Vida testimonio y testamento de la reina Ysabel (IV)

Ordenó la Reina que sabiendo ya los barcos a donde iban, en el segundo viaje embarcaran, además de los guerreros indispensables en toda conquista, misioneros, además de gran número de artesanos con sus herramientas, y labradores con sus apeos de labranza y simientes así como y plantones de árboles y parejas de animales domésticos de Castilla. A muchos puede parecerles extraño que el café y la caña de azúcar no son originarios de América, sino que los llevaron los castellanos desde la primera hora. A Diego Velázquez de Cuéllar, el segoviano, le cabe la gloria de haber sido quien llevó a Cuba la caña de azúcar. Pero más hizo la reina Ysabel desde el primer momento: decretar que los indios eran libres, contra la opinión del Almirante a quien obligó a reponer en libertad a unos que había vendido en Sevilla como esclavos y, considerándoles súbditos suyos libres, les envío de nuevo a su tierra de origen, después de llenarles de dones y agasajos.

La Reina Isabel puso con ello el germen primero que luego sería el magnánimo espíritu de las Leyes de Indias, es cierto que quiso ganar sus almas para Dios, pero y también evitó que sus cuerpos y sus voluntades fueran para los hombres. Según nos cuenta el Padre Las Casas, todos se pusieron de acuerdo para ocultar a la Reina el trato que se daba a los indios e ignorando la violencia de la conquista murió la Reina, que aun en su testamento le recuerda y manda a su hija Juana, su legitima sucesora, “que no reciban los nativos agravio alguno en sus personas o bienes” y ”que sean bien y justamente tratados”.

Pudiera parecer que el descubrimiento y colonización de América era buen broche para cerrar la importancia de la más grande Reina que ha conocido trono alguno. Y sin embargo su Testimonio alcanza superiores cotas. Se ha dicho y con acierto, que el esplendor del reinado de Carlos, su nieto el Emperador y del hijo de este, Felipe, aquel en cuyos dominios no se ponía el sol, no son más que el fruto de la cosecha que Ysabel plantó con esmero, sagacidad y fortaleza. Ciertamente nunca habría podido Carlos disponer de los reinos de España si antes no hubiera domado la Reina a los nobles levantiscos contra el Rey, sino hubiera, con el sagaz Cisneros, llevar adelante la profunda reforma religiosa que puso orden y paz en los conventos y en las poderosas ordenes revueltas. Las guerras de Italia, victoriosas e importantes, colocaron a España en el primer lugar de Europa, la política acertadísima de bodas y uniones con otras coronas hizo que España fuera durante siglos líder del Continente Viejo y dueña del Continente Nuevo.

La Reina Ysabel, bien sabido es, era de porte y genio majestuoso, como nos dicen las crónicas del momento, que no se cansan de ponderar su belleza física y su superioridad moral. A pesar de soportar enormes trabajos y sufrimientos, conservó, hasta muy próxima su muerte, una gran juventud, aparentando muchos menos años de los que en realidad tenía. Ysabel era de carácter afable y llana con todos, su generosidad era inagotable, profunda y sinceramente religiosa, recatada a pesar de su empaque natural, el ánimo jamás abatido en la desgracia, y tuvo no pocas. Tenía, además, una gran confianza en si misma y arrostraba impávida los mayores peligros. De ello Segovia y Granada supieron mucho. Sus súbditos bien conocían de su corazón sensible, que no sensiblero, a los dolores de todos y a todos los dolores.

Era de inteligencia vivísima, en plena juventud, agobiada de negocios y quehaceres, estudió y aprendió artes y latín, de tal manera que los discursos de secretarios, ministros y embajadores siempre le eran dirigidos directamente y a veces, como nos cuenta con gracia uno de sus narradores, Ysabel se permitía corregir a quien hablaba dándole la expresión correcta. El mismo cronista nos resume en pocas palabras el ambiente de la Corte y la personalidad intelectual de la Reina: “Jugaba el Rey (Enrique IV), éramos todos tahúres; estudia la Reina, todos somos estudiantes”. Fueron sus hijas las princesas más cultivadas de la época. Isabel, la primogénita, tuvo un preceptor humanista italiano. Juana fue un dechado de desgracias y de cultura. Catalina, la infortunada reina de Inglaterra, era señalada y alabada por su conocimientos de Humanidades por los propios Erasmo y Luis Vives.

Pero si todo nace, todo tiene un final. La Reina tiene 53 años y después de 30 de reinado, víctima de los sufrimientos por la muerte de sus hijos. Acababa la Reina de Castilla, la soberana más importante, no sólo de su trono sino del continente, la que más ofreció al mundo y la que creó el germen de un gran imperio en el que la Cruz será la razón y el sentido. Ella, sin embargo, apenas salió del horizonte de su amada Castilla, Madrigal, Arévalo, Segovia y Medina. Apenas todo cabe en un centenar de kilómetros, si exceptuamos Granada, lugar que eligió para su descanso sin tiempo.

