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Una despedida a lo grande

El Viveros Herol Nava cerró una temporada histórica con un último triunfo a manos de Anaitasuna en un partido sufrido a pesar de colocarse con una máxima diferencia de hasta nueve goles

Fuera del horario unificado y sin nada en juego a razón del empate sobre la bocina de Ademar en su compromiso ante Ciudad de Logroño, el Viveros Herol Nava se presentó a su último compromiso de la temporada frente a Anaitasuna en un duelo de orgullo por amarrar la sexta plaza de la clasificación. Un premio menor si se tiene en cuenta que las opciones europeas se mantuvieron con vida hasta el último segundo posible pero que, no por ello, significó un puro trámite para el equipo de Álvaro Senovilla. De hecho, todo lo contrario desde una competitividad que destacó el propio técnico del equipo navero en la rueda de prensa previa.

El conjunto segoviano se tomó el compromiso en Pamplona como si le fuera la vida en ello, como si estuviera luchando por una permanencia que, no hay que olvidar, era el principal desafío de un equipo recién ascendido, pero que hace ya semanas certificó. Así, en un último baile más que significativo, pues era la despedida de los Andrés Moyano, Jakub Prokop, Smetanka, Roberto Pérez y Vila, el Nava se dio un festín que no pudo tener un final más feliz.

EL NAVA ES UN CICLÓN

Desde el inicio, como un martillo pilón y a velocidad de crucero el Viveros Herol tomó el mando y comandados por el propio Moyano comenzó a castigar una y otra vez la portería de Juan Manuel Bar. Tanto que, en apenas diez minutos, el conjunto segoviano se alzó con una renta de cinco goles que obligó a Enrique Domínguez a solicitar tiempo muerto con un Anaitasuna ‘groggie’ en defensa y espeso en ataque. Un intento de cambiar el guion pamplonés que no tuvo ni mucho menos éxito, pues el Nava no estaba por la labor de dar su brazo a torcer y aprovechó la sangría defensiva de Anaitasuna para seguir encontrando portería con facilidad.

Prokop, Vila o Gedeón Guardiola se unieron a la fiesta ante una frágil defensa local que, dada la escasez de objetivos más allá de los dos puntos, mostró una débil intensidad y que incluso, de no ser por Iñaki Martínez bajo los palos, pudo ser aún más dramática la situación. Porque el guardameta local, con varias intervenciones de mucho mérito, evitó que la sangría fuese mayor y que el Nava dejase prácticamente sentenciado el partido, aunque no pudo impedir que el conjunto segoviano se llevase a vestuarios una renta más que interesante (11-18).

Tras el paso por vestuarios, el Nava quitó el pie del acelerador y ambos equipos entraron en pánico en parcela ofensiva con constantes lanzamientos erráticos que, a la larga, benefició a Anaitasuna. Porque los navarros, en su afán por no acabar el curso con un final amargo el curso, enseñaron los dientes y, con Aitor Albizu como protagonista, lograron recortar la renta hasta colocarse a cuatro dianas en el marcador.

AL BORDE DE LA HECATOMBE

El Nava vio las orejas al lobo con un Anaitasuna con sed de obrar la remontada, pero el equipo segoviano no reaccionó. Falto de ideas en ataque, el equipo de Álvaro Senovilla entró en una fase de relajación que cerca estuvo de costarle muy caro. Porque en esas, el conjunto verdiblanco siguió picando piedra en su afán de buscar una despedida alegre y se colocó a tan sólo un gol de diferencia en el marcador a algo más de un minuto para el final. Prokop hizo pasos en ataque navero y entregó la oportunidad a Anaitasuna para volver a poner las tablas en el marcador, pero apareció la figura de Luis de Vega para, con una brazo gigantesco, realizar una interneción de altos quilates y acabar con las aspiraciones navarras de amarrar un resultado positivo.

Ya en la última acción del duelo, Smetanka certificó el triunfo segoviano con una gol con el que cerró el partido y que significó su último tanto con la camiseta del Nava. Así, el equipo segoviano, con mucho más sufrimiento del que da una renta de hasta nueve goles en el marcador, echó el telón en Pamplona a una temporada histórica que tardará en olvidarse en Nava de la Asunción. Porque en el año de su regreso al lugar del que nunca debió irse, la Liga Asobal, el conjunto de Álvaro Senovilla firmó la puntuación más alta de su historia en la máxima categoría del balonmano español con 33 puntos en su casillero y rozó con la yema de los dedos las posiciones europeas.

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