El informe forense del descenso del Viveros Herol Nava a División de Honor Plata tiene muchas aristas, pero hay un dato que resume por qué el equipo sumó 16 puntos en la primera vuelta y terminó la segunda con apenas cuatro: los goles de Jakub Prokop. Los clubes modestos –y el Nava, pese a su gran inicio, lo seguía siendo– no pueden esconder la dependencia de su estrella. La realidad es que el ataque segoviano se desplomó tras el parón invernal por el Europeo y que su lateral, lesionado durante semanas, no pudo replicar un estado de forma que le llevó por encima de los 80 goles en los primeros 15 partidos. En 2022 apenas pudo anotar una treintena. Y Zupo Equisoain, que dejó el sábado de ser entrenador, no dio con la fórmula para suplir esos 50 goles de diferencia.

El Nava terminó la primera vuelta en sexta posición, un lugar que acreditaba con números de gran equipo. La directiva había reforzado al club con nuevas piezas, casi todos foráneos, que estaban dando la talla. Fue, sobre todo, un paso adelante en ataque. Que un equipo pase en seis meses de anotar 24,5 goles por partido (el dato con el que terminó la temporada 2020-21) a rozar la treintena (29,8) en la primera vuelta supone un salto sideral. La ecuación era esa: el Nava ganaba porque metía más goles. Hasta diciembre el equipo encajaba 30,2 goles por partido, prácticamente lo comido por lo servido en una liga en la que el average general de la clase media tiende al negativo porque los partidos ante los grandes suelen deparar derrotas abultadas.

En aquellos días de vino y rosas hubo festivales como la victoria ante Ademar (39-31), la primera que conseguía el club en su historia, en un encuentro en el que Prokop, Moyano y D’Antino anotaron ocho goles. El equipo se fue por encima de los 30 goles en 8 de los 15 primeros partidos; en los últimos 15, solo alcanzó la treintena en una ocasión: en la única victoria, ante Sinfín.

El Nava, que había anotado 448 goles hasta diciembre, solo sumó 384 desde el parón (64 goles menos), una clara vuelta atrás, al promedio de 25,6 goles, cercano al cuajado el curso anterior, donde salvó la categoría en la última jornada tras una remontada meritoria desde que Zupo se sentó en el banquillo. Como un balance de contabilidad, el balonmano necesita compensar pérdidas y ganancias. Lo que dejó de aportar el ataque elevó la presión sobre la defensa, y no hubo respuesta. La zaga también empeoró sus datos, por más que Patotski tenga un 30,06% de paradas, un dato que solo superan ocho metas en la Asobal. El Navva encajó más, 31,13 goles por partido. Cuando el balance es de -6 goles, es difícil competir.

El aspecto mental es clave. No es lo mismo pasar todo la temporada enfangado en lenguaje bélico de la salvación, que verse en la atalaya del sexto puesto y cambiar de tercio según el agua iba inundando plantas. Solo bajo ese prisma se entiende la debacle en Antequera, colista desahuciad. Lo cierto es que el club no solo ha perdido, sino que rara vez ha competido. Solamente en tres derrotas de la segunda vuelta llegó con opciones al último minuto. Las cuentas de Zupo en diciembre decían que harían falta cuatro victorias. Con cinco puntos hubiera bastado. Pero solo sumó 2 de los últimos 22.