El día 12 de Octubre de 1504, dictó la Reina a Gaspar de Gricio, su secretario, notario y hermano de su maestra y mejor amiga Beatriz Galindo, La Latina, (por encima de la Bobadilla que tantas desgracias trajo a Segovia) un testamento “tan ordenado y maravilloso, que casi divino, se puede decir”. En el inicia Ysabel su relato final: “enferma de mi cuerpo de la enfermedad que Dios me quiso dar, e sana e libre de mi entendimiento”, en Medina del Campo y en nueve hojas de pergamino, a las que se añadió otra de cubierta, que sirvió para cerrarlo y donde sobreescribieron y sellaron con sus propios sellos personales los siete testigos que concurrieron al otorgamiento. En Medina no estaba, en su final, la Reina en la fortaleza de la Mota sino que se encontraba en la Casa Real de la Plaza, donde en tiempo del rey Carlos quiso instalarse “El Peso” de la villa, con la protesta del Regidor Francisco Díaz del Mercado, quien objetaba: ”que no hay casa en toda Castilla a quien tanto acatamiento y respeto se deba, aunque por más no fuese de haber muerto en ella la muy alta e muy querida e muy poderosa y esclarecida Reina doña Ysabel”.

Allí mismo, en la Casa Real de la Plaza – de cuyo esclarecimiento he encontrado, en la biblioteca del Centro Segoviano de Madrid, un libro que describe con detalle y razona cómo Ysabel murió en ella y no en el Castillo de la Mota, en esa Casa, pues, y ante el mismo notario dictó un codicilio que fué firmado por cinco de los testigos del testamento, el día 23 de Noviembre de 1504, tan sólo tres días antes de su muerte.

En la última cláusula de su Testamento disponía: “Que este mi testamento original sea puesto en el Monasterio de Nª. Sª. Guadalupe, para que cada e cuanto fuese menester verlo originariamente, lo puedan allí hallar, y que antes que allí se lleve, se hagan dos traslados (copias) del signado del notario público, en manera que hagan fe; el uno de ellos se ponga en el Monasterio de Santa Isabel de la Alhambra de Granada, donde mi cuerpo ha de ser sepultado y el otro en la Iglesia catedral de Toledo, para que allí lo puedan ver todos los que de el se puedan aprovechar. En el se hace una encomendación del alma y pide misericordia, pide que se deposite su cuerpo en San Antonio el Real de Segovia y que allí descanse hasta que su esposo Don Fernando disponga, que finalmente sería la catedral de Granada. Hace señalación de lutos, exequias y limosnas y pago de deudas, entre otras cosas que se devuelva a Segovia lo que injustamente se había arrebatado. Se refería al Sexmo entregado en Tierras de Madrid a los marqueses de Moya, Andrés de Cabrera y su esposa la Bobadilla. Misas por su alma, dotación para casar doncellas, menesterosas y otras, pobres, que puedan entrar en religión. Dispone que sean vestidos doscientos pobres y redimidos otra cantidad igual de cautivos.

Su larga y acertada visión de las cosas se pone de manifiesto cuando testa diciendo que, aparte de lo ya dicho arriba, “se anulen mercedes no voluntariamente concedidas” y de manera especial la Villa de Moya y otros lugares anejos a dicho Marquesado, con la devolución a Segovia de lo usurpado. Que se devuelvan a Avila los lugares y vasallos que el rey Enrique IV había dado al Duque de Alba, que el Marquesado de Villena permanezca siempre en la Corona y Patrimonio Real y dispone que igualmente Gibraltar sea siempre de la Corona y Patrimonio de Castilla.

Instituye a la Princesa Doña Juana como heredera universal de todos los reinos, tierras y señoríos, debiendo, a la muerte de Ysabel, prestarle acatamiento como reina todos sus súbditos y al Príncipe Felipe como a su marido. Prohibe que ciertos cargos civiles se den a extranjeros. Idéntica prohibición manifiesta en lo que se refiere a cargos y beneficios eclesiásticos. Dispone que los beneficios que produzcan las Islas Canarias y los territorios e islas e Tierra firma del Mar Océano, sean para los reinos de Castilla y León.

Dispone que el Rey Católico deberá regir y gobernar los reinos y señoríos de la Princesa Doña Juana, cuando esta no pudiera hacerlo por ausencia u otros motivos, hasta que Don Carlos su hijo, cumpliera los veinte años. Dice textualmente :”en algún tiempo halla de ir o estar fuera de ellos (Doña Juana), o estando en ellos no quiera o no pueda entender en la gobernación de ellos, e para cuando lo tal acaeciese, es razón que se dé orden para que haya de quedar o quede la gobernación dellos de manera que sean bien regidos e gobernados en paz, e la justicia administrada como debe”. Recomienda a sus hijos la protección de la fe católica, el favor de la Santa Inquisición, la prosecución de la conquista de África, y la guarda de todos los privilegios y mercedes concedidos por ella y sus antecesores. No olvida la obligación de cuidar a sus súbditos de las nuevas tierras de la mar oceana, como hombres libres que son y cuya fe católica, por convencimiento ha de llegar a ellos.

Es el 26 de Noviembre de un día frío en la meseta de Castilla, la nieve ha vestido de blanco el duro suelo de una tierra a la que se dedicó con empeño y amor. Son las doce del día. Sólo el brillo de la nieve purificadora entra por el ventanal de la Casa de la Plaza, allí humildemente, serenamente, sosegadamente entregó su alma a Dios, implorando misericordia y perdón. La amortajaron con un humilde habito franciscano, como dispuso elle misma, en una sepultura baxa, que no tenga bulto alguno, salvo una losa baxa en el suelo llana, con letras esculpidas en ella” Así de humilde se fue la más grande reina que tuvo Castilla, la que hizo España.

(*) Miembro de la Real Academia de San Quirce.