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David Llorente, en la semifinal de kayak masculino por el piragüismo en eslalon de los Juegos Olímpicos 2020, este viernes en el Centro de Piragüismo en Eslalon de Kasai en Tokio. / EFE - ENRIC FONTCUBERTA

David Llorente cierra los ojos y visualiza el minuto y medio que viene, un lapso por el que lleva trabajando cinco años. Se empapa la cara para luego retirarse el agua de los ojos con el antebrazo. Golpea uno de los postes que guardan su kayak, suspira por última vez y escucha los pitidos que le lanzan al canal embravecido de Tokio. Es una final olímpica de K-1 Slalom en Tokio, el poster que lleva años viendo antes de dormir. No hubo medalla -con 24 años tiene aún muchos Juegos por delante- pero si la experiencia es un grado, el segoviano ya acredita cuatro bajadas olímpicas.

La paradoja de Llorente es que vive su deporte, una locura vertiginosa entre rulos indomables de agua y puertas endiabladas, a cámara lenta. Congela el tiempo, siente cada milésima. En sus venas no hay sangre, sino adrenalina domesticada. Vive el presente: solo cuenta la próxima palada. Tras una carrera derribando puertas, este viernes cruzó otra y cerró un ciclo olímpico de cinco años marcado por su título de subcampeón del mundo en 2019.

El segundo salía el tercero de los diez finalistas tras acreditar el octavo mejor tiempo en la semifinal. Empezó bien, superando el primer rulo: se quedó algo atascado en la puerta cinco, pero pasó con solvencia la seis. Bajó en tres segundos el mejor tiempo en el primer parcial, pero su kayak pendía del alambre. Su idea era bajar desatado en la final, sin nada que perder, y bordeó el abismo. Se mantuvo sobre el risco en la puerta 13, evitando por los pelos el toque, pero golpeó la puerta 17 y perdió el equilibrio. El tiempo en meta ya le dejaba fuera del podio, pero la revisión posterior le añadió una penalización letal de 50 segundos por saltarse una puerta a derechas y le dejó sin opción de diploma, premio para los ocho mejores. Al final, 150.08.

El título de campeón olímpico fue para el checo Jiri Prskavec, que estuvo a otro nivel. El número uno del mundo y ganador del Mundial de 2019, el único que superó a Llorente, se llevó el oro con tres segundos de ventaja (91.63) sobre el eslovaco Jakub Grigar, al que el segoviano derrotó en Bratislava para proclamarse campeón de Europa sub-23 en 2018. Ha demostrado estar en la misma liga, pero no lo hizo en el día D y en la hora H.

En la semifinal, la primera bajada de Llorente fue como la de ese estudiante que sale descontento del examen y después saca un notable. Cumplida la rutina de empaparse la cara antes de partir, se quedó pegado al rulo que separa los remontes de las puertas 4 y 5 y perdió más tiempo del que deseaba antes de poder cruzar la 6. Su kayak no logró el ritmo deseado, pero superó las grandes trampas: el impulso descontrolado de la puerta 11 o la peligrosa unión entre la 15 y la 16, que desembocaba en una fase muy técnica entre la 18 y la 20. Con los brazos ya agotados, quedaba no infravalorar el paso entre la 21 y la 22 y la fuerza para el último remonte.

Pese a estar lejos de sus expectativas, el segoviano estuvo mejor en el último tercio del recorrido -cruzó rápido entre la 15 y la 16, mantuvo bien el impulso por la 19 y salvó el remonte de la 24- y eso, a la postre, le dio el billete. Un escenario con el que no contaba cuando cruzó la meta (98.26), cariacontecido, torciendo el gesto y lanzando a la cámara un beso de despedida. El titular a las 7:08 era claro: “Se acabó”.

Pero según fueron bajando el resto de estudiantes, el examen de Llorentefue subiendo en bolsa. Dos buen os palistas como el sueco Erik Holmer y el suizo Martin Dougoud quedaron por detrás tras bajadas solventes. El canal estaba complicado, algo que confirmó el esloveno Peter Kauzer, toda una figura del slalom en sus cuartos Juegos que se quedó sin final. Ahí estaba en la orilla, consolado por su entrenador, consciente de la oportunidad perdida. Esa fue el panorama habitual mientras Llorente contemplaba a sus compañeros con la botella de agua en la mano. El brasileño Pedro Gonçalves chafaba su bajada en la puerta cinco; el ruso Pavel Eigel se saltaba una puerta.

El problema es que cuanto más avanzara la lista, más pedigrí había entre los palistas. Quedaban ocho por bajar y Llorente ya tenía a nueve por detrás; solo necesitaba uno más. Fue el austriaco Felix Oschmautz, que ensució una bajada excelsa con un toque en la última puerta. A las 7:41, Llorente era finalista olímpico. Poco importó que los dos favoritos rompieran el crono: el francés Boris Neveu fue el primer palista que sonreía tras cruzar la meta, superado por el supersónico Prskavec, que marcó el mejor tiempo (94.29) pese a tocar una puerta.

A Llorente se le pedía medalla, “como si fuera lo más fácil del mundo”, pero estar entre los diez mejores de unos Juegos es un hito a valorar para el duodécimo segoviano olímpico en más de un siglo. El hombre que vive en presente tiene futuro de sobra.

Así fue el directo del final olímpica de K1