Retrato de Isabel la Católica de Juan de Flandes.
Retrato de Isabel la Católica de Juan de Flandes.

En los llanos mesetarios de Castilla La Vieja, de riguroso clima, se alza Madrigal de las Altas Torres. Allí, el 22 de abril de 1451 día de Jueves Santo, nace Ysabel la hija de Juan II y de Isabel de Portugal. Aquí arranca la vida de una de las más claras y esforzadas mujeres de la Historia.

Solo tres años después muere su padre, aquel rey Juan que inicia la espléndida torre del homenaje en el Alcázar de Segovia, fortaleza que tan grande importancia habría de tener en la vida de la gran Reina. Pero es lo cierto, que aquella niña tendría una infancia no muy afortunada, pues recluida habría de vivir en Madrigal con su madre y su hermano menor Alfonso, al que siempre estuvo unida en especial afecto.

Vivían pobremente en un caserón destartalado y por la incuria de su hermano Enrique IV, hermanastro dado que Juan II tuvo a sus tres hijos de dos matrimonios diferentes, llegó a faltarles casi lo necesario.

La situación anímica de su madre, donde podemos ver, acaso, el origen de la melancolía de Juana, la propia hija de Isabel, nos permite ver a una niña en una infancia no muy alegre. Es esta circunstancia la primera gran experiencia en que se basa su formación espiritual y su carácter. Conoce desde muy niña las dificultades del trato humano, la necesidad perentoria de administrar la escasez, el cuidado a su hermanillo, como luego hará con exquisita dedicación en la educación esmeradísima de sus hijos. Es por esta formación ascética y llena de privaciones lo que la permite enfrentarse con fuertísima razón moral, a la licenciosa vida de la corte de su hermano Enrique.

Su fe arraigada, su recto y sólido carácter serán desde entonces basamento de su personalidad y eje en el que giran todas sus decisiones posteriores.

Enrique casa, en segundas nupcias, con Juana, hermana de Alfonso V de Portugal, puede que una de las más bellas y elegantes mujeres de su tiempo. Con el tiempo esta reina tuvo una hija, a la que pusieron el nombre de Juana y de la que Ysabel fué la madrina. Esta, luego desventurada, será conocida en la Historia como La Beltraneja.

Porque si ciertamente en la corte de Enrique mandaban más que el Rey, la frivolidad y en su nombre los ambiciosos favoritos marqués de Villena o Don Beltrán de la Cueva, se alza la fortaleza de criterio de Ysabel, con una superioridad moral asombrosa sobre cuanto y cuantos la rodean. Una situación que debe llamarnos la atención poderosamente es que, a los 17 años, cuando muere su hermano menor y confidente Alfonso, tiene un esquema mental y real clarísimo sobre el mundo que la rodea y la necesidad imperiosa y enérgica de sanearlo. A ello dedicó sus mejores afanes y la entereza que caracterizó su vida.

Aquella Juana la Beltraneja quiso el rey Enrique que fuera jurada como heredera del reino de Castilla, a lo que los nobles se negaron alegando que era hija de Don Beltrán, a la par que los nobles proclamaron príncipe heredero, y luego Rey en Avila, al infante Alfonso, con lo que la guerra civil estalló para detrimento de Castilla y que sólo termino con la muerte, a los catorce años de aquel infante tiernamente querido por su hermana Ysabel. Ella, que estaba a su lado, se retiró entonces al monasterio de Santa Ana, en Ávila también. y allí fueron los nobles a ofrecer a Ysabel el trono. Corona que Ysabel rechazó a la vez que rogaba a los poderosos que volvieran a la obediencia al Rey legítimo, quien agradecido, la reconoció como heredera del Reino, mediante el Pacto celebrado en los llamados Toros de Guisando.

Son estos parámetros de juiciosas decisiones, los que la llevan a contraer, casi a hurtadillas, matrimonio con el aragonés Don Fernando, ya a la sazón Rey de Sicilia, y heredero de los reinos del levante español que garantizaban el predominio ibérico del Mediterráneo, entonces el espacio más importante para el desarrollo de la cultura y el poder real, y como frente para el atosigamiento al Islam, con lo que ello significaba.

