Felipe V, impulsor del Real Sitio de San Ildefonso, en un cuadro de Van Loo del Museo del Prado.

Un colaborador de este periódico, Eduardo Juárez, cuando remite sus crónicas semanales nunca se olvida de precisar que lo hace “desde el Paraíso”. Lo escribe, claro está, sin el permiso Vicente Aleixandre, que dedicó ese apelativo a Málaga. El Palacio de San Ildefonso que manda construir Felipe V a Teodoro Ardemans acoge también historias y fábulas mitológicas en las bóvedas pintadas por Bartolomé Rusca y Santiago Bonavia, hacedores del gusto de estos Borbones recién llegados a España. Y cuando se dice Borbones no es conveniente olvidar a Isabel de Farnesio, verdadera muñidora de parte de la historia de las primeras décadas del Real Sitio de San Ildefonso y del no muy lejano de Riofrío.

Dice Antonio Ruiz, con razón, que en Segovia el barroco es clasicista, con un pronunciado toque italiano en algunas de sus obras. Y este lugar es un buen ejemplo de ello. Quizá sea este Real Sitio de San Ildefonso donde más proporción hay de arquitectura barroca por metro cuadrado de toda España. En nuestro país el barroco fundamentalmente es pintura y escultura, y revestimiento de yeso en bóvedas y naves de iglesias. Se salvan las torres de iglesias monumentales –Écija, Carmona, La Seo de Zaragoza-, algunas construcciones civiles y eclesiásticas puntuales, y el Real Sitio. Ante todo, el Real Sitio.

Pompeyo Martín, en un interesantísimo libro, Solo el rey de España tiene un palacio entre las nubes, hace un recorrido por esas obras que conforman el Paraíso aludido por su cronista oficial y colaborador de El Adelantado. No solo lo que se debe al ímpetu de Felipe V, sino también al impulso de Carlos III. Es un libro ameno, nada cargante, con ilustraciones muy apropiadas al texto que desarrolla, entre ellas el estado en que quedó la fachada de Sacheti tras el incendio de 1918. El autor tiene el gusto de dedicar unos pasajes de su libro a las arquitecturas desaparecidas de tiempo de Alfonso XIII y a otras que habitualmente quedan fuera del circuito turístico, como la ermita de San Ildefonso, mudo testigo inicial de lo que después sería este lugar; la ermita que sustituyó al eremitorio de San Ildefonso en el Casar del Pollo, cerca de la cual, en Nava La Loba, levantaría Enrique IV en 1450 su pabellón de caza, para que luego, ermita y pabellón, fuera donado a los monjes del Parral en 1477 por los Reyes Católicos. También habla Pompeyo Martín de la sencilla iglesia de Trescasas, levantada por Carlos III, que tanto me atrae. En fin, un buen libro que nunca suplirá, sino que complementará, una visita al Real Sitio, perdón, al Paraíso.