Expulsión de los judíos de España (año de 1492). Emilio Sala. A la derecha, Torquemada.

Rendida Granada los reyes prestan atención a una vieja institución llamada Santo Oficio, que ya existía desde varios siglos antes. Lo que aquellos soberanos planearon fue dar unidad a lo que estaba disperso y, con carácter local, someterlo a las normas jurídicas, primero de Castilla y de Aragón después. En realidad lo que hacia aquella institución era simplemente ilustrar a la justicia civil sobre los casos de herejía, que las leyes ya castigaban desde mucho antes con pena de muerte, que precisamente ejecutaban los jueces civiles, en ningún caso la jurisdicción religiosa.

Sin entrar ahora en hacer valoraciones de lo que eran aquellos tribunales, si que hemos de advertir que el Santo oficio fue sumamente calumniado y temido en todo tiempo de su vigencia, sobre todo desde la Reforma, por los países afectos a ella, con el fin de desacreditar a España, pero olvidando intencionada y arteramente, que el Santo Oficio, o Inquisición, existía también, antes que en España en las demás naciones europeas y que, además, el tribunal español, junto con el portugués fueron siempre más benévolos que en el resto de Europa.

Por otro lado, la ignorancia del tema ha llevado a errar y manifestar increíbles falsedades, que se propagan con ánimo de herir más que con el deseo de conocer la verdad histórica. Así no se oye, o no interesa que se diga, que sus tribunales eran más benignos que los tribunales ordinarios, hasta el punto de que muchos reos por otros delitos ordinarios se hacían reos de la Inquisición, por ser sus cárceles más limpias y ventiladas y, sobre todo, porque sus jueces eran más benignos y humanos que los tribunales ordinarios. y, en todo caso, no hay que buscar el mal en la actuación del tribunal del Santo Oficio, sino en las leyes, que considerando delito penable la herejía, fueron los causantes de su establecimiento.

Ahora bien, en la practica la Inquisición estaba dirigida contra los judíos, como antes lo habían sido y lo siguieron siendo en Inglaterra, Alemania y Francia. Portugal se inicia en el mismo momento que Castilla. Los judíos no eran especialmente mal vistos en la Corte española donde algunos, entre ellos segovianos poderosos y distinguidos, ocupaban puestos muy relevantes y, en muchos casos, tenían encomendadas la actuaciones más importantes para el mantenimiento de los ejércitos y los suministros. Los judíos eran ciertamente muy odiados, profundamente odiados por los pueblos cristianos de la época. Ese mal entendimiento se acrecentó contra los cristianos nuevos o marranos, que no eran sino los judíos convertidos y que gozaban de la protección de la Corona. La envidia de la plebe contra los judíos era manifiesta, entre otras cosas por la ocupación preponderante al servicio de los reyes, dada su mayor formación y fortuna.

Por otra parte los judíos no eran conformistas y se enfrentaban con los pueblos en su afán de acaparamiento, ocasionando muchas veces la subida de los precios de los mantenimientos y de otros artículos necesarios que monopolizaban de una u otra manera. Ello contribuía a enconar los ánimos de la plebe y, unido al fanatismo religiosos, traía la secuela de los saqueos y matanzas en las juderías. Los reyes, incapaces de evitar los vandalismos y las algaradas de religión -sólo en Sevilla, en 1391 habían muerto miles de judíos en una de ellas- dieron paso a la Inquisición, no sin resistencia y tristeza por parte de Ysabel, a quien toda crueldad repugnaba, intentaron reducir las diferencias con los judíos por la persuasión, criterio que compartía el, influyente en todo, Cardenal Mendoza, a la sazón precisamente arzobispo de Sevilla.

Pero las ordenes religiosas y, sobretodo, el fanatismo de los cristianos viejos no creían en la eficacia de esos procedimientos, al fin y al cabo eran los que más cerca de todos los judíos vivían, y rogaron a los Reyes el restablecimiento de la Inquisición antigua y, el 17 de Septiembre de 1480, nombraron los primeros inquisidores: Fray Miguel Morillo y Fray Juan de San Martín, ambos dominicos con lo que se inició la preponderancia de esta orden en el desempeño inquisitorial. Ambos recibieron la autorización para establecer en Sevilla el Santo Tribunal, por ser ésta la ciudad de la Corona de Castilla en que más preponderancia tenían los cristianos nuevos, como consecuencia del ya dicho amplio censo de ellos.

Estos cristianos nuevos, o judíos conversos, estallaron en cólera y quisieron sublevar a la ciudad, sublevación que fue reprimida con energía, al igual que ocurriera en Toledo, y sobre todo en el reino de Aragón, donde hasta el arzobispo hubo de recorrer las calles pidiendo paz. Hubo autos de fe, con su cortejo de sanbenitos (sacos benditos) y penitencias y los autores de los crímenes, que se extendían por España, fueron duramente castigados, junto con sus cómplices.

Finalmente se nombró un Inquisidor General, centralizándose la institución. Fue designado Fray Tomás de Torquemada, de nuestro convento de Santa Cruz la Real, hombre cultismo y equitativo al que la historia ha maltratado por la ignorancia calculada de su obra. Pero el odio popular seguía sin darse por satisfecho, mientras se propalaban mil historias sobre profanaciones y martirios a cristianos, sobre todo niños, por judíos y conversos. De aquí viene el nombre del Río Matajudios en nuestra tierra.

