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Javi Guerra es ayudado a levantarse por Eulalio Muñoz, en el maratón olímpico de Sapporo. / EFE - EPA - KIMIMASA

Javi Guerra y el sudafricano Elroy Gelant llegan a la meta de Sapporo sin esprintar. Tras dos horas de agonía, mejor llegar hermanados. El segoviano ocupó el puesto 33 (2h16m42s) en su ansiada maratón olímpica, el premio a una década como referente de la distancia de los 42,195 kilómetros en España que le fue esquivo en Río 2016 por un trombo inoportuno. Aspiraba al diploma olímpico -entre los ocho primeros- más como una motivación que como una meta realista. Puede que su autoexigencia ponga peros en el viaje de regreso, pero se ganó su mejor recuerdo. Cuando pasen las décadas podrá decir que sí, corrió una maratón olímpica.

Ocho minutos antes (2h08m38s) llegó a meta Eliud Kipchoge, el keniano de otro planeta que solo ha dejado de ganar dos maratones en toda su carrera. Se convirtió en el tercer bicampeón olímpico de la distancia, revalidando su título en Río de Janeiro 2016. Atacó cuando quiso y llegó a meta con más de dos minutos de ventaja sobre el segundo clasificado. Si la maratón crea guerreros, el keniano, de 36 años, es un superhéroe.

La carrera arrancó con 26 grados y un 80 por ciento de humedad, todo un infierno para las siete de la mañana. Los 106 atletas salieron disparados; acostumbrados a competir en maratones con apenas una decena de candidatos reales, una salida así es multitudinaria. Enseguida partieron hacia el sur mientras las calles de Sapporo vivían el ambiente más festivo de estos Juegos sin público. Un sinfín de cámaras inmortalizaban el paso de los atletas mientras los nipones, muy disciplinados, saludaban en la distancia.

Los primeros kilómetros marcaban la frontera entre profesionales y aficionados, con una veintena de atletas disgregados a las primeras de cambio. Era un momento para que combinados de piedra como el colombiano Suárez o el chino Wang disfrutaran de su momento en cabeza, esa foto para toda la vida. Al paso por el kilómetro cinco, el grupo cabecero ya superaba con apuros las 50 unidades, justo el puesto que ocupaba Guerra. El segoviano vivía cómodo en el precipicio, viendo caer a atletas con marcas ilustres.

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El etíope Kitata, un prodigio con una marca personal por debajo de las 2h05m, fue de los primeros en ceder, con molestias que resultaban incompatibles con semejante. Fue un adiós rápido en comparación con el ugandés Stephen Kiprotich. El campeón de Londres 2012 se negaba a aceptar lo que su cuerpo le estaba diciendo; se paraba unos segundos y volvía a desafiar a la realidad intentando continuar. Sin éxito. La maratón no tiene piedad. Mientras la cola del grupo sufría, Kipchoge compartía agua en cabeza con sus compatriotas y chocaba el puño a un brasileño en gesto de fraternidad. Mientras unos jadean, otros flotan.

La apuesta de Guerra fue muy realista; ante el infierno en el que tocaba correr, quiso mantener el tipo y tirar de experiencia para ascender puestos al final. Estuvo diez kilómetros haciendo la goma mientras el grupo iba perdiendo unidades. Y es importante seguir la estela porque en la maratón dos pulsaciones más pueden llevar al ocaso al ácido láctico y dar al traste con toda la ecuación. Esa tensión se paga. Al paso por el kilómetro 10, quedaban 49 atletas en cabeza y Guerra, en el puesto 45, se abría para beber. El segoviano tuvo que hacer un par de quiebros de gimnasia para hacerse hueco entre sus rivales e hidratarse en el concurrido avituallamiento. 

Mientras los otros dos españoles, Dani Mateo y Ayad Lamdassem, lideraban la prueba en el kilómetro 15, Guerra apuraba sus últimos instantes con la cabeza. Se quedaba en un grupo de siete, incluido el italiano Rachik, un viejo conocido que le arrebató el bronce en el Europeo de Berlín. Al paso por la media maratón, el segoviano ya estaba a 15 segundos, una distancia sideral para la distancia más dura del atletismo. Con todo, era un guión pintiparado para el atletismo español: ritmos controlados. Para entonces, en cabeza había 33 elegidos.

Pasaban los kilómetros y se acumulaban las explosiones; tanzanos, etíopes y japoneses decían basta. Eso es lo que pretendía Guerra, contemporizar para no llegar a gripar su motor. Como le ocurrió al brasileño Do Nascimento, que perdió en un suspiro la capacidad para mantenerse en pie; se empeñó en recuperarse y reemprendió la marcha durante apenas medio minuto. Un canto de cisne porque se rindió en la acera, yaciendo feliz en la sombra a la espera de los servicios médicos. 

Los tres kenianos se adueñaron de la cabeza al paso por el kilómetro 25: se acabaron los ensayos, turno para los mayores. Ya para entonces Dani Mateo agonizaba en el grupo y perdía contacto.  Los efectivos empezaban a caer drásticamente, con víctimas como el belga Naert, campeón de Europa en 2018, o el estadounidense Galen Rupp, bronce en Río 2016. Estaban todas las cartas sobre la mesa para que Thor desempolvase el martillo.

Lo hizo Kipchoge justo al paso por el kilómetro 30, a la salida del campus universitario. Un movimiento arriesgado para cualquier maratoniano, teniendo en cuenta que aún sobrevivían una decena de rivales a su estela. Pero nadie como él para conocer sus capacidades. Entre los supervivientes estaba Lamdassem, la feliz sorpresa.  En ese kilómetro 30 Guerra estaba ya a dos minutos del keniano, cazando a Mateo. Ahora empezaba su carrera de menos a más: delante tenía a una decena de atletas a unos 20 segundos.

Le bastaron cinco kilómetros a Kipchoge para romper la carrera con un parcial sideral de 14m28s. Por detrás, cuatro atletas discutían por dos medallas, entre las buenas sensaciones de Lamdassem y la agonía de Nageeye, somalí con pasaporte holandés. Siguieron juntos hasta los últimos metros; el plusmarquista español se vació tratando de seguir el penúltimo arreón de Cherono, que fue superado en la línea de meta por el holandés y el belga Abdi, al que tuvieron que llevarse las asistencias tras cruzar la meta. Con todos los asteriscos de nacionalidades, dos europeos en el podio de una maratón olímpica. 

La deseada carrera de menos a más de Guerra no se produjo. Mateo acabó mejor y le sacó un minuto entre el kilómetro 30 y el 40. El segoviano estaba ya estancado en las postrimerías del puesto 30, lejos del diploma olímpico. La mejor marca de Guerra (2h07m27s) es casi un minuto más lenta de la de Lamdassem (2m06m35s), que cuajó la mejor actuación española en una maratón mundialista en casi dos décadas. Mateo terminó vigesimoprimero. Fue un delicioso postre a los Juegos Olímpicos. Y Guerra podrá decir que estuvo ahí.

Así fue la maratón, en directo