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Eliminatoria de la Copa del Rey en La Albuera entre el Unami y el Alavés. / DEPORTIVO ALAVÉS

El Unami estuvo a la altura de la noche más importante de su historia. Porque el fútbol es un deporte incierto, capaz de difuminar durante 90 minutos una diferencia de seis categorías. La Abuera vivió una fiesta del fútbol modesto, la de aplaudir cada corte defensivo como una ocasión del gol. Gloria a la resistencia, a la rebelión ante un desenlace escrito, porque las batallas hay que lucharlas aunque se sepan perdidas. El Alavés, el Glorioso, estuvo a la altura de su historia y el Unami fue un digno comensal para toda una noche de Copa del Rey.

El  Unami tuvo que vivir en sus carnes la dominación más absoluta para apreciar su dominio durante años ante los rivales más modestos de la Regional. El equipo que se pasa el año estirando defensas se vio cerrando su parcela, con los espectadores aplaudiendo con estruendo un simple pelotazo hacia el centro del campo o que el asistente levantara la bandera para señalar un fuera de juego vitoriano. Así las cosas, el Unami no tuvo la pelota en campo rival hasta el minuto cuatro; apenas un suspiro, lo que le aguantó la posesión a Zaragoza.

Las camisetas azules estaban a la expectativa, como un felino esperando su oportunidad. Rubén, en el carril derecho, estaba especialmente atento, buscando el corte de la felicidad. Pero el Alavés tiene muchas tablas y no tardó en imponer su dominio. Miguel de la Fuente rompía la línea del fuera de juego cortando un pase en largo, pero no logró rematar. La misma suerte que Saúl, que no supo resolver el desmarque fugaz de Mohamed Sylla, que superó la salida del meta Chema. La gran ocasión la firmó Manu García, que se quedó en mano a mano tras aprovechar una pérdida segoviana en la salida de balón pero su remate, a placer, se estrelló en el palo izquierdo.

El gol visitante parecía inminente, pero el partido entró en una fase de valle, justo cuando se apagaron tres de los focos de la grúa que iluminaba la meta de Chema, como si el destino quisiera ocultar el gol al Alavés. Funcionó, pues el Unami vivió unos minutos cómodos. Incluso llegó a coquetear área rival con un par de aproximaciones culminadas en centros sin rematador de Chechu y de Koby. Los azules habían salvado el primer asalto.

El cuadro vasco acumuló fuerzas para el siguiente y la resistencia segoviana añadió la categoría de hercúlea. Hubo cinco minutos de frontón, con Rubén metiendo una pierna salvadora o Chema salvando los muebles, especialmente en un centro para Iván Martín, que intentó rematar de tacón, sin éxito, lo suficiente para acompañar el esférico con su gesto, obligando al portero a retroceder a toda pastilla para evitar que entrase. El primer tiempo terminó con un tiro envenenado del central Tachi que rozó la escuadra. Y con Chema ayudado por sus compañeros tras lanzarse al encuentro de la pelota.  Así superó el Unami los 45 minutos de portería a cero más meritorios de su historia. Y el público lo reconoció en la retirada a vestuarios.

El paso por vestuarios sirvió para volver a encender el foco de la discordia, parte de una instalación alquilada de 10.000 euros. Y para recuperar a Chema, que volvió a su atalaya a la espera de un nuevo asedio, como el de una fortaleza medieval atestada por orcos. Pese a su resistencia, no había forma de imaginar cómo podía marcar el Unami. La lógica decía que el desenlace era inevitable, que los cuentos de hadas son eso, cuentos. Y que en el mundo real, el Alavés terminaría marcando.

Apenas tardó 90 segundos en disponer Guidetti de un tiro franco en el punto de penalti. Defendía el córner posterior el Unami, que creía con esperanza en la contra, pero fue Javi de la Cruz el que tuvo que cortar la del Alavés, la amarilla que provocó su cambio p0or Terleira inmediatamente, una ovación inolvidable a cargo de una afición que a la hora de juego entonaba el ‘sí, se puede’. Mientras, Chema, a lo suyo, sacaba la manopla para desviar un tiro letal de Guidetti. Esa era su rutina, sobrevivir a las escalas del Abimo de Helm, ganando tiempo entre córner y córner.

Los minutos se agotaban y Javi Calleja puso a calentar a su alma maestra, Joselu, la camiseta que quería Koby el día del sorteo, y dio entrada a Toni Moya y Luis Rioja, que forzó un córner en su primera cabalgada, una marcha que hasta entonces no conocía el encuentro. Con todo, el Unami disfrutaba, como en la primera parte, de unos minutos de cierto respiro. En ese momento llegó la conquista. La calidad de un jugador como Manu García derribó la muralla; encontró el desmarque de Luis Rioja por la izquierda, que dio el pase horizontal de la muerte a Guidetti, que cumplió el trámite de acompañar la pelota a puerta vacía.

Mordida la presa, el Alavés contemporizó ante un rival que habría firmado llegar al cuarto de hora final ante un Primera. Como la esperanza nunca se pierde, la tribuna coreaba “gol” ante la única falta que tuvo el Unami en la periferia del área vasca. Salió al despeje el meta, que se chocó con Sergio Prieto. Mientras el capitán del Unami yacía en el suelo, Zaragoza golpeaba con fuerza ante la desguarnecida portería visitante, sin tino. Fue lo más cerca que estuvo su equipo del gol.

Sylla, toda una pesadilla para la zaga segoviana, puso la sentencia resolviendo con calidad un mano a mano ante Chema. Terminado el suspense, Guidetti dejó el campo y Gonzalo del Valle premió con algo más de cinco minutos a Varo, Brañas y Oussama, porque la fiesta de la Copa bien vale agotar los cambios. En una ronda con goleadas astronómicas, el Unami forzó al Alavés a sacar del banquillo a Rioja, que marcó el tercero en el descuento, para tomar su fortaleza. Una eliminación gloriosa.