de arquitectura de Princeton Alejandro Zaera-Polo en la que le hizo usted en estas mismas páginas. Resulta que la nueva izquierda, con sus propensiones identitarias y su defensa de toda clase de minorías, incluso las inventadas, ha vuelto a lo peor del Antiguo Régimen, con sus castas, su irracionalidad, sus tabús y su intolerancia. Y es lamentable que este movimiento oscurantista y atávico se establezca en un sistema universitario, el estadounidense, que era ejemplar y envidiable hace unas décadas.

–¿Cómo valora las políticas identitarias secesionistas?
–Son un salto atrás al atavismo tribal prehistórico o medieval, que ha hecho la fortuna de muchos avispados demagogos actuales.

–¿Qué consejo daría a las nuevas generaciones de historiadores contemporáneos y especialistas en economía?
–Les felicitaría por haber escogido una especialidad apasionante, aunque minoritaria. Les recomendaría que buscaran herramientas mentales y científicas en la teoría económica y los métodos cuantitativos, pero los grandes planteamientos en los fértiles campos de la política y la sociología. Como decía el gran John Richard Hicks, Nobel de Economía, la historia económica es el campo de encuentro de varias ciencias sociales.