Fernández Sánchez Dragó. KAMARERO.
Fernández Sánchez Dragó. KAMARERO.
Publicidad

Segovia acoge este fin de semana el XXX Encuentro Eleusino. Es la segunda vez que un Encuentro se realiza en nuestra ciudad. La sede estará, durante estos tres días, en la Casa de Espiritualidad San Frutos. La idea que Sánchez Dragó puso en marcha hace siete años ha ido atrayendo cada vez a más personas interesadas en cultivar su dimensión espiritual. Los Encuentros Eleusinos son el resultado final y muy querido de una larga carrera en la que Dragó ha destacado como escritor de estilo depurado y de temática compleja y como periodista de prensa, radio y televisión.

Sánchez Dragó es un hombre amable que, a pesar de sus numerosos compromisos, hace todo lo posible para atenderme cuando le pido una entrevista para El Adelantado. A principios de mes, ha publicado Galgo corredor, obra en la que ha vuelto a la narración de su propia vida, tomada ahora desde el momento en el que se estrenó como estudiante en la Universidad de Madrid. “Mañana tengo que atender a 13 entrevistas”, me dice, a propósito de la presentación de la obra, pero no hay en el tono de sus palabras afán de darse importancia, sino simple descripción de sus dificultades para estar en todo. A veces, me parece percibir un punto de irritación ante ciertas cosas, pero Dragó sabe contenerse y reconducirlo. Lo que le interesa es, ante todo, el vértigo profético. Hay pesimismo en su mirada sobre el mundo, pero, a la vez, está cerca de los demás.

— Los Encuentros Eleusinos, desde su comienzo hace 7 años, han tenido siempre buena acogida. ¿En qué consisten y por qué se llaman así?
— Son encuentros filosóficos, al estilo de los que efectuaban Jung y Hermann Hesse en su Círculo Hermético, y que nos remiten a los que se celebraban en los santuarios que acogían los cultos iniciáticos de la antigua Grecia, como los de Eleusis o Delfos. Nuestra perspectiva es siempre espiritualista y nos planteamos las diversas etapas del nosce te ipsum, del camino del conocimiento de sí mismo. Efectivamente, los Encuentros han tenido mucho éxito. Vienen acudiendo entre 50 y 70 alumnos y seis o siete ponentes, aunque puede que en este caso disminuya un poco el número de alumnos por el problema del coronavirus Procuramos elegir lugares apartados de las grandes urbes, lo más campestres o rurales posible, y donde haya algún tipo de residencia que permita alojarse y cultivar la fraternidad entre los maestros y los catecúmenos -por así llamarlos-, facilitando que los más avanzados abran el acceso hacia lo más profundo a quienes sólo se hallan en el inicio de su búsqueda. Eso mismo se hacía en las fraternidades de los santuarios iniciáticos de la Hélade antigua. En esos santuarios había misterios menores y mayores, los primeros eran para el vulgo y los segundos para aquellos que se hallaban adelantados en las honduras del conocimiento o gnosis y que son las que nosotros también perseguimos.

— El título y la motivación del Encuentro hablan del tiempo postapocalíptico que se deriva de la actual pandemia. ¿En qué sentido estamos viviendo un apocalipsis?
— Apocalipsis significa fin de los tiempos, y normalmente se entiende a la manera judeocristiana de final absoluto del mundo. Yo lo veo, en cambio, como una quiebra del mundo en el que se ha vivido. Esta epidemia, que el avance técnico ha hecho que se extienda a una velocidad insospechada en relación con las de otras épocas, nos sitúa ante un escenario apocalíptico en el sentido del tiempo cíclico de la India: estamos en el Kaliyuga, periodo en el que reina el enfrentamiento, el desastre y la alteración del lugar de los valores. En lo material, no hay tanta mortandad como antiguamente, el confinamiento la ha reducido, pero la economía se va a hundir y aparecerán la hambruna y las alteraciones del orden social.

— Entonces, ¿se abre un vacío sobre el que tendremos que decidir cómo vamos a construir nuestro futuro?
— De lo que se trata es de saber si este desastre será aprovechado para plantear una nueva forma de vivir. ¿Surgirá, tras él, una nueva vida? No lo sé. Pero, si no la hay y volvemos a vivir como antes, retrocederemos y se extinguirá este error biológico que es el ser humano. Somos un animal depredador que se convierte, desde el neolítico, con la aparición de la ganadería, en el mayor supremacista -ahora que se habla tanto de supremacismo- que se pueda concebir, al someter a su voluntad a las demás especies y a la naturaleza entera. Al someter y organizar la explotación de los animales, se producen transmisiones de microbios entre especies y eso es el origen de las epidemias, las cuales, ahora, además, pueden atravesar con facilidad todo el planeta.

