Palacio Quintanar Expo Marta Troya Trama Sin Tejedora KAM3135
Un espectador contempla una de las obras que Marta Troya expone en el Palacio de Quintanar desde el pasado viernes, 22 de abril. / Kamarero

Marta Troya (Segovia, 1995) vuelve a los orígenes y eleva la artesanía a la categoría de arte. En su universo creativo desaparece el límite que separa ambas actividades, pues hace de la producción artística una práctica artesanal desligada de toda utilidad material, pero encaminada hacia una búsqueda espiritual.

Esta semana ha inaugurado en el Palacio de Quintanar, centro de la Consejería de Cultura y Turismo de Castilla y León, la muestra ‘Una trama sin tejedora’.

Troya, afincada en Málaga, teje tapices de distintos tamaños en los que introduce piezas de cerámica y coral que modela; pinta con los dedos en papeles que ella misma hace; dibuja la silueta de su cuerpo sobre un lienzo que previamente ha urdido y en el que cose hojas y sueños. Hace del trabajo artesano textil una verdadera obra artística.

La artesanía y el arte nacen de las mismas manos, aunque proyecten un distinto fin. Si la artesanía busca la utilidad de los objetos por encima de su estética, el arte, en cambio, deja a un lado el uso para aspirar a la belleza.

De ahí que este último adquiera un aire altivo de tarea noble, frente a la humilde artesanía que vive bajo el yugo de lo práctico.

En ambos casos, se trata de una creación humana y hay que recordar que comparten un origen común, pues el término latino ‘ars’ —origen etimológico de ‘arte’ y traducción griega de ‘techné’— designaba la habilidad humana de fabricar objetos, conforme a unas reglas, por lo que abarcaba tanto a las actuales bellas artes, como a la artesanía. Significaba la habilidad, el talento y la destreza con las manos. La obra de Marta Troya une estas dos producciones humanas, elevando la artesanía a la categoría de arte.

La investigación de la artista segoviana por los procesos tradicionales de la artesanía textil comenzó desde sus primeros años de formación artística en Kingston University London (2013-2016). Fruto de este interés estuvo en 2014 seis meses como artista residente en la Academia Central de Arte de Pekín, donde estudió escultura en arte textil, y en 2015 repitió la experiencia en Tasara: Centro de Tejido Creativo en Calcuta (India), conviviendo durante dos meses con tejedores de telares que la enseñaron técnicas tradicionales de tejeduría con diferentes tejidos.

Troya se inscribe, pues, en una importante nómina de artistas que han hecho del trabajo con los hilos y las telas la materia prima de su expresividad creativa. Al nombre de Louise Bourgeois se podrían sumar los de Joana Vasconcelos, Franjse Gimbrère, Pia Camil, Heidi Friesen, Janet Echelman, GoshkaMacuga y, sobre todo, Sheila Hicks y Kiki Smith, en quienes la artista se inspira, aunque se distancia de sus reivindicaciones feministas para centrarse más en la dimensión curativa de la actividad creadora.

El trabajo manual que implica el arte textil tiene para ella un carácter terapéutico, por cuanto el cuerpo se involucra en el proceso creativo y se acompasa y calma con la lentitud del tiempo creador. El ritmo pausado que marca el trabajo en un telar o el bordado libera emociones, aquieta el alma y purifica los pensamientos. El arte, por ello, es autosanación, cura, redención. Es arte que sana (arte-sana). Pero, además, lo es en un segundo sentido, ya que la artista segoviana recubre el propio acto creativo con textiles de una cierta sacralidad que lo eleva a la categoría de rito, mediante el cual propone liturgias para alejar los males que afligen a sus seres queridos o a ella misma.

No en vano, su estancia en la India, aprendiendo las técnicas tradicionales de tejeduría, la permitió descubrir el poder curativo y espiritual que otorgaban las antiguas culturas asiáticas a determinados prendas teñidas con símbolos y colores destinados a atraer la buena suerte. Algunas de estas prendas eran utilizadas para hacer cultos religiosos.

Al hilo de estas mismas tradiciones, Marta Troya prepara pequeños altares recubiertos de telas donde metafóricamente realiza ofrendas con piezas de cerámica de diferentes partes del cuerpo, a modo de amuletos que tienen la propiedad de salvar y proteger.

En algunas de sus obras pueden verse frases bordadas que invitan a soltar toda rémora que nos es dañina. En otras, sin embargo, las palabras pespunteadas en el lino se emplean para llevar a cabo una acción de gracias que bendiga y celebre la energía vital que siempre aporta el disfrute de la naturaleza. La obra de Marta Troya es celebración, culto y ofrenda.

En su proceso artístico hay siempre un contacto directo del cuerpo con la materia. Cada material que emplea tiene su propio tono discursivo, pero, sobre todo, su propia temperatura emocional, ya sea tela, lana, cabello, papel, hilo, látex. Este inventario de materiales genera diversos acercamientos al problema de la corporalidad que nos plantea y marca la narración autobiográfica de su propia sanación presente en sus obras.

Hay una implicación emocional en su desarrollo artístico que teje la vida con el arte. De ahí que en algunos de sus cuadros las figuras aparezcan recubiertas de látex como elemento simbólico de la piel, pues el arte, para Troya, es, ante todo, relato personal del propio viaje interior, donde las distintas vivencias van quedando grabadas en las diferentes capas de la piel, a modo de tatuajes. La piel es esa membrana que recubre nuestra individualidad y es materia porosa, abierta a múltiples experiencias. Es aquello que delimita el adentro con el afuera y funciona como un tamiz de emociones. Crear es ir quintándose capas de piel, ir desnudándose y, al mismo tiempo, renovándose, ir desechando y liberándose de nuestras partes muertas, de nuestros despojos. Su cuerpo, por tanto, se involucra en el proceso creativo y nos da cuenta de sus cambiantes estados anímicos.

La mano constituye, pues, el símbolo por excelencia de su universo creativo; se erige en el médium que conecta a la artista con sus creaciones y que pone en sintonía su corazón con el corazón del mundo. No en vano la mano es el símbolo del cuidado, del poder curativo, de la caricia, del dispensario del amor, como explícitamente se ve en la pieza titulada ‘Manos que tejen son manos que sanan’ o en esa otra, ‘El universo dentro de mi mano’.

Mientras anuda sus hilos se anuda con los hilos que van trenzando el mundo. De ahí el título de la exposición, ‘Una trama sin tejedora’, inspirado en el libro de medicina china de Ted J. Kaptchuk, titulado ‘The Web That Has No Weaver’ (‘Una trama sin tejedor’). La urdimbre que sale de las manos de Marta Troya es parte de esa otra trama universal, donde la tejedora desaparece para ser parte del Todo.

La exposición puede visitarse en el Palacio de Quintanar (calle de San Agustín) de miércoles a sábado de 11,00 a 14,00 horas y de 17,00 a 21,00 horas, y los domingos, de 12,00 a 15,00 horas.