Fernando de Aragon e Isabel de Castilla
Fernando de Aragon e Isabel de Castilla

En esa misma ciudad de Segovia, y al día siguiente de la muerte de su hermano, se alzó, frente a la Iglesia de San Miguel, el estrado en que el Concejo hizo reina de Castilla a Ysabel. Tiene la Princesa 23 años y se hace acompañar, anticipándose en brioso corcel, de Don Gutierre de Cárdenas con la espada desnuda, sujetándola por el filo y la punta, como símbolo del cumplimiento de las leyes del reino, es decir del poder que se manifiesta así de crudamente ante los ojos de los segovianos, de los nobles y de todos los estamentos de Castilla. Aquí empieza, de verdad, a mostrarse su enorme personalidad, su capacidad persuasiva, su favorecimiento por los modestos y más necesitados de protección, su férrea mano para sujetar ambiciones y desmanes de nobles y gentes levantiscas que tenían a Castilla sumida en la ruina y la guerra. Por eso los primeros años de su reinado los dedica a ‘poner orden en casa’. El acto de la proclamación puso en evidencia su ingenio, su energía y su habilidad política. El pueblo vio en ella a una soberana que venía a sacarlos de la incertidumbre y de las largas penalidades de la guerra civil. En cambio, sus poderosos enemigos sabían que solo les quedaba el papel de la protesta ante el hecho consumado. Ella creía tener pleno derecho a la corona y procedía a ello con implacable eficacia.

Guerra de Sucesión, la corona y el Tanto Monta. Fernando estaba en Aragón y no pudo llegar hasta días después, el 2 de enero de 1475. Los segovianos le frenaron en la Puerta de San Martín y le exigieron, al igual que a Ysabel, jurar sus fueros para, luego, ser proclamado rey en el mismo lugar que la reina lo fuera y con el mismo ceremonial. Pero ello no fue bastante para que dejasen de soplar en la Corte los aires infectos que generaban nobles y cortesanos. El nuevo rey amenazó con irse a su tierra, entre otras cosas, que olvidamos con frecuencia, por entender, susurrado por los intrigantes, que el trono le correspondía a él, dado que Enrique había muerto sin sucesión masculina y que le correspondía la herencia a la Casa de Aragón, segundona de la de Castilla. Al menos esta tesis era manifestada, sostenida y defendida por un jurista aragonés: Alfonso de la Caballería. Tanto se agriaron los ánimos que Fernando quiso dejar a su esposa y volver a su Aragón natal. Pero Ysabel, dando una muestra más de su perspicacia y de la diplomacia de la que sería maestra en todo su reinado, le propuso un arbitraje de hombres buenos. Eran estos el Cardenal Mendoza y el Arzobispo Alonso Carrillo, ambos más inclinados al Monarca que a la Reina.

Se efectuó la vista en el salón del trono del Alcázar segoviano y tales fueron los argumentos del inteligente Mendoza que hicieron tambalear muchos asertos de Alfonso de la Caballería. Se dictó el Laudo: En adelante los nombres de la Reina y del Rey figurarían en todos los documentos, en las monedas de sus dominios, en los sellos de documentos y pragmáticas, precediendo el nombre de Fernando al de Isabel; por contra, las armas de Castilla y de León precederían a los escudos de Aragón y de Sicilia, los homenajes de las fortalezas de Castilla seguirían haciéndose a la reina, como hasta entonces, las rentas de los estados de la Reina, una vez cubiertos todos los gastos, serían comunes a ambos esposos, e igualmente las de las tierras del rey. Se fraguaba, pues, un único reino. No gustó mucho el fallo a los de Aragón y ello motivó que Fernando insistiera en marcharse a Aragón, pero Ysabel le contuvo con un inteligente argumento: ambos tenían muchos primos, pero una sola hija, la Princesa Isabel que había nacido en Dueñas en 1470, fallar el pleito a favor de Fernando equivalía a desposeer a su hija de la Corona y así, en una pugna de cortesías, que siempre caracterizó a los dos, ambos daban preferencia a la opinión del otro: ‘tanto monta’, lo mismo daba, todo era de los dos. Así nació el mote que Nebrija pareó, y que toda España repetía como propia aceptación: “Tanto Monta, Monta Tanto, Ysabel como Fernando”. Y en piedra está grabado en el convento de Santa Cruz la Real de Segovia.

Comenzaba con serenidad una tarea ingente, Había que pacificar almas y ánimos, era preciso lograr la pacificación de los reinos. Y someter las luchas feudales. Castilla estaba plagada de banderías fruto de la desordenada y blanda gestión de Enrique IV. Todo era motivo de desquiciamiento del Estado y a ello había que unir las guerras con otros países, sobre todo con Portugal y con Francia. Ello da idea de la anarquía y la desolación que hubieron de afrontar Ysabel y Fernando cuando inician una soberanía que había de cambiar el mundo conocido y el que estaba punto de ser abierto.

