Tere, historia de un compromiso

María Teresa Aragoneses recibirá el título de Hija Predilecta de la Ciudad por su labor pionera en Segovia en la educación especial de personas con discapacidad psíquica

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Cuando el destino se empeña, no existen las casualidades. Aquella escuelita rural de La Revilla, un pequeño pueblo cercano a Pedraza, fue el primer destino de la joven maestra María Teresa Aragoneses. Era el año 1961. Y fue el destino el que quiso que el pequeño Mariano, de apenas ocho años, estuviese entre la veintena de alumnos de aquella escuela. No era habitual. En aquella época los niños con deficiencia psíquica no eran admitidos en los colegios. Estaban en sus casas, atendidos por sus familias. Pero «Tere» asumió el reto. El arrojo de la joven maestra no pasó inadvertido y se corrió la voz por la comarca. Los familiares de otro niño, Juan Marcos, de Valleruela de Sepúlveda, con las mismas necesidades educativas que Mariano, fueron una mañana a hablar con «Tere». Esa misma tarde, Juan Marcos ya era compañero de pupitre de Mariano y del resto de chavales de aquel pequeño colegio.

Mariano y Juan Marcos, que hoy ya rondan los 50 años de edad y viven en Barcelona y Segovia, fueron, sin saberlo, los detonantes de una vida, la de Tere, dedicada en cuerpo y alma a la educación especial de personas con discapacidad psíquica; una trayectoria de lucha ejemplar vinculada a la asociación Apadefim y al colegio «Nuestra Señora de la Esperanza» que la ciudad de Segovia ha querido ahora reconocer.

«Tere», como prefiere que la llamen —»Para mis chavales soy Tere, es lo que vale, porque es un nombre que ellos pronuncian muy bien», asegura— ha sido nombrada por el Ayuntamiento como Hija Predilecta de la Ciudad de Segovia. La maestra, que hoy tiene 69 años de edad, jubilada en su labor docente en el año 2000, con 35 años dando clases en el colegio Nuestra Señora de la Esperanza, recibirá el reconocimiento de los segovianos, aprobado por unanimidad por el pleno de la corporación, en un acto solemne que todavía no tiene fecha.

Y fue, precisamente, en aquel pleno, el pasado 30 de marzo, que Tere presenció en las tribunas del público, emocionada, arropada por su familia de Apadefim, donde mejor se definió a la maestra. «Ha sido una luchadora», resaltó la concejala Josefina García.

Tras conocer a Mariano y a Juan Marcos, la joven maestra tenía claro cual era su lucha. Apadefim se fundó en 1964 y un año después Tere decidió apuntarse a unos cursillos para especializarse en lo que entonces se conocía como pedagogía terapéutica.

La maestra tuvo que formarse durante un año en Madrid. Allí absorbía toda la información que trasladaba a las familias segovianas de los chavales para atender su educación y poner en marcha el reto de un colegio especial para ellos. En septiembre de 1965, cuatro maestros, entre ellos Tere, iniciaron las clases en el nuevo colegio de Nuestra Señora de la Esperanza. No había recursos económicos, apenas experiencia, ni un lugar para las clases.

El primer año, las clases se dieron en un aula del Colegio de San José; al año siguiente no hubo más remedio que impartir las enseñanzas en las oficinas de la asociación; luego llegaría la Caja de Ahorros, que cedió aquel viejo caserón de la zona de El Terminillo. El arreglo de la antigua carretera de Boceguillas, para convertirla en lo que hoy se conoce como Vía Roma, obligó después a un nuevo traslado. «Era una incertidumbre total, terminabas un curso y no sabias donde empezaría el siguiente», recuerda hoy Tere. Luego llegaría la mediación del obispo Antonio Palenzuela y la ocupación de aquel Comedor de Caridad, junto al Obispado. Y ya en 1974, la Caja de Ahorros construyó el colegio y comenzó a funcionar el internado, con la ayuda de las monjas reparadoras y los frailes claretianos. En 1988 el colegio pasó a formar parte del Estado y Apadefim pudo volcarse en la puesta en marcha de los Talleres que se ubican en El Sotillo.

«Cuando hablo ahora con la gente que está en Apadefim, siempre les recuerdo que los comienzos fueron muy duros, había mucho compromiso de las familias, todo el mundo ponía su granito de arena, porque eso había que sacarlo adelante, a base de esfuerzo y colaboración de todos, ha sido una labor callada pero constante» indica Tere, que recuerda también las cuestaciones, en que colaboraban las esposas de los altos cargos de la ciudad; y los festivales taurinos para la búsqueda de fondos. «Hoy no tendría sentido, sería anacrónico, pero esas mesas de cuestación instaladas en los barrios permitían en un solo día recoger unos fondos muy importantes».

Tere, que vive con su madre, habla de Apadefim como «su familia». Y es así, que gusta de hablar, e incluso presume, de su fuerte vinculación con la asociación. «Les debo mucho cariño, mi vinculación con ellos ha sido constante», asegura la maestra, que confiesa además que su mayor satisfacción es acudir a los Talleres de El Sotillo para visitar a quienes en su día fueron sus alumnos.

«Merece mucho la pena trabajar con ellos y por ellos, estoy convencida, te aportan un enorme cariño, una enorme sinceridad, una gran cercanía… te aportan muchas cosas».

Fue, quizá, ese cariño y sinceridad que Tere percibió en sus dos primeros alumnos «especiales», Mariano y Juan Marcos, los que la empujaron a dedicar su vida a la educación de cientos de «chavales», como gusta decir. Una lucha que ha tenido recompensa.