Pero antes de aquella boda con el inteligente y acaso el más hábil político de su tiempo, Don Fernando de Aragón, hubo Ysabel de enfrentarse a proyectos de bodas que ella rechazó sistemáticamente, con inteligencia y tacto hasta donde fué posible y con enérgica postura cuando ello muy imprescindible. Primero quisieron casarla con Carlos, príncipe de Viana, más tarde con Alfonso de Portugal ya viudo y con más de veinte años mayor que ella. Para oponerse a esta boda no deseada jugó su baza con habilidad: se apoyó en las leyes de Castilla, que conocía en profundidad, alegando que las infantas, para contraer matrimonio necesitaban el beneplácito de los nobles del reino, y ella bien sabía que por la división de estos sería imposible de alcanzar en esos momentos. Aun hubo otra tentativa de matrimonio, esta vez impuesta con Don Pedro Girón, maestre de Calatrava y hermano del urdidor Marqués de Villena. Dice el historiador Santa Marina que el tal don Pedro “era un pájaro de cuente, libertino y depravado, y dueño, además de grandes riquezas. En una de las treguas de la guerra que asolaba Castilla, con la anuencia de Enrique IV y buen numero de lanzas y dinero, partió de Almagro para casar con Ysabel de grado o por la fuerza. Cuando esta se enteró, pasó los días en oración y ayuno pidiendo a Dios la muerte de Maestre de Calatrava o la suya, para que así no pudiera celebrarse la boda. Y Dios oyó sus plegarias: Don Pedro, en medio de una cabalgada, murió de un mal repentino en Villarubiia de los Ojos, blasfemando porque no se le daban cuarenta días más de vida.

Finalmente Don Fernando de Aragón, algo menos de un año más joven que ella, casó con Ysabel. Era Fernando un joven lleno de alegría, bien parecido, gallardo, astuto, inteligente, tenaz y bien formado para la guerra. Era, como se decía “el mejor mozo de España” y por los pueblos se cantaba aquello de:

“Flores de Aragón
dentro de Castilla son”

Es, desde el 19 de octubre 1469, Fernando esposo de Isabel, con quien casó en Valladolid, donde vivía en casa de Juan de Vivero, cuya esposa era sobrina del ambicioso y voluble Arzobispo Carrillo, que por entonces favorecía los planes de Ysabel, con la esperanza oculta de que luego sería dueño de su voluntad para gobernar el reino. Pasemos por la tradición histórica de Fernando disfrazado de arriero para llegar a Valladolid.

Pero los enemigos de Ysabel urdieron ante Enrique, por cuanto querían sacar tajada de la descompuesta situación, especialmente el de Villena, que volvió a convencer al Rey para que anulara el Pacto de Guisando, pues su hermana se había casado sin su consentimiento. Enrique Iv, voluble y ya sin ganas de nada volvió a reconocer a La Beltraneja. Sólo la sagacidad de Isabel y Fernando, y el talante conciliador de la Princesa, evitaron una abierta ruptura, cuya brasa removían los nobles a quienes Ysabel ya iba cogiendo la medida, como luego se vería al serenar el Reino.

Es aquella habilidad de Ysabel lo que consiguió la avenencia con su hermano, ya que Ysabel le aseguró que le seguiría tratando como lo que era y nunca le discutiría en vida: su condición de Rey. Tras muchas idas y vueltas hubo, finalmente, una entrevista de ambos en Segovia, entrevista cordialísima y en la que el Rey, apeándose de su caballo en la Puerta de San Martín, hizo subir en el caballo a su hermana y cogiendo la rienda con su mano llegó así hasta el Alcázar, mientras en todo el recorrido el pueblo segoviano ovacionaba a su monarca y a la que luego haría Reina.

Hubo entonces atenciones de uno a otra y de otra a uno y Enrique, manifestó su deseo de conocer a su cuñado, que esperaba en el castillo de Turégano, al amparo del inteligente obispo Juan Arias Dávila. Acudió a Segovia el de Aragón y después de un almuerzo en el Alcázar, sintiose mal el Rey Enrique después de la cena y fué preciso llevarle a su palacio. Allí curó pronto, pero su salud, desde entonces se resintió con frecuencia. Y después del sitio de Fuentidueña, fruto de las endémicas banderías de su reinado, se vio nuevamente maltrecho. Creyendo que en los montes de su casa de los bosques del Pardo se sentiría mejor, allí acudió. Después de una jornada de caza en aquellos montes llegó al alcázar de Madrid fatigado y seriamente enfermo. Dos días después, en el amanecer del día 12 de diciembre de 1474 moría aquel Rey de voluntad voluble que, no obstante, tanto amó y fue amado de Segovia.