Muchas veces eran leyendas, otras respondían a actos de revancha real, pero en todo caso el pueblo crédulo y mal dispuesto contra los hebreos se iba incrementando. La desconfianza y el recelo crecían en los reinos, a pesar de que los reyes amenazaron con severas penas a cuantos cristianos maltratasen a los judíos en sus persona o en sus haciendas. Isabel y Fernando perdieron la esperanza de que la Inquisición aplacaría el enfrentamiento popular contra los judíos. Es el caso que se vieron obligados, por el bien de los reinos, a firmar el celebre decreto de expulsión de 31 de Marzo de 1492, ordenando que todos los judíos no bautizados salieran de sus reinos en un plazo de cuatro meses, permitiéndoles en ese tiempo realizar todos sus bienes.

Lo que no cabe duda, y la historia nos enseña la verdad del hecho, es que fue necesario, para evitar males mayores, como eran los saqueos y los horrores que se veían venir, como los vividos en la aljama de Toledo y en Barcelona, cuando fueron arrasados por los cristianos. En todo caso, si los reyes pensaron que sería pequeño el numero de los que por no abjurar de su sionismo se resignarían a desterrarse de una patria en la que llevaban siglos, se equivocaron. Los judíos españoles demostraron más entereza de la que de ellos se esperaba, pero si se ausentaron por un decreto real, es la verdad y ahora lo reconocen ellos mismos, que las circunstancias de su marcha fue distinta de la voluntad real. En todo caso el objetivo estaba claro, pues no tenía sentido vencer con grandes sacrificios y expulsar al Islam, para cristianizar el reino y continuar tolerando prácticas religiosas ajenas a la obediencia del Papado.

Sin merma de atención a tantos avatares de los reinos, Ysabel se embarca, nunca mejor dicho, en una nueva inquietud que culminará en la proeza castellana que hará posible que en sus dominios no se ponga el sol. El descubrimiento de América será la consecuencia de la fe de una reina en una loca empresa de incierto final. La influencia de la reina en el descubrimiento de América fue mucho más honda y conmovedora de lo que se piensa, y a esta etapa y circunstancia de su vida hay que despojarla de efectismos y de leyendas excesivamente románticas que se le atribuyen y que nada tienen que ver con la realidad de una visión pragmática y realista de Ysabel.

Ciertamente hubo dudas iniciales, más por la guerra que los reyes mantenían que por otra causa cualquiera, pero cuando Ysabel puede pensar reposadamente en ello, inspirada por el monje jerónimo Fray Hernando de Talavera, se decide con entusiasmo a la realización de la empresa, que ni se sabía bien a donde llegaría, ni cual sería su resultado para un reino que bastante tenía con sanearse a sí mismo. La propia Ysabel llama a Colón el campamento de Granada en octubre de 1491 y hace examinar los planes del marino, con la presencia misma del navegante y de la Reina.

La empresa se llevaría a cabo por la corona de Castilla, el reino de Aragón facilitaría dinero, pero en préstamo y con garantías de Castilla, pues Fernando no quería arriesgar en aventuras los haberes de su reino privativo. Y ello porque Fernando, entre otras cosas estaba molesto por las exigencias de Colón, que entonces era un don nadie pero planteaba unos derechos a perpetuidad que significaban el establecimiento de un estado dentro de otro que emergía como el más poderoso y avanzado de la Europa alumbrando a la modernidad. Pero si Fernando fue claramente opuesto y manifestó una frialdad que apagaba otros entusiasmos, no fue así por Ysabel que no empeñó sus joyas, como se ha dicho en claro desconocimiento de la Historia, pues ya las tenía empeñadas para hacer frente a los gastos de la guerra contra el moro. Hizo algo mucho más por la fé de su Dios y por la España que se expandía: cedió a muchas de las condiciones leoninas y judaicas de un desconocido. Ysabel dispuso para la empresa excelentes buques, de los mejores de entonces, y a su mando puso marinos experimentados de los mejores de su reino, Cántabros, vacos, andaluces, los mejores marinos de Castilla, como lo prueban sus nombres Juan de la Cosa, Martín, Bermudo, Vicente y Francisco Martín Alonso Pinzón, que demostraron ser expertos no sólo en este viaje inicial, sino que navegando luego por su cuenta hicieron descubrimientos de importancia.

Colón fue recibido por los Reyes en Barcelona, después del descubrimiento, y la fina sensibilidad de Ysabel acertó en dos cosas fundamentales: una, que confirmaron todos los títulos previos que a Colón se habían dado, aunque éste había demostrado su escasa capacidad náutica y dos, que a través de los relatos de los descubridores, aquellas tierras que tan fértiles eran, tenían su oro en el cultivo de las mismas. Y esto no es hablar por hablar: en el segundo viaje le agregó un buen cartógrafo, Fray Antonio de Marchena ordenando a Juan de la Cosa que levantara el mapa de las tierras conquistadas, precaución elemental que Colón, aunque parezca mentira, olvidó realizar.
______
(*) Miembro de la Real Academia de San Quirce.