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Con motivo de la celebración del Día de Todos los Santos, cientos de segovianos llevan flores a sus difuntos en el Cementerio Municipal del Ángel de la Guarda. / KAMARERO

En países como México, la muerte “se celebra”: estos pasan a formar parte del más allá. No ocurre lo mismo en España. Segovia celebra hoy el Día de Todos los Santos y lo hace desde el recuerdo. “Es una cuestión de identidad cultural, aquí está más presente el dolor”, afirma la historiadora del arte e investigadora del patrimonio funerario, Mercedes Sanz de Andrés. Pero también hay quienes rememoran a los que ya no están con añoranza, e incluso con una sonrisa. Sea como fuere, en esta ocasión, el Cementerio Municipal del Ángel de la Guarda de Segovia espera una mayor afluencia de gente en comparación con el pasado año, cuando los segovianos tuvieron que adaptarse a las restricciones por la actual crisis sanitaria.

Este año, la festividad está marcado por una ‘normalidad’ que regresa de forma paulatina al camposanto, como consecuencia del descenso de los enterramientos (260 hasta el 17 de octubre), después de que en 2020 casi se duplicaran: de los 331 del año anterior, se pasó a 537, una cifra que muestra las terribles consecuencias de la pandemia en la capital.

El duelo es una readaptación a la nueva situación sin la presencia del fallecido. “La muerte es tan natural como la propia vida, aunque todos lo tenemos un poco relegado, sin enfrentarnos directamente a ello”, explica el psicólogo y vicedecano del Colegio de Psicología de Castilla y León, Jesús de Blas.

La muerte quizá sea uno de los acontecimientos más importantes y trascendentales de la vida. A lo largo de la historia, el tratamiento del cuerpo en las diferentes religiones ha ido adquiriendo un carácter sagrado. Todo el conocimiento de las antiguas civilizaciones se tiene gracias a la información que ha proporcionado el patrimonio funerario.

De igual forma, “la manera de manifestar el dolor y el amor por las personas queridas ha ido cambiando en el tiempo”, sostiene Sanz. En España, como heredera de la cultura griega y romana, la muerte, el dolor y el sentimiento “se manifiestan al exterior” en las lápidas, epitafios, tumbas… Cuando un ser querido fallece, la historiadora explica que “cuesta mucho” empezar a quererlos desde otro ámbito: el de la muerte. El arte es la vía que ha encontrado el ser humano para hablar del más allá y de los seres queridos, así como para “no olvidar”.

Un cementerio pionero

La provincia es pionera en el lenguaje arquitectónico de los camposantos; el Real Sitio de San Ildefonso acogió el primer cementerio extramuros (1783) construido en España. Segovia tiene una posición privilegiada en este sentido, dado que su cementerio, que data de 1821 (este año cumple 200 años), fue uno de los primeros que se construyeron en el siglo XIX.

Para conocer la historia de una comunidad, Sanz defiende que es fundamental acercarse a un cementerio. “Siempre se presta atención al lado de la vida, y la muerte suele pasar de puntillas, pero en los camposantos se puede rescatar la historia”, añade. Durante la pasada semana, la segoviana realizó visitas guiadas por los lugares históricos del cementerio de la capital, dentro del programa ‘Tiempo de ánimas’.

Fueron muchos los personajes ilustres que dejaron su huella en Segovia y eligieron su camposanto como morada eterna. Este es el caso de Ezequiel González, Agapito Marazuela, José Rodao o Julián María Otero.

Pese a ello, para buena parte de la población, este no deja de ser un lugar invadido por el dolor y el sufrimiento. Para la historiadora, los cementerios “son espacios sagrados, de superación del dolor en el que también hay mucho amor hacia los seres queridos”. El acercarse a un cementerio también supone una forma de reconocer “nuestra propia precariedad”.

Un lugar prohibido

La crisis sanitaria no solo ha marcado la vida, también la muerte. Durante los inicios de la pandemia, los camposantos se convirtieron en una especie de “lugar prohibido”, puesto que se privó del acompañamiento y despedida a los difuntos. “Hemos tenido que elaborar una forma completamente diferente de aceptar y afrontar la muerte”, sostiene Sanz.

Los rituales funerarios tienen una doble función; iniciar el proceso de readaptación y la despedida de la persona fallecida. En aquel momento, la despedida y, con ello, el proceso de readaptación no se pudo llevar a cabo. “La pérdida se hace todavía más dolorosa porque no se cumple parte de los objetivos de ese ritual”, manifiesta De Blas. En ese caso, se produce lo que se conoce como “un duelo complicado, que da lugar a patologías”, relata.

Desde hace más de un año, el contacto tan estrecho con la muerte hace que esta sea un tema “menos tabú” para muchos, lo que ha contribuido a su “normalización”, en palabras del vicedecano. “Estamos educados en una sociedad donde todo tiene que ser bueno, pero en el mundo también hay dolor”, declara Sanz, quien va más allá al considerar que, a su vez, es necesario “aprender a morir”.

Asimismo, lo que ha cambiado es el tratamiento del cuerpo. Tanto la inhumación como la incineración permiten tener el recuerdo de la persona que ha tenido una vida y que también ocupa un lugar en la muerte. Sanz señala que este cambio, en parte, se debe a “un problema de espacio” en los cementerios.

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