Darío Cuesta fue de los pocos que de verdad creyó que el confinamiento primaveral podía acabar a los 15 días. En Prádena, su pueblo, entrenaba “como un animal” con la previsión de que el calendario se reanudaría pronto. Fueron 60 días con el siguiente plan: diez dominadas, diez ‘burpees’ -flexiones, sentadillas y saltos verticales- y un tramo de escaleras arriba y abajo, multiplicado por 20 en un espacio de unos 22 minutos. “No sé cómo aguantaba, me volvía loco”. El primer día de agosto le dicen que se suspende todo: no habrá Europeo. “Se me cayó el mundo a los pies. Dejo el piragüismo”. Pasó 15 días de “farra” con sus amigos y de albañil, ayudando a su padre.

Y de repente, un día le invitaron a un grupo de Whatsapp: “Campeonato de Europa-Praga”. El segoviano, de 21 años, estaba entre los tres palistas absolutos que representarían a España, un premio caído del cielo para alguien que nunca había estado en un equipo nacional. “¿Qué pinto yo con esta gente?”. No estaba David Llorente, el segoviano que representará a España en K-1 en los Juegos de Tokio. Su padre deportivo, el que le cogió “como un niño pequeño”.

Su padre biológico, Enrique Cuesta, fue el pionero familiar, lanzándose sobre ruedas de camión o barcas con troncos por ríos como el Eresma. Hablamos de piraguas partidas por la mitad acopladas con un barreño para la ropa y cinta aislante. Hay fotografías de Darío, aún bebé, en la piragua de sus padres en el pantano. Su hermana Elena, tres años mayor, y él empezaron haciendo descensos en el Tormes o el Esla. “Yo la admiraba en todo, no solo en piragua. Cada día era: “Papá, ¿Hoy ganaré a Elena?” Y luego me ganaba ella como quería”. Llegó un momento en que cambiaron las tornas: él empezó a ganar.

Su padre fundó el club Río Eresma y los hermanos empezaron a competir hace algo más de una década. El intento de liga regional incluía los canales de Segovia, Ciudad Rodrigo y Salamanca. Después llegaron las primeras Copas de España como infantil y cadete. “Llegaba y quedaba último. Me pasaba de todo”, recuerda. En una ocasión, bajaba en canoa, que exige ir de rodillas en la piragua con unas cintas de velcro. Se le olvidaron, así que se ató con las carracas de atar la embarcación. “Normalmente, cuando volcamos sabemos darnos la vuelta. Pero volqué al final del recorrido, no podía salir y estuve un minuto debajo del agua hasta que vino el siguiente competidor y me sacó. Salí llorando, que había tragado agua… ‘Mamá, me voy a morir. No vuelvo a hacer esto en mi vida’. Tendría 14 años”.

EL DEPORTE ELEGIDO

Se lo tomó en serio cuando dejó otros deportes: judo, atletismo o fútbol. “Es que me lo pasaba de cine”. Su padre le buscó un entrenador a él, Sergio Llorente y David Burgos. Empezaron las concentraciones en Cuenca, La Seu d’Urgell y Orthez. “Entrenaba muchísimo. Aunque no eran de mucha calidad, de tantas horas acabas mejorando”. El salto lo dio en un Campeonato de España con 16 años; quedó undécimo en la semifinal y logró una plaza entre los diez mejores porque había un portugués por delante. Ese ya era el mejor puesto de su carrera. “En la final, todos los buenos la cagaron. Yo no hice gran cosa, pero quedé tercero. Justo en ese año se abrió un centro de alto rendimiento en León y entré por haber quedado en el podio. Todo casualidad”.

Allí se fue con Sergio Llorente, Burgos y otros palistas prometedores. “Hay una parte en la que estás cagado porque dejas tus amigos y tu familia. Pero es que si no dices: ‘Aquí me he quedado’ Tenía unas lloreras con mi madre…Lo que más me preocupaba era quedarme sin amigos, pero cuando volvía era hasta mejor”. Allí conoció a Ekhi Díez, el entrenador que le pulió. Ya tenía cierto nivel para competir como júnior, pero le fallaban los nervios en las competiciones. “Unos dolores de tripa, un agobio terrible. Era el pez que se muerde la cola; llegaba ahí y sabía que me iba a poner malísimo”. Salvó la beca en León por un puesto en el Campeonato de España.

 

Cuando incluyeron al segoviano en la selección absoluta para el Europeo de K-1 este año en Praga, dijo: “¿Qué pinto yo con esta gente?”

 

El salto a la categoría absoluta acabó con su presión. “Iba muchísimo más relajado. No tenía la presión de ser un top-5 y tener que quedar ahí. Fui a la primera prueba sabiendo que iba a quedar el 20. Y desde entonces, en todas las competiciones he estado en el top-10 absoluto”. Son 12 Copas de España, tres por año. Siempre en kayak, una opción de la que nunca dudó. “En la canoa es todo más sutil, gana el más fino. En kayak gana el más animal. El que más arriesga, porque hay diez personas que van a tener más o menos el mismo nivel. Creo que influye mucho la gestión, y David Llorente es un crack en esto”. Darío utiliza la metáfora de las cartas: cada palista tiene las suyas. “No es lo mismo llevar tres ases que tres cuatros. David Llorente lleva una baraja buenísima, pero si el décimo hace una bajada perfecta puede ganar la final. Y eso es lo guapo del slalom”.

