Representación de la obra 'Perfectos desconocidos', en el Teatro Juan Bravo. / EL ADELANTADO
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Apenas había cola porque a duras penas había aforo. Y eso que estaba completo. Lleno hasta la bandera y, sin embargo, vacío hasta dejar al descubierto filas y filas del patio de butacas, palcos entre otros palcos. Ayer el Teatro Juan Bravo de la Diputación retomaba la programación en medio de una pandemia que ha puesto de manifiesto que la realidad supera en lo trágico a la ficción, y entre los espectadores asistentes, todos armados de mascarilla y optimismo frente al miedo, reinaba un sentimiento que combinaba tristeza y alegría. Desazón y esperanza. Ganas y prudencia. Respeto a las normas y distancia hacia las personas. El regreso a algo que trataba de asimilarse a lo que conocíamos y, sin embargo, la vuelta a lo perfectamente desconocido. “Al menos nos hemos reído un rato, que falta hace ahora mismo”, se escuchaba entre las butacas al finalizar la función.

Y sí, es verdad. Al menos ‘Perfectos desconocidos’ hizo reír a todos los que ayer se dieron cita en el Juan Bravo. Lo cierto es que, para ser justos, hizo reír muchísimo. A carcajada limpia en varias ocasiones. Y eso que, probablemente, no es mentira decir que la inmensa mayoría de los espectadores conocían ya la obra de su versión cinematográfica; su planteamiento, su trama, sus protagonistas y hasta algunas de sus líneas. Dio igual y hubo incluso quien rio más con la adaptación teatral de Daniel Guzmán y David Serrano que con la película de Álex de la Iglesia; todo ello ayudado, sin ninguna duda, por las interpretaciones de los siete actores en general y por las de Juan Carlos Vellido, Ismael Fritschi y Olivia Molina en particular. A ellos tres, además, el sarcasmo de sus personajes les ayudó a completar la actuación de forma tan redonda como la lámpara luna que presidía el escenario y que iluminaba una escena de cocina americana y salón preparado para una cena de amigos.

La velada comenzó con un peliagudo asunto de adolescencia y condones y pronto, tan pronto como los invitados a la cena aparecieron en escena, se trasladó a las esquinas de las camas de los casados y se metió desnuda en la de los solteros. Las primeras carcajadas comenzaban a escucharse entre un público necesitado de comedia, al que más temprano que tarde iban a hacer reír otros temas de conversación igual de mundanos y recurrentes en los encuentros entre amigos. Una vez propuesto el juego de dejar a la intimidad a su suerte en forma de llamada o de mensaje de móvil, la necesidad de buscarle una residencia a la suegra que ha decidido trasladarse al hogar de su hijo, la insistencia cansina de los amigos para la aceptación de un puesto de trabajo, la idoneidad de que una pareja asista de forma profesional a su consorte o el consentimiento a una relación de amistad entre tu pareja y su ex iban desfilando por la mesa; a veces como consecuencia del juego y otras, simplemente, como sucede en cualquier cena de amigos, de forma natural. La trama se iba complicando y los problemas enredando. El juego echaba guindilla sobre la escena y los secretos y la amistad y el amor dolidos se encargaban del resto.

De pronto, entre carcajadas, se hizo el silencio por momentos; pero ni siquiera el drama desvelado junto a la intimidad acabó con las risas. Sobre el escenario quedaron los perfectos desconocidos y, entre los asientos, una ovación conocida pero imperfecta. Una ovación de teatro lleno pero incompleto.

Crónica de Ana Vázquez.