— ¿Qué papel juega internet en la configuración de este mundo sobre el que se ha proyectado la pandemia?
— Yo he visto el Anticristo ante mí: fue Bill Gates, en 1998, en su visita a España para presentar lo que entonces se llamaban autopistas de la información. Fue el fin del mundo, no en el sentido tradicional sino en el del final de mi mundo, del mundo en el que me había criado, el de las relaciones personales, el del cine, el del arte. Se impone ahora Internet, la Araña, como yo le llamo, y todo es virtual en el sentido propio de la palabra, es decir, mera apariencia, no realidad auténtica. Lo virtual no es real y vivir en ello es como estar loco. La definición clásica de la locura es confundir la irrealidad con la realidad y es aplicable a nuestra forma de vivir actual: vivimos en la locura. Y el pretendido progreso es sólo progreso de las máquinas, no de los seres humanos. Ya nadie lee. Los jóvenes saltan por los textos electrónicos sin detenerse en ellos. Han renunciado al lenguaje y sin lenguaje no hay pensamiento. El libro que acabo de publicar se titula Galgo corredor: muy pocos jóvenes saben que es una concesión a la frase más célebre de la historia de la literatura española, el comienzo de El Quijote. Si miras los SMS, los chats, ves que la gente no sabe leer, no sabe escribir. Estamos volviendo literalmente al mono.

— Y la otra parte de la fórmula, la vida nueva, ¿será tan fácil que venga después? Normalmente, nos cuesta cambiar, por mucho que los desastres se empeñen en machacarnos.
— Detrás de las grandes epidemias históricas ha habido grandes cambios. El Impero Romano fue víctima de la viruela, el Renacimiento vino tras la peste negra. El mundo va a cambiar, eso es seguro, lo que quizá no cambie sea la mentalidad de las personas, que van a seguir adorando al becerro de oro, la globalización, la tecnologización. Por eso, me ha parecido oportuno tratar en este Encuentro Eleusino cómo va a ser el mundo tras este desastre.

— ¿Pero no es la ciencia la que ha de salvarnos? Incluso, ¿si penetramos en el propio yo, no quedamos reducidos a redes neuronales, a neurotransmisores?
— No, eso no es el yo auténtico, no es el yo sobre el que indagamos en la búsqueda del conocimiento verdadero, de la gnosis. El yo auténtico es la conciencia del ser, la conciencia de sí mismo. Los verdaderos científicos son los maestros de espiritualidad que han penetrado en los recovecos del alma para verlos con la misma precisión con la que se ve una célula al microscopio. Hay que ir a la introspección, a la interioridad, a los estados alterados de conciencia en los que se mueven los místicos. Como decía San Agustín, no busques la verdad fuera de ti. Hay que apartar lo exterior, lo superficial o fenoménico, no dejarse engañar por el velo ilusorio de maya, que dice el hinduismo. La meditación detiene el cerebro para que surja la sophia eterna, la sabiduría imperecedera.

— Sin embargo, vivimos en la época del reinado del cerebro. Muchas personas hablan de su cerebro como si fuera el protagonista de sus propias vidas. Desde su punto de vista, ¿la espiritualidad tiene autonomía respecto a su base neurológica?
— La espiritualidad no es necesariamente de base neuronal. Precisamente, se trata de una discusión que dura milenios: si eso que llamamos conciencia puede existir o no sin el soporte del cerebro. Es decir, ¿hay vida o conciencia después de la muerte? Hay en estos momentos muchos vericuetos científicos que afirman que la conciencia es independiente y que el cerebro, mientras estamos vivos, es un receptáculo o instrumento que nos permite acceder a ella. Bueno, ésta es una hipótesis que no se ha verificado por completo y que, quizá, la mejor manera de hacerlo sea morirte. La muerte es, como no en vano se ha dicho, el momento de la verdad.