Aunque su presencia en el equipo senior le sitúa entre los tres mejores de España, él tiene los pies en el suelo. “No es mi puesto. Yo opto a estar entre los mejores sub-23. Puedo estar en el top-5 nacional, pero el top-3 tiene muy buenas cartas”. Habla de Llorente, Joan Crespo, reserva olímpico, y Samuel Hernanz. “Tienen mucha experiencia y más recursos. Ellos fallan, pero tienen muchos recursos para corregir el error. Crespo y Hernanz son muy técnicos y Llorente, físicamente, es un trol”.

UN AÑO DE ESFUERZO

Darío define su punto fuerte en el empeño. El año pasado estuvo mucho tiempo en Pau, donde compite para los selectivos, y ganó una prueba de la Copa de España. Ya en 2020, quedó segundo en la primera prueba de la Copa de España, solo por detrás de Hernanz. “Decía, voy muy bien para el equipo sub-23, que es lo que me importaba”. A la semana siguiente, confinamiento. Quedaba la segunda parte de las pruebas de selección. “Llevo seis años intentando entrar en un equipo (los tres mejores de la categoría van al Europeo) y para una vez que lo tengo…”

Con el calendario de vuelta a la acción, Darío tuvo tiempo para prepararse tras la convocatoria al Europeo con un par de semanas intensivas en las instalaciones de la federación en Pirineos. “Praga fue la hostia. Lo mejor que me ha pasado”. Habla de los medios del deporte profesional -carpa propia o análisis de vídeo-, de tener un entrenador para él solo o del buen ambiente en la selección. Llegó a la competición como a aquella primera Copa de España absoluta. Y se lo dijeron: “Hasta el más tonto hace relojes”. Nadie esperaba nada de él. Pasó la primera manga en la repesca; entran las 20 mejores embarcaciones y el resto tiene una opción para los diez últimos puestos. Se clasificó con el 29º mejor tiempo, toda una medalla de oro. “Me pegué una llorera a celebrarlo. No podía pedir más. Ese día me metí en la cama y pensé: ya está”.

 

“Lo de David Llorente es acojonante. Con cualquiera que hables, te cuenta la ilusión que le ponía. Se debió machacar una barbaridad”

 

Salió el segundo en la semifinal. “Estaba confiadísimo, voy a reventar el mundo. Iba muy bien, pero la lié. Si somos 30 y tienes la peor baraja, tienes que ir a por todas. Me estaba saliendo todo, pero no aguantaba ese ritmo tanto tiempo. Y me salté una puerta”. La diferencia entre la élite y el resto es mantener ese listón técnico que exigen circuitos tan exigentes como el de Praga durante minuto y medio. La semifinal le valió un puesto en la Copa del Mundo de Pau junto a Llorente y Crespo.

Su simple participación en Pau estaba en duda en la época más álgida de la pandemia en León. Un compañero dio positivo y todos quedaron confinados. Había que participar en un selectivo nacional y finalmente pudo hacerlo tras acreditar dos PCR negativas. Allí defendió su segunda plaza senior. Y en Pau logró su primera medalla internacional, un bronce en la categoría extreme. Darío, que estudia ingeniería mecánica está en dinámica senior: concentraciones en La Seu d’Urgell y piraguas financiadas por la Federación Española de Piragüismo. “Viene todo rodado”. Mantendrá esa condición hasta las pruebas de selección de 2021.

EL EJEMPLO DE LLORENTE

Darío resume la meteórica carrera de Llorente, subcampeón del mundo en 2019: “Es acojonante, fue la primera persona que se fue a La Seu fuera del ámbito normal del piragüismo. Con cualquiera que hables, te cuenta la ilusión que le ponía. Se debió machacar una barbaridad”. Por el camino, una paradoja. Por un lado, David ha sido un ingrediente importante de su progresión. “Me trata como su niño pequeño”. Por otro, llegar a la élite implicaría destronarle, pues solo hay un puesto para unos Juegos, ya sean los de 2024 o 2028. “Es algo natural, los dos sabemos que es así. Lo bueno de este deporte es que depende de lo que hagas tú. Solo vas a ganar al otro si tú lo haces bien”.

De momento, va paso a paso. “He visto lo que es, me llena”. Habla de la plaza sub-23. Que él está en el equipo por su proyección: que termine en el top-10 mundial de la categoría y pueda ser un fijo en el equipo senior dentro de tres años. La paciencia; enseñanza de Llorente. “David siempre me lo decía cuando me pegaba la hostia: ‘Esto es de fondo, hay que aguantar y todo llega”. Esa es la reflexión, recorrer cada metro del camino.