balonmano nava Vujovic DSC 0735
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Filip Vujovic (Nikšic, 7 de abril 1996) es de esos jugadores que se ganan el pan con el sudor de su frente. Es un bromista, pero cuando entrena solo muestra esa seriedad balcánica, la competición consigo mismo. Cuando llegó a España procedente de Montenegro, un país con el que disputó el Europeo en enero, fue el ‘hijo’ de Moratovic en el vestuario del Cangas; ahora devuelve lo recibido en Nava y asiste como traductor a los recién llegados, el croata Luka Šebetic y el ucraniano Dmytro Horiha. Renovó por dos temporadas sin saber si el equipo se mantendrá en Asobal, pero no tiene dudas de que así será. Y asegura que la “final” del domingo en Nava ante Torrelavega romperá la mala dinámica que tiene al club antepenúltimo.

— ¿Cómo le convenció el Nava para fichar?
— Porque el club quiere crecer. Soy un chico con ambiciones, me gusta la Asobal y creo que este club puede ir arriba, se está esforzando. Han venido dos fichajes muy potentes, de Champions; nadie esperaba que pudieran traer a jugadores con estas capacidades. Se quedaron sin club por toda esta situación, pero mira, ya están en Nava.

— ¿Por qué renueva?
— Porque confían en mí y yo confío en ellos. Quiero hacer cosas grandes con este equipo.

— Usted renovó pero el equipo no tiene garantizada la permanencia. ¿Han hablado qué pasaría en caso de descenso?
— Es que yo no pienso bajar, estoy convencido. Tenemos equipo y lo merecemos todos: nosotros, el pueblo, la directiva. El domingo vamos a ver la luz al final del túnel.

— ¿Hay alguna cláusula que contemple ese escenario?
— Con Julián es sencillo, se puede hablar. No estoy preocupado.

— ¿Por qué una primera vuelta notable y una segunda tan mala?
— En la primera vuelta salía todo. Y el mayor peso en ataque lo llevaba Prokop. Después del parón del Europeo, cuando te quitan a un jugador tan importante, se nota mentalmente: todos tenemos que dar en la cancha el 150%. Ahora está entrando en forma poco a poco; tampoco hay que agobiarle después de estar parado tanto tiempo.

— ¿Qué significó para usted meter a Montenegro en la segunda fase de un Europeo?
— Todos sueñan con jugar con su país y fue algo increíble. Era muy duro mentalmente por el covid; cada día tres PCRs y no sabes si vas a poder jugar o no. Pero cuando sales a la cancha, te olvidas de todo. Juegas, disfrutas y vives la experiencia.

— ¿Qué significa el balonmano en Montenegro?
— En la clasificación para el Mundial fue una locura. El partido era a las 6 y a las 4 ya estaba lleno el pabellón: 7.000 personas. Y no estaban mirando: cantando, animando, silbando. Un ambiente que nunca había vivido ni imaginado. Fue algo muy especial. Estoy orgulloso de ser parte de esto. Como dice mi seleccionador, soy un privilegiado.

— ¿Le recuerda a Nava?
— Claro, es que Montenegro tiene 600.000 personas, puedes compararlo con Nava. Hay que luchar por esa gente, siempre te animan y confían en ti. Nunca he escuchado nada malo y hemos perdido nueve partidos de diez en la segunda vuelta. Paseas por el pueblo y veo que nos adoran. Y eso hay que devolverlo.

— ¿Por qué hace tan bien de traductor en el vestuario?
— Nunca he estudiado nada de idiomas, pero la vida te manda por ahí. Igual tenemos esa facilidad para aprender porque nuestro idioma es muy difícil. Cuando llegué a España, en tres meses ya entendía todo; en seis empecé a hablar bien. Mi novia me ayuda bastante con la gramática. No hablo ruso, pero cuando Dima el ucraniano me habla en ruso entiendo qué me está diciendo.

— En un vestuario con tantas nacionalidades, se ha convertido en segundo capitán.
— No diría segundo capitán, pero siempre voy a estar para echar una mano a mis compañeros. Cuanto antes se adapten, mejor para todos. Sé lo difícil que es venir de un país y no enterarte de nada porque lo he vivido. Y menos mal que en nuestro equipo hay buena gente, porque hay algunos vestuarios que no te quieren aceptar.

— El humor también es un aspecto importante
— Lo más gracioso fue cuando Dzimitry (Patotski) fue a traducir al otro Dmytro en la rueda de prensa; el ucraniano empiezo a hablar mucho y yo veía la cara de Patotski, que traducía lo poco que se quedaba en su cabeza. A Carlos Villagrán le gusta hacer bromas y quiere hablar en inglés, y ya sabemos que no tiene un nivel alto. Cuando empiezan a hablar… Hay muchas cosas, algunas es mejor no saberlas (ríe). Y yo, como hablo para aquí y para allá, a veces me vuelvo loco.

— ¿Y Zupo cómo se expresa?
— Es que Zupo con la cara transmite todo, no hace falta que hable. Se sabe perfectamente qué quiere y de qué humor está.

— A un extremo se le exige marcar. ¿Cómo trabaja la eficacia?
— Nunca tengo miedo de fallar. Si fallo, tengo otra oportunidad. Si voy 0 de 5 voy a por la sexta. Tiene que salir bien porque trabajo todos los días, me exijo. Mi consejo cuando las cosas no salen, también para mí, es que hay que exigirse todavía más. Soy un chico que trabaja mucho, horas y horas; lo de ser trabajador está en mi personalidad. Lanzamientos, gimnasio… Siempre echo horas extra, y que no están pagadas (ríe). Talento, sí, pero esto es todo trabajo y disciplina. Y dar el cien por cien. Yo entrenando estoy callado porque estoy concentrado en lo que haga. Esta es mi forma de trabajar, pero hay muchas. Cuanto más aprieto, mejor juego.

— Zupo dice: “No defendemos”
— Justo hoy hablé con Zupo. No entiendo cómo nos meten tantos goles si tenemos una portería con unos números increíble: Patotski acaba con 18 paradas en Granollers y pierdes de seis goles. En defensa nos falta intensidad y agresividad por parte de cada uno de nosotros, yo el primero. No se les puede pedir más a los porteros..

— ¿Cuántos puntos hacen falta para salvarse?
— 23 o 24. El domingo va a ser una final para nosotros. Si salimos de esa racha negativa creo que vamos a entrar en un tramo positivo.