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Pérez ha hecho un disco con su hermana Luisa con canciones que compusieron refugiados españoles. / E.A.

De causalidad, cayó en sus manos un acordeón. En aquel momento tenía 17 años. Un amigo de sus padres lo dejó en casa durante unos días. Lo cogió “por curiosidad”. Le gustaba el sonido. Empezó a dar notas y a sacar canciones. Al principio lo hacía solo con la mano derecha. Luego con la izquierda. No sabía “para qué servían todos esos botones”. Cuando el amigo regresó a por el instrumento, se quedó impresionado con lo que Cuco Pérez sabía hacer. “Este chico tiene mucha facilidad para la música”, le dijo a su padre. Esa misma semana, lo llevó a Madrid. Le compró su primer acordeón, que todavía conserva. Aprendió la combinación perfecta entre las notas y la armonía. Desde entonces, ha acompañado a reconocidos músicos por distintos puntos de la geografía nacional e internacional.

Nunca antes había tenido contacto con un instrumento. Fue autodidacta. Cree que esto es lo que le diferencia de otros acordeonistas. No le resultó difícil aprender a tocarlo. “Tengo muy buen oído y, a base de probar y probar, fui sabiendo para qué servían los botones y la manera de utilizarlo”, explica. Una vez que lo descubrió, Pérez empezó a recibir llamadas de grupos y artistas. Querían que le acompañara. “La cosa fue rodada”, asegura. Su intención no era vivir de la música. Pero la vida le llevó a ello.

Una vez que acabó el instituto, pretendía estudiar Veterinaria. La música y el acordeón le llevaban mucho tiempo. Tenía que ensayar. Ya estaba tocando con grupos de Madrid. Dejó los estudios y se dedicó a la música. “La gente siempre pensaba que, además de ser músico, tenías que tener un trabajo”, critica. Al principio, sus padres tampoco estaban de acuerdo: “Siempre me decían que me buscara un trabajo”. De hecho, aprobó las oposiciones de banca. Nunca fue a trabajar. Pero sus progenitores pronto se dieron cuenta de que había nacido para esto. Y pasaron a estar orgullosos.

El primer artista que le llamó fue Amancio Prada. Después ‘Nuestro Pequeño Mundo’, ‘Revólver’ o Rafael Amargo. “Lo he pasado muy bien con todos”, manifiesta. Pero Prada fue su “maestro”. Cada vez que tocaba con él, sentía que aprendía. Igual le sucede con el que considera que es “uno de los bailaores más grandes”: Joaquín Ruiz. Con él ha recorrido el mundo.

A pesar de su extensa carrera, siempre que sube al escenario siente “un gusanillo”. Después de estar cuatro meses sin poder tocar en directo a causa de la pandemia, cuando volvió a subir a un escenario sintió “lo mismo” que cuando comenzó a tocar: estaba “bastante nervioso”, declara.

La música es su vida. “No sé hacer otra cosa”, sostiene. En compañía de su acordeón, ha recorrido distintos puntos de la geografía nacional e internacional. Lo más importante de los viajes, le parece que es la compañía. Tiene la “suerte” de viajar “muchísimo”. Y, sobre todo, de hacerlo siempre con amigos.

Está orgulloso de lo que ha conseguido hasta el momento. Le hubiese gustado conocer a alguno de sus ídolos musicales. En algunos casos, no solo lo ha conseguido. También les ha puesto música.