J. Fuentetaja – Deja que los muertos entierren a sus muertos

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Hoy vamos a salirnos del corralillo que decidimos dar a esta sección dominical para elevar nuestras reflexiones al ámbito de la nación española a la que pertenecemos. Mal segoviano sería aquel que no se sintiera español y no le dolieran los males que atañen y amenazan a la convivencia pacífica de todos los españoles, fundamentada en el respeto mutuo de nuestras respectivas creencias e ideologías que nos garantiza la Constitución de 1.978, cuyo cuarenta aniversario celebraremos el próximo jueves. Fue y ha sido ésta la primera norma fundamental consensuada entre todos y con la que pensábamos que se vendrían a cerrar, de forma definitiva, las heridas de las dos Españas que permanecían abiertas desde el reinado del más felón de todos los felones, el ínclito Fernando VII, tan deseado primero por su pueblo como odiado después: ¡Vivan las cadenas! Llegaron a gritar sus partidarios más reaccionarios.

Heridas que estuvieron sangrando a lo largo de todo el convulso siglo XIX, con el péndulo que trasvasaba constituciones del uno al otro confín de su oscilante trayectoria: «Quítate tú liberal, que me pongo yo conservador, y viceversa», imponiendo su trágala a la otra parte que sólo esperaba que llegara el momento de dar la vuelta a la tortilla. Bien es cierto que las tortillas conservadoras siempre duraron más tiempo que las salidas de las sartenes liberales. Así entramos en el siglo XX, con un sistema monárquico apoyado por las oligarquías y vigilado por los militares, que confirmaron su velada amenaza con la dictadura de Primo de Rivera de 1.923, a la que siguió la reacción que condujo a la proclamación de la República un 14 de abril de 1.931 y a ésta, la sublevación y alzamiento militar del 18 de julio de 1.936, que arrastró al país a una sangrienta guerra incivil en la que estallaron todos los odios y enfrentamientos acumulados por las dos Españas durante toda una centuria. «Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios/una de las dos Españas/ha de helarte el corazón”, anticipó Antonio Machado como una premonición de su propio destino, que acabaría entregando el suyo arrecido por la pena, en aquella lejana playa de Collioure.

El resto de la historia ya la conocemos. Los vencedores impusieron una dictadura de cerca de 40 años, los que duró vivo el dictador y a su término España abrió una página de su historia que asombró al mundo, con una transición modélica auspiciada por la Corona que perseguía la reconciliación definitiva de todos los españoles, que por primera vez en mucho tiempo podrían vivir en paz y en libertad, respetando los pensamientos políticos de todos, puesto que todos participaron en el proceso constituyente que concluyó con la redacción de la norma básica que actualmente nos rige. Su elaboración exigió que cada parte tuviera que renunciar a algo para poder llegar a un consenso que permitiera poder ser asumida por todos. Así lo certificó rotunda y mayoritariamente el pueblo español mediante el referéndum del día 6 de diciembre, masivamente aprobado, catalanes incluidos. Con ella se crea un nuevo espacio común de convivencia en el que todos cupimos, lo que no había sido nunca posible en la historia de España.

En la semana en la que entramos se cumplirán 40 años de aquella efeméride y uno tiene la sensación de que no hemos aprendido nada. Venimos observando con creciente preocupación, como los políticos que nos gobiernan o aspiran a gobernarnos, de un tiempo a esta parte están en el modo guerra civilista que tanto daño nos hiciera en el pasado. El análisis de la memoria histórica debe corresponder a la competencia exclusiva de los historiadores, nunca a los políticos, sobre todo si ésta es utilizada con fines revanchistas y como arma arrojadiza contra el adversario. Serenémonos todos y observemos el ejemplo de superación de la vieja contienda, que nos han ofrecido algunos de los que vivieron en sus propias carnes aquellos trágicos momentos y que han sabido aminorar el odio con el bálsamo que aplica el tiempo sobre cualquier herida susceptible de cicatrizar.

Me quedó, una vez más, con las enseñanzas de un prohombre segoviano: Manuel González Herrero, quien contaba 12 años cuando perdió a su padre, fusilado en los primeros días de la guerra por los sublevados y quien, por sus ideas conoció después también el sufrimiento de las cárceles franquistas. Don Manuel, en un panegírico del año 1.996 dedicado al escultor sepulvedano Emiliano Barral, componente de las milicias antifascistas segovianas que entregara su vida en la defensa de Madrid, dejó escritas las siguientes palabras: “Los muertos de uno y otro bando están ya permanentemente reconciliados en la tierra, que ha hecho de todos una sola y eterna cosa, igualmente digna, emocionante y venerable. Corresponde a los vivos -a los vencedores y a los vencidos y largo tiempo silenciados- aprender la lección”. Pues eso, que cada muerto entierre a sus muertos para permitir que los vivos puedan seguir viviendo en paz.