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25 de diciembre. Navidad. Segovia tiene una cita. No hay resaca. Si la hay, no es impedimento. Amanece en la ciudad y el club 53×13 ya espera en la plaza de Día Sanz con la bienvenida de un chocolate caliente. Sorbos espesos que liquidan cualquier exceso de la Nochebuena. Avanza la mañana y los aficionados al ciclismo hacen su aparición. La Carrera del Pavo felicita las fiestas. Una prueba popular que se convierte en una competición. Disfrutar y sufrir van de la mano. Y es que si difícil es engranar una bicicleta sin cadena más lo es avanzar a la contra. El corazón por motor.

La técnica, la estrategia y un manillar como limbo son el combustible para subir la calle Cervantes en el momento en el que la ley de la gravedad se empeña en repeler los cuerpos. La inercia es otro secreto que desafía al exigente desnivel y que gana metros a ritmo de reloj de arena. Un grano, un triunfo. Pequeños pasos que apuntalan la escalada. Como la vida misma.

La experiencia, que es un grado, se ampara en la resistencia física y mental. La preparación y la concentración juegan a favor. Los aplausos y los ánimos del público son impulso para un desafío que esta edición, además, añadió el agravante del suelo mojado. No llovió, pero regaron parte del recorrido. La de la Estafeta en san Fermín, pero a la inversa: en vez de echar antideslizante, hicieron la de Morante con la manguera en Alicante.

Los cimientos del Acueducto no entienden de drenaje y lo mejor que pudo pasar fue que el día acogió una buena temperatura para ser diciembre y no heló. Aun así hubo que lamentar la caída de Julio Martín en la final, que le impidió seguir luchando por la victoria y vio cómo su hegemonía en los últimos ocho años se rompió.