Fernando Jáuregui – La encuesta de ‘los 440 catalanes’

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A veces, las encuestas son un arma cargada de intención. Que se lo pregunten a algunas fabricadas por el CIS y a otras encargadas por partidos políticos con el inequívoco objetivo de divulgar lo bien que van de cara a las inminentes elecciones gallegas y vascas, por ejemplo. Ahora, un sondeo con una muestra de ochocientas personas y encargada por un periódico digital barcelonés claramente separatista informa, a toda página, de que “la mayoría de los catalanes cree que Felipe VI debe abdicar por la corrupción”. Esta mayoría, leemos después, es de un 56,3 por ciento. O sea, que en torno a cuatrocientos cuarenta (440) encuestados piensa que esta abdicación es conveniente. Los titulares y el texto de esta información hacen creer que, en verdad, serían millones quienes así se pronuncian. Y no: son cuatrocientas cuarenta personas.

La utilización de los sondeos se convierte a veces en una ‘fake news’ de primera magnitud. Y me temo que el uso que El Nacional, que es el digital en cuestión, hace de su pequeña encuesta es, cuando menos, desmesurado. Y envuelto en otras informaciones que hacen referencia a las finanzas de Don Juan Carlos I o a la incómoda revelación que otro periódico —El País— hacía este domingo divulgando la declaración de Corinna Larsen, la ‘aventurera’ ex amante del llamado Rey emérito, ante el fiscal ginebrino.

Claro que no vamos a discutir a estas alturas que estas revelaciones, inevitables y hasta saludables, sobre lo que fueron las actividades económicas de quien ocupó la jefatura del Estado durante casi cuarenta años caen como una bomba sobre el concepto popular de la monarquía. El rey Felipe VI, que me parece persona ajena a cualquier corrupción económica o moral y a quien, desde luego, nada ha podido achacársele en cuanto a maniobra dudosa alguna, no puede quedar salpicado por las actividades de su padre, y me parece que la idea que la opinión pública tenga sobre la Corona tampoco puede quedar contaminada por las malas prácticas de Don Juan Carlos. Que es, por cierto, figura a la que la Historia hará justicia, supongo, con sus luces, que son muchas, y sus sombras, que alguna obviamente ha habido.

Resulta patente que algunos —y vuelvo a la ‘encuesta de los 440’— tratan de aprovechar estos momentos de crisis para cargar no solo contra Juan Carlos I, sino contra la forma del Estado consagrada en la Constitución, lo que equivale a cargar también contra la Constitución y contra todo nuestro pasado de cuarenta y seis años. Y que precisamente la lapidación de Felipe VI se intente cuando los reyes están recorriendo distintas Comunidades Autónomas —pronto, Cataluña—, en una campaña de toma de contacto con la ciudadanía, parece casi de manual de acoso y derribo, especialmente cuando el digital en cuestión es bien conocido por sus duros ataques a la monarquía en defensa de una República de Catalunya.

Perfecto derecho tienen los republicanos a serlo y a hacer proselitismo a favor de sus ideas. No tanto derecho tienen a hacerlo utilizando armas ponzoñosas y no sé si prohibidas en los sagrados buenos usos de mi profesión. Eso, dejando aparte la inconveniencia de abrir, precisamente en estos momentos en los que hablamos nada menos que de la reconstrucción de un país que sale de la pandemia de todo menos más fuerte y más unido, una cuestión tan delicada como la de la forma del Estado. El Gobierno de Pedro Sánchez, donde hay miembros inequívocamente republicanos, aliados con un partido separatista catalán, debe entender —creo que, al menos, Sánchez y la mayoría de los ministros sí lo entienden— que la defensa de la figura del jefe del Estado es ahora primordial.

Y ciertos cortesanos que, más papistas que el Papa, rodean al monarca, quizá deberían revisar tácticas y estrategias excesivamente inmovilistas, a mi entender: Felipe VI es demasiado buen rey como para condenarle a hacer, precisamente ahora, un papel meramente protocolario, más de lo mismo siempre, aunque con mascarilla. Y creo que el poso monárquico entre los españoles es lo suficientemente fuerte y profundo como para que lo haga tambalear la opinión de cuatrocientas cuarenta personas en una encuesta de ochocientas. Pero en fin: maniobras orquestales en la semioscuridad que no falten en este país maniobrero nuestro.