Por todas partes había ambición desmedida, falta de escrúpulos que permitía la usurpación de unos a otros y de todos a la corona. Los más modestos imitaban a los superiores y se armaban en bandas de forajidos, de tal manera que Castilla era insegura y la escasez alentaba el hambre. Cinco años después, y por la inteligencia, la energía y las dotes diplomáticas de Ysabel y un no pequeño aporte de Fernando, aquellos nobles feudales y anárquicos serían luego los héroes de Granada, como el Marqués de Cádiz, el Duque de Medinasidonia, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Conde de Cabra….

Los castillos y sus señores eran, más que escudo, cuchillo para los pueblos de su entorno: el alcaide de Castronuño saqueaba sistemáticamente la tierra de Campos, el señor de Cubillos llegó a desafiar al rey Fernando por no devolver un halcón del Rey Católico, que había sido abatido dentro de sus muros. Los Fonseca, los mismos dueños del Castillo de Coca, dominaban la Mota de Medina y poco faltó para que el pueblo destruyera la fortaleza y bien sabido es el acontecimiento de Fuenteovejuna, inmortalizado por Lope de Vega tiempo después, al cargarse el pueblo entero al comendador de Calatrava. Y tales desmanes se reproducían en Galicia, en Extremadura, en los Montes de Toledo… y, como dice un autor tan fiable e ingenioso como Hernando del Pulgar “no hay más Castilla, si no, más guerra habría”.

Ysabel, consciente de aquel deterioro vino a poner de nuevo remedio con su clara inteligencia y su decidida energía. Reorganizó un germen de cuerpo de protección que con carácter local había en tierras de Toledo y Ciudad Real y que servía para proteger a los agricultores y colmeneros de aquellas tierras. Ysabel le dio principios nuevos y se garantizó una absoluta adhesión a la Corona. Una prueba más de la inteligencia de los reyes fue encomendar al hermano de Fernando, Don Alfonso de Aragón, la jefatura de aquella tropa que ellos dotaron de los primeros dos mil hombres a caballo. Además se impuso un gravamen para que los pueblos, por cada cien vecinos, mantuvieran un jinete y un corcel. Ciertamente, las leyes de la Hermandad no eran blandas, pero cierto es también que los tiempos no consentían otra cosa y que el fin de la pacificación era lo que justificaba aquella decisión.

A fuerza de justicia se fue acabando con los bandoleros y los caminos empezaban a ser seguros. La paz renacía. Para lograrlo, Ysabel hacía justicia a través de los jueces, a los que pedía que los acusados fueran justamente atendidos en sus razones y atendidos como cristianos y, no contenta con ello, pero sin dar muestra de debilidad ante los desafueros y faltas, ella misma hacía cumplir la ley por igual a todos y presidía cada viernes el Tribunal, en las puertas del palacio, y allí oía las quejas de todos, sin hacer distingos. Sí acabó con bandos y rencillas, obligó a la restitución de bienes usurpados y con escarmientos en gentes de pro, que vieron que con la reina no podían conducirse con igual desenfado e indolencia e incluso injusticia y abuso, como era usual hacerlo en el reinado de su hermano Enrique. Ysabel convenció a bajos y a altos, a gentes de pro y mendigos asaltadores de caminos de que en el futuro había que andar derecho.

Arreglada aquella desazón se volvió a la carga hacia el Reino de Granada aún ocupado por la morisma. Anticipemos que en este trance hay que conceder por igual el mérito de la Conquista a ambos monarcas, pues si Ysabel sabía que era un deseo viejo de la Corona de Castilla, Fernando siempre supo que la conquista final de Granada, con lo que ello significaba, sería tener la puerta abierta para que la fortaleza del reino de Castilla estuviera abierta para la ayuda que necesitaba Aragón frente al rey francés. Por ello, vehemente pero hábil y decidido, había dicho el Rey Católico; “Yo arrancaré los granos de esa granada uno a uno”; y lo cumplió ciertamente, mandando en persona muchas veces el ejercito de cristianos. Y tal maña se dio en su astucia que, por no tener ociosa a la tropa y para aislar aún más la perla de Granada, ordenó talar toda la vega, aumentando la distancia y evitando las sorpresas de los no menos astutos moros que ya lloraban por las ciudades perdidas, como la propia Alhama, vestíbulo ya de la Alhambra:

Habéis de saber, amigos,
una nueva desdichada:
que cristianos de braveza
ya nos han ganado Alhama
“Ay de mi Alhama”

La guerra de Granada fue una larga lucha de gestas de valientes por ambos bandos, una clara decisión de los reyes cristianos y un dubitativo enfrentamiento entre los reyes moros que se azuzaron más aún por la inteligente política de Ysabel y Fernando, decididos a terminar con ‘la media luna’ en las tierras de España. Nombres de epopeya son Vélez, Loja, Antequera, Baza y… Granada. Pero dejemos de lado las bellas historias de una lucha por otro lado feroz, en las que se recuerdan los nombres de Zoraya, El Zagal, Muley Hacen, Boaddil y se cierran con los nombres de Ysabel y Fernando a quienes cupo la gloria de terminar ocho siglos de ocupación extraña, que al final se convirtió en parte importante de nuestra cultura y de nuestro pueblo, asimilado al arte de los mudéjares, que como dice el Marqués de Lozoya, es el más español de los géneros del Arte.


Antonio Horcajo, de la Real Academia de San Quirce