Una de las residentes acaricia al perro. / EL ADELANTADO
Una de las residentes acaricia al perro. / EL ADELANTADO

‘Yoko’, una labradora de ocho años, sufrió la cuarentena como pocos. Esta perra es adicta al trabajo, subraya su cuidadora, María Val, psicóloga experta en terapias con animales. En lo peor de la pandemia, con las residencias en el ojo del huracán, no hubo visitas. Así que para paliar el trance, hacían videollamadas con los familiares y mandaba vídeos con mensaje: os echamos de menos. “Poder acompañarles en los últimos años de vida y sacarles sonrisas me parece magia”.

‘Yoko’ y ‘Pepa’, una golden de cinco años, no son mascotas. “Metemos a un perro si sirve para conseguir mejor los objetivos terapéuticos. Tienen más títulos que yo”, sonríe su adiestradora, que vive con ellos. Su entrenamiento es en positivo, sin castigos: tiene que disfrutar del trabajo que hace. Hay razas más dispuestas a la socialización pero cualquier ejemplar valdría. Solo hay un requisito: “Le tiene que gustar estar ahí”.

Adiestrador y animal tienen dos seguros laborales distintos. El perro lleva un control médico y el aprendizaje es complejo. “Tienen que estar educados antes de entrar a trabajar, no vale que sea un perro que se comporte bien”. Todo empieza por la obediencia básica. Después, llegan las habilidades específicas, empezando por el saludo. Por ejemplo, el ‘porta’: el perro tiene que saber sujetar cosas como un cubo, un cartel, un juguete o una pelota. O el ‘cobro’, que consiste en trasladar algo de un sitio a otro, ya sea hacia un destino (una pelota en una canasta) o a una persona.

Un paseo para desconectar

La educación de los perros es muy metódica. “No aprenden por magia. Igual tardas 15 días en enseñárselo”. Si en una sesión quiero que haga fotos con el saludo del oso y unas gafas puestas, eso lo trabajaré antes”. Tienen que llevar unas salidas muy estables. Por ejemplo, al final de cada sesión necesita una para desconectar. “Necesitan mínimo media hora para echar todo el estrés que tiene acumulado y que pueda disfrutar de todo”.

La sesión es personalizada. “Cuando quieres enseñarle algo al perro, ya puedes tenerlo tú claro. Si queremos que el perro se controle, el que lo enseña ya puede controlarse. Tienes que saber cuándo darle la orden y cuándo no. Es una forma de trabajar sus problemas de manera indirecta”. Hay mayores que no saben en qué día viven pero si ven al perro saben que es miércoles.

El perro funciona como agente motivador para quien necesita impulsos. Como un guía para explicar acciones; por ejemplo, mete un saco en la canasta para que la persona con demencia lo entienda. O contenedor positivo, pues la idea de perro tiene asociados conceptos positivos como lealtad o cariño incondicional. El sonido cuando entra en sala es el mismo: “Ay”. También permite trabajar la cooperación. Val subraya que los canes son expertos en lenguaje no verbal.

Yoko tiene la jubilación a la vuelta de la esquina; María calcula que poco más de un año. Se ha ganado una buena pensión.

La terapia de las caricias