Dario Ajo Villaraso
Darío Ajo posa en uno de los miradores de la tierra de pinares que protege como profesor de capataces en Coca. / AMADOR MARUGÁN

Darío Ajo Villarraso (2 de diciembre de 1989) deja el balonmano a los 31 años pese a tener un sitio en Asobal. Tras 23 años en el club y 15 en el primer equipo, ha conocido las cuatro categorías, desde Segunda Nacional a los dos años en la élite. Se retira porque nunca vio el balonmano como un trabajo. Y quiere mejorar su calidad de vida y acabar con diez meses al año de estrés entre su trabajo –es profesor de la Escuela de Capataces de Coca– y la exigencia de ser un pivote al más alto nivel.

— Hay niños que nacen con un pan bajo el brazo. ¿Le pasó a usted con el balonmano?

— Pues creo que no. De pequeño, me gustaban todos los deportes y me fijé en el balonmano gracias a que empezó a jugar mi hermano Oliver. Eso fue a los ocho años. Hasta ese momento me gustaba mucho ser portero de fútbol. Cuando veía entrenar a mi hermano o al equipo de Segunda Nacional me di cuenta de que quería hacer balonmano.

— ¿Qué le llamó la atención?

— Una parte importante era que mi hermano jugase. Luego, ver la intensidad, los entrenamientos, el número de goles… Evidentemente, que en Nava ha sido siempre el deporte rey y eso te influye.

—¿Cómo recuerda el ambiente de balonmano hace 20 años?

— La verdad es que el apoyo de aquellos años no tiene nada que ver con lo de ahora. Era el deporte más sonado en el pueblo, jugábamos muchos niños, pero en esos años también había un buen equipo de fútbol que logró el ascenso a Tercera. Gracias a toda la gente que apostó por sacar chavales de la cantera, se consiguió que cada vez tuviese más importancia el balonmano, pero los partidos tenían la grada medio vacía. Los que iban eran los que no fallaban nunca. Era un deporte amateur; la gente iba a entrenar un día o dos, a pasárselo bien. Era más casero y de pueblo.

— ¿Cómo ha influido el balonmano en su educación?

— Con lo que yo me quedo del balonmano son las amistades que he hecho. Los grandes amigos desde cadetes, juveniles, la selección de Castilla y León, los compañeros que vinieron de Valladolid o los que, cuando el equipo estaba a un nivel más alto, han venido desde fuera. Y los valores del deporte en equipo: respetar a tus compañeros, esforzarte por ellos y la amistad de grupo. Con todos los jugadores que había del pueblo… era un equipo de amigos. Eso es lo que hemos intentado transmitir cuando ha venido gente de fuera.

— ¿Cómo fue su primer día con el primer equipo?

— Antes había equipo juvenil, el provincial que jugaba la liga de Valladolid y el Segunda Nacional. Ese año estuve jugando en las tres categorías y jugaba tres partidos por fin de semana. El día que debuté con el sénior fue en Palencia; me salió un partido muy bueno y ganamos. Era mucho esfuerzo, pero como eran otros niveles tengo muy buen recuerdo de aquellos años.

— De aquella generación de Segunda Nacional ha aguantado con Carlos Villagrán.

— Tenemos una relación de amistad muy grande, incluso antes de empezar a compartir vestuario. Ha estado en todos los momentos, ha sido el alma de todo este proyecto. Fue un grupo muy grande de muchos amigos durante bastantes años: Ismael, David de Diego, mi hermano, Simón, Bruno, Darío….Al final se queda él solo de ese grupo. Estoy muy agradecido porque siempre ha tratado de ayudarme y fue uno de los partícipes de que yo llegase a jugar en Logroño.

— Aquel equipo que en Plata tenía una mayoría de jugadores del pueblo hoy suma 10 nacionalidades distintas. ¿Cómo puede mantener el club su esencia sin jugadores de Nava?

— Creo que es una tarea bastante complicada. Hemos pasado los mejores años del Balonmano Nava, un ciclo muy largo lleno de éxitos. En el ascenso a Asobal el equipo estaba ya más cambiado, pero recuerdo un bloque con hasta 11 jugadores de Nava y los que venían eran prácticamente como si fueran de aquí: Carlos Domínguez, Simón, Nico o Roberto Pérez. Si se quiere subir en nivel y jugar en estas categorías, es inviable mantenerlo con gente solo del pueblo. Tienes que traer gente de fuera, buena, generalmente extranjeros, porque el mercado nacional está complicado. Va a ser complicado mantener la esencia. Al final, el alma de todo esto es la gente. Todavía tenemos la suerte de que siga Carlos Villagrán. Óscar, Pablo, Ángel Pescador… Pero este proyecto sin gente del pueblo no es inviable, porque se puede hacer, pero la afición no va a sentir lo mismo si no ve a gente de Nava en la pista.

— ¿Hay que elegir entre pertenencia o competitividad?

— Eso es. Tienes el equipo de Primera Nacional, todo con chavales del pueblo, y el contraste del equipo de Asobal, un nivel al que, siendo realistas, no puede llegar todo el mundo. Si quieres estar ahí arriba, tienes que traer gente de fuera, así que hay que sacrificar una cosa o la otra. Si Nava ha apostado por estar en Asobal, es muy complicado nutrirlo con jugadores del pueblo. Es un equilibrio muy difícil de conseguir.

