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Álvaro Sanz Rincón, con su prototipo de careta para los masajes. / EL ADELANTADO

Álvaro Sanz Rincón tuvo cerrada su clínica de Navas de Oro, donde atiende a ocho personas diarias, en las primeras fases de la pandemia. Aprovechó el confinamiento para planear la reapertura y surgió una carencia: ¿cómo paliar la incomodidad del paciente cuando está boca abajo con la cabeza metida en la camilla? La respuesta es una careta, más ancha, que protege de contagios y permite respirar sin mascarilla en esa parte del tratamiento. Este segoviano ha patentado un prototipo que cuenta con el visto bueno el sector a nivel nacional, pero no tiene medios para fabricarlos así que invita a cualquier empresa a recoger el guante.

Se trata de un sombrero que se da la vuelta. Tiene dos partes; la copa y las solapas, planas. La copa se introduce por el agujero facial y la solapa que queda por encima de la camilla. Es el peso de la cabeza del paciente el que sujeta la prenda a la cabeza y la sella para que no haya fugas. “Busco tres funciones. La higiene, la comodidad para el paciente, que puede respirar mejor, y mantener el protocolo preventivo”.

Primero, investigó el mercado. “Había muchas patentes, pero ninguna tenía la capacidad autofiltrante y de comodidad para el paciente. Había sabanillas para dejar el agujero facial libre y otras parecidas”. Una vez recabado los datos, fabricó con su cuenta el prototipo con unas telas que tenía en casa. Hizo una suerte de patrón y un boceto. Una vez madurado el diseño, una vecina de Navas de Oro que se dedica a la costura realizó un prototipo con material autofiltrante. “El pueblo es como una familia grande y se lleva mucho esto de los favores”, sonríe.

La idea es que sea desechable; si el paciente va a acudir varias veces a la semana, puede reciclarlo para varias sesiones. Sería el fabricante el que decidiera el formato. “Como las mascarillas, los hay de tres, cuatro, siete capas; con válvula o sin ella. El caso es que el material sea autofiltrante”.

Álvaro resume la base de una patente. “Tiene que aportar novedad o mejorar la técnica. Y esta herramienta tiene las dos cosas”. Realizó una encuesta a los colegios de fisioterapeutas de España sobre situaciones que habían visto en la clínica. Tras la respuesta de 156 profesionales, el 93,6% afirma que algún paciente le manifestó su incomodidad durante el tratamiento. El 73,1% de los pacientes describe la sensación como agobiante y el 18,6% como asfixiante. El 83,4% ha pedido bajarse o quitarse la mascarilla; de ellos, un 54% lo ha hecho. “Hay un riesgo de contagio de virus por la incomodidad que produce la mascarilla tumbado en la camilla”.

A la utilidad frente al Covid añade usos de futuro. “Puede ser útil en época de la gripe u otros virus estacionales”. Su objetivo es convertirla en una herramienta útil para centros hospitalarios, de fisioterapia, estética u osteopatía. ¿Es una forma de rentabilizar la pandemia? “Yo pienso que es una forma de aprender de lo que estamos viviendo. Va a haber un cambio en los cuidados y en la higiene. Es verdad que esta idea ha surgido ‘aprovechándose’ de la pandemia, pero la idea es que ayuda a profesionales y usuarios a prevenir cualquier tipo de contagio”.

En una población envejecida (unos 1.400 habitantes), el grueso de sus pacientes son jubilados, también de pueblos como Coca o Nava de la Asunción. “Viendo como esta pandemia se estaba cebando con la gente mayor, más razón para tener cuidado”. Las consecuencias han sido evidentes. “La inactividad ha afectado gravemente a la salud. El sedentarismo es la antesala de muchas patologías. La gente ha ganado peso y ha perdido masa muscular. Y algunos que estaban con problemas de movilidad han acabado en silla de ruedas. Hay que volver a rehabilitar, y algunas personas no van a poder recuperar todo lo que han perdido”. Las secuelas elevan la importancia de la fisioterapia. “Somos promotores de la salud y ayudamos a que las patologías no vayan a más”.

Álvaro ya tiene los contactos de medio centenar de compañeros de clínica interesados en utilizarlo. Una compañera de Zamora le pidió directamente usarlo, pero de momento es una patente. “Al no estar en el mercado ni homologado, no puedo arriesgarme a hacer prototipos porque no sé si estoy cumpliendo la función. Hasta que no venga una empresa y lo fabrique en serie, no puedo utilizarlo”. Más allá de las primeras probaturas, la idea sigue en la recámara. Porque los favores llegan hasta donde llegan.