— ¿Qué es la enantiodromia que figura en el título de tu ponencia?
— Significa correr hacia atrás y se refiere a mi idea de que después del siglo VI o V antes de Cristo no se ha hecho otra cosa que retroceder. Hace 2500 años, con Buda, Confucio, Lao Tze, Zoroastro, Pitágoras o los presocráticos se llegó a la cumbre de la que nos hemos ido alejando. Sin embargo, venimos creyendo que en ese alejamiento está el progreso. No soy el primero que lo dice. Donoso Cortés, hoy olvidado como filósofo, en las Cortes de la Primera República tuvo el valor de levantarse para decir “señores, están ustedes equivocados, el mundo no avanza, el mundo retrocede”. Y eso mismo creo yo.

— ¿Y cuáles serían los rasgos de esa vida nueva, si fuéramos capaces de acceder a ella o de retroceder hacia ella?
— En eso entramos ya en el terreno de mis opiniones, incluso de mis convicciones, a las que he llegado después de 80 años de vida vivida y aunque a otros puedan parecer extravagantes. Hay formas de avanzar diferentes y se puede avanzar como el cangrejo, yendo hacia atrás. Hay que detener la tecnología y el desarrollo económico, ese desarrollo que nos está matando. Pero, en cualquier caso, todo esto que propongo es impensable e inviable, ya no hay vuelta atrás. El desastre ecológico es ya irreversible y nos engañan cuando nos dicen que hay que invertir en la lucha contra el cambio climático. Son pamplinas. Sería detener el barco en el que navegamos y conllevaría la destrucción de la humanidad.

— ¿Deberían ser las élites espirituales las que nos condujeran hacia nuevas formas de vida?
— Esa marcha hacia atrás renovadora debería ser acaudillada, evidentemente y como siempre ha ocurrido, por las élites. Vuelvo al modelo de la República de Platón, que proponía que fueran los sabios, los héroes, los poetas, los santos y los guerreros los que mandaran en la sociedad y que las demás personas, que no estarían suficientemente capacitadas para hacerlo, tendrían que ser misericordiosamente gobernadas. Pero tampoco hay élites suficientes para dirigir ese proceso. Los intelectuales –mal llamados así, pues todo hombre, todo el que usa el intelecto, es intelectual- han abdicado de su misión y, además, ya nadie les hace caso. Los intelectuales somos diplodocus en extinción, personas raras, incompatibles con un mundo en el que el proceso cultural se ha detenido. A Platón le escucharían sólo cuatro gatos, pero es que ahora ni siquiera hay esos cuatro gatos capacitados para la cultura.

— Muchos de los que actualmente se acercan a la espiritualidad rechazan hacerlo a través de la tradición cristiana. Prefieren el pensamiento oriental y sus técnicas de meditación. ¿Es posible reconciliar Oriente y Occidente, hacer algo como lo que pretende Pablo d’Ors o pretendes tú mismo?
— Es que no hay dos espiritualidades, es la misma, la investigación es la misma, los maestros de uno y otro lado coinciden. También hay coincidencia en el tiempo cuando comprobamos que los primitivos maestros cristianos dicen las mismas cosas que los maestros posteriores, que los ascetas incluso actuales.

— Se han realizado Encuentros en Castilla, ¿tiene esta tierra un atractivo especial para la espiritualidad? ¿Quizá ese paisaje tan evocado por la generación del 98 o la mística que aquí se desarrolló o, meramente, su despoblación?
— No, eso iría en contra de todo lo que estamos diciendo, lo que buscamos es la interioridad, no lo externo. La espiritualidad es propia de cualquier lugar. Hemos hecho Encuentros en todas partes, incluso en Camboya. Hombre, sí tenemos en cuenta el evitar las grandes aglomeraciones. Pero lo fundamental, insisto, es lo de dentro.
Como se ve, Dragó no hace concesiones. Mantiene el pulso firme desde el principio hasta el final. Cuando le parece oportuno se detiene para asegurarse que se le entienda bien: “no es agnosis, que ahora todo el mundo añade una a en cuanto me oye decir gnosis”, “mira en el diccionario de la RAE el significado de virtual…, bueno si la RAE no ha hecho uno de esos cambios inapropiados”. Pero su actitud general es liberal y confiada. Cuando nos despedimos, me da libertad completa para trabajar sobre la entrevista, no necesita comprobar nada. “Yo sólo me escucho a mí mismo”, me dice, pero, en este contexto, no es la observación de un narcisista sino una muestra de su independencia de espíritu. No le resulta relevante lo que se pueda decir sobre él. Además, aún con la vista puesta en mi preocupación por la entrevista, intenta tranquilizarme y añade “me gusta una frase de un presocrático anónimo: nada vale nada”.