— ¿Cuál ha sido su día más feliz en una cancha de balonmano?

— Esa pregunta sí que es complicada. Podría elegir muchos. Siempre que te sale un buen partido, metes goles, juegas bien… Recuerdo días en el primer año de Plata jugando contra Bidasoa, que ganábamos y éramos el equipo revelación. El mes del ascenso a Asobal fue extraordinario. Me quedaría con el día de Novás, el partido del sábado de la fase de ascenso a Plata en 2014. Era contra el equipo de casa, ganamos, nos salió todo redondo y sabíamos que al día siguiente lo teníamos más fácil. Fue una maravilla.

— ¿Cómo es la vida de un pivote en Asobal?

— Muy dura. Es uno de los puestos más complicados y más tapados; al final solo salen los goles, pero son jugadores muy grades y fuertes, hay que buscar la posición, coger el balón y meter gol. Parece que es fácil tirar desde seis metros, pero cuando te giras y tienes enfrente a porteros tan grandes…. Hay un esfuerzo enorme para poder estar ahí en el momento oportuno.

— ¿Qué esfuerzo hay detrás?

— En mi caso, poder compaginarlo con mi trabajo. Venir de ocho horas de trabajar y hacer pesas; ponerme a entrenar para estar al mismo nivel que el resto de compañeros. Y viajar el fin de semana. Tienen que respetarte las lesiones y haces bastante gimnasio, sobre todo de piernas. Y trabajar mucho. Si no, a estos niveles te vas quedando por el camino.

— ¿Por qué deja el balonmano alguien que puede seguir jugando en Asobal?

— Por la incompatibilidad con el trabajo. Yo sabía que al ascender a Asobal iba a ser cuestión de dos o tres años que lo dejara, porque es muy complicado mantener el nivel que a mí me gustaría. Al final, los deportistas somos bastante exigentes con nosotros mismos. Hay muchos días que tengo clase por la tarde; salgo por la mañana con la mochila y llego a las 9 de la noche. Si quieres estar a un buen nivel, la exigencia física y mental es máxima. A este ritmo no podía aguantar mucho más. Encima ha sido un año muy duro.

— ¿Cómo ha sido el proceso para tomar la decisión?

— Me reuní con la directiva antes de empezar la segunda vuelta. Les comuniqué la decisión y ellos han intentado que me lo pensara, que era una decisión importante y era un jugador de la casa. Pero han entendido en todo momento el sacrificio y me lo han puesto fácil.

— ¿Valoró jugar en Primera Nacional con el filial?

— Sí que te lo planteas, pero no. Quiero descansar un tiempo, no tener que compaginar trabajo y deporte. Es un nivel más bajo, pero te exige compromiso y estás otra vez pringado toda la temporada.

— ¿Se plantea volver?

— No, ya no. A estos niveles, si te desenganchas es muy complicado volver. Muy mal se tendría que dar para que alguna vez tuviese que echar una mano al club. Tendría que ser algún momento complicado. Pero volver a hacerme ficha para jugar una temporada… no me lo planteo. Quiero tener una vida más tranquila. No descarto volver a jugar dentro de un año o dos para divertirme en el segundo equipo. Pero a la Asobal, no me lo planteo.

— Si el balonmano le hubiese dado más económicamente, ¿habría seguido?

— Ahora mismo no era cuestión de dinero. Siempre he apostado por mis estudios y la naturaleza, que es lo que me gusta. Por eso hice la ingeniería forestal. También me quería dedicar a la enseñanza y he tenido mucha suerte de entrar en el Castillo de Coca. Es lo que me apasiona, a lo que me quiero dedicar. Nunca me he tomado el balonmano como mi trabajo; si fuera así, lo hubiese dejado antes. Para mí era mucho más eso. Entiendo que para la gente que venga de fuera sí lo sea, es normal.

—¿Qué más significaba?

— El Balonmano Nava me lo ha dado todo desde los ocho años. Muchas alegrías, haber podido disfrutar en la pista con amigos, más los que están en la grada. Ver que hay un pueblo detrás que vibra con lo que tú haces. Que luego sales y te tomas una caña con la gente, hablas del partido y te tratan de maravilla. Soy un chico que tenía la suerte de jugar al balonmano.

—La presencia de Zupo ha ayudado a que muchos jugadores lleguen al club. ¿Se planteó la opción de seguir un año más al estar él como entrenador?

— Fue una de las cosas que me planteó la directiva: que esperase a ver cómo evolucionaba el tema con Zupo, pero la decisión ha sido al margen del tema deportivo. No quería estar diez meses al año con un nivel de estrés por no parar. Él habló conmigo, tenía la intención de que yo siguiese, pero entendió perfectamente que mi situación era complicada. Es un entrenador de nivel mundial y he tenido la suerte de estar unos meses con él. Pero la decisión era por otros motivos.

— ¿Qué consejo le daría a un pivote como Pablo Herranz?

— Para mí es un orgulloso ver a niños que después llegan a ese nivel y entrenan contigo. Le diría que disfrute; sin eso no va a llegar muy lejos. Y que estudie, que no todo en la vida es balonmano. Gente como Adrián o Yeray también se lo decían. Que sean conscientes de la suerte que tienen por jugar al máximo nivel con el equipo de su pueblo.