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Szymanowski ejecuta el penalti. / KAMARERO

Alexander Szymanowski afronta su destino en los once metros. En juego, uno de los penaltis más importantes de la historia de la Segoviana y él, consagrado en el fútbol profesional, es el señalado para tirarlo. Máxime teniendo en cuenta que lo forzó con su desmarque, aprovechando un pase excelso de Manu. Sin apenas carrerilla, se mide a Dominik Grief, el portero eslovaco del Mallorca. El mismo que le había derribado segundos antes. En la tesitura, toda una eliminatoria de Copa del Rey, opta por un tiro a lo Panenka ante un gigante que se mantiene de pie y ataja el esférico sin apuros. Hora y media después, la gesta histórica se pierde por el retrete.

El partido, agónico, arrancó con un susto para los locales. Apenas habían pasado 35 segundos cuando Fer Niño trazó un desmarque por la izquierda que sorprendió a Pablo Lombo; el meta se quedó a media salida y el delantero trató sin éxito de superarlo con una vaselina que no cogió suficiente altura. Unos nervios de salida que también acusó Rahim, que se quitó el balón de encima ante la presión de Sastre. Fue la única mácula de una noche sobresaliente del lateral.

La Segoviana presionaba cuando se terciaba y jugaba en el alambre con la salida propia, con Juan de la Mata ayudando en esa tarea a los centrales. El cuadro local se hizo con la posesión, aunque corrió los riesgos justos con ella. Un partido de ritmo controlado, sin transiciones, interesaba a los segovianos. Con todo, el Mallorca mostraba su pólvora con un par de acercamientos que no supo prender Niño. En el primero, se midió en velocidad a Javi Marcos para disparar al lateral de la red; en el segundo, recogió a contrapié un balón suelto en el área azulgrana y solo pudo disparar manso a las manos de Lombo.

El cuadro local mantenía el duelo controlado con la ayuda de Nanclares y Adeva, que bajaban a asociarse con el centro del campo. Cidoncha, más liberado con De la Mata en el doble pivote, fue un bastión; buscaba el pase de la ruptura y servía el goteo de faltas en campo rival de las que empezaban a disfrutar sus compañeros. El objetivo siempre era Mansour, el santo grial del balón parado. Ese era el plan; mantener el duelo a una velocidad controlada a la espera de que llegara el boleto premiado.

Y llegó el gordo en forma de penalti. El público enmudeció ante la pifia de Szymanowski, pero su equipo reaccionó con nota al golpe anímico en sus mejores minutos del partido. Superó a un Mallorca que ya no se acercaba a la zona noble azulgrana. Los locales corrían como gacelas ante cualquier conato de contra y Szymanowksi amagó con redimirse al perseguir un centro peligroso desde la derecha. Al descanso, la Segoviana no solo empataba sino que merecía más.

La lógica invita a imaginarse la reprimenda de Luis García a sus jugadores, a los que ya avisó en la víspera de la “hostia” que podía llevarse su equipo si se relajaban. Dio la oportunidad a dos piezas del filial: Gayà, poco protagonista, y Llabrés, más valiente. Lo cierto es que el conjunto isleño volvió más urgido, pero la Segoviana mantenía firme el ancla, con Lombo saliendo al encuentro de un mano a mano con Abdón. La primera ocasión reseñable del segundo acto la tuvo Gayà, que no embocó a bocajarro un centro.

Pasaban los minutos y Luis García empezó a sacar titulares. Corría la hora de juego cuando llegaba un triple cambio: Dani Rodríguez, Mboula y Ángel, al que el entrenador de la Segoviana, Manu González, definía como veterano de guerra. Vaya si lo fue, él encontró al Soldado Ryan. Ni cinco minutos tardaron en asociarse para una cabalgada de Ángel que Mboula estuvo a punto de remachar al segundo palo; Lombo salvó la papeleta. Con todo, no supuso la revolución de Luis Rioja cuando dio el triunfo al Alavés ante el Unami 24 horas antes. La Segoviana seguía coleando y el duelo llegaba en tablas al epílogo.

La diferencia física entre equipos separados por cuatro categorías no desnivelaba el encuentro y la Segoviana soñaba con la gloria, con Adeva presionando a Greif o Manu atreviéndose con un tiro desde el balcón del área, esos que valieron un ‘play off’ como el que marcó en Salamanca en 2015 o el que coló en 2018 ante el Navalcarnero. El que la tuvo fue Nogueira, que estuvo cerca de sorprender al meta, adelantado, con un bote pronto, pero el remate no cogió puerta. Y después Llorente, con un testarazo en el corazón del área que el portero desvió como pudo -larguero mediante- a un córner en el que hubo tres remates bloqueados por la defensa balear. El partido se iba a la prórroga y la Sego seguía mereciendo más.

Le quedaba un cambio a González, pero solo tenía en el banquillo a Conde, entre algodones, y al meta suplente. Luis García dio entrada a Ruiz de Galarreta y a Kang In Lee. Apenas tardó cuatro minutos en traducir los cambios al marcador; Galarreta rompió la defensa con un pase alto que cazó Ángel, muy hábil a la hora de pillar la espalda de la zaga para abrir el marcador. En el caos posterior, hubo lluvia de tarjetas: roja para Nogueira y el asistente del gol.

Ya sin nada que perder, González dio entrada a Conde, pero la Segoviana, que murió con las botas puestas, no tuvo una marcha más para nivelar la contienda y vio como Ángel sentenciaba en el descuento del primer tiempo de la prórroga. Nunca estuvo la Gimnástica tan cerca de tumbar a un Primera –antes vinieron Athletic y Sevilla– pero no pudo ser. El club asombró al fútbol español, pero su historia tendrá que vivir con una duda: ¿qué habría pasado si el penalti hubiera entrado?