Francisco Javier Santos, organista de la Catedral de Segovia, en su actuación. Kamarero.
Publicidad

En Nehemías 12: 41 y 42 se narra cómo en la Dedicación del muro de Jerusalén hubo música, fiestas de alabanzas con cánticos, címbalos, salterios, cítaras, cantores y trompetas; y cómo el pueblo de Dios cantaba en los coros y usaba instrumentos musicales derivados del propio por David.

Hubiera querido monseñor Juan José Martínez Escalzo que el 16 de julio de 1769 hubiera sonado el órgano de la catedral como aclamó ayer, desde el lado del Evangelio del coro de la catedral, a todos quienes nos reunimos en la Gran Dama para escucharlo renacido. El 16 de julio de 1769 coincidían dos celebraciones: la fiesta de la Dedicación, importantísima en el calendario sacro, y la consagración del nuevo templo catedralicio. No salió del órgano del Evangelio ninguna nota porque su construcción no llegó a tiempo; no pudo rememorarse –como hubiera querido el obispo- la Dedicación del muro de Jerusalén con un tronar de acordes sublimes, que sirvieran de alabanza. Pero monseñor Martínez Escalzo ya había decidido en esa fecha regalar un órgano a la catedral para conmemorar su consagración, doscientos once años después del traslado del Santísimo un quince de agosto de 1558 a la nueva catedral. Una consagración que él presidiría.

El órgano tardó en llegar a la Gran Dama. Su construcción se finalizó en 1772. Su diseño respeta el esquema nacido de la ingente imaginación del fray Joseph Echeverría, que sentó las bases del órgano ibérico, un modelo que tuvo su apogeo en época del barroco por tener “sonoridades muy ricas y muy potentes”, en palabras del organista parisino Francis Chapelet. Fray Echeverría no pudo contemplar “los tubos en artillería” del órgano segoviano –trompetería horizontal que nace de la fachada del instrumento- porque murió en Palencia en 1691, enfrascado con la obra del órgano de la catedral. Fray Joseph era monje franciscano. Casualidades de la historia, el día que ha vuelto a sonar el órgano de la catedral en Segovia, tras su restauración, ha sido el día de San Francisco.

Fray Joseph Echeverría no pudo oír el órgano de Segovia. El buen obispo Martínez Escalzo sí tuvo tiempo, en el año y pico que le quedaba de vida, de verlo instalado en el coro, y posiblemente luciría como lució ayer, en el concierto de las 20 horas, recién salido de una completa restauración en los talleres de Juan Lois Bocos. Se han invertido 14.000 horas de trabajo, y, como curiosidad, se han empleado 200 pieles de oveja –cuya función es cubrir y proteger los diferentes conductos-, madera, metal y otros materiales.

En la presentación de la obra de restauración, previa al concierto, el actual obispo, monseñor Franco, recordó que en la vida eterna hay música, como dice el Apocalipsis. Toda la tradición judeocristiana está llena de apelación a cánticos, la mejor de la alabanza que se puede hacer a quien “ha hecho maravillas”. Qué se puede decir cuando se realiza acompañado o con la solitud de un órgano, “el rey de los instrumentos”, como lo denominó Mozart.

Pero un órgano es algo más que un instrumento musical, y lo evidencia este de Segovia. Es un complejo que integra diferentes disciplinas artísticas, desde la arquitectura a la escultura pasando por el estofado y la policromía. Es un retablo bellísimo, que desprende un movimiento continuo, tan del gusto del barroco. Pero no hay que olvidar su ingeniería musical: con toda seguridad, una de las máquinas más complejas realizadas por el hombre hasta la llegada de la Revolución industrial.

Compositores españoles

En España la música de órgano alcanza una época de esplendor en los siglos XV y XVI. Son ejemplos músicos como Antonio Cabezón o Tomás Luis de Victoria, este, además, finísimo polifonista que anticipa el barroco en el que después se involucra Francisco Correa de Arauxo, organista que fue de la catedral segoviana. En Segovia le sorprende la muerte y sus restos descansan en un rincón de la Gran Dama. Ayer, en el renacido órgano, se tocó su Tiento XVI de quarto tono, a modo de canción. Pero el órgano de fray Joseph Echeverría requiere de la grandiosidad polifónica de un Bach. Allí luce su potencia, aunque no queda manca la obra de otro grande de los compositores españoles para órgano: Hilarión Eslava, ya en el siglo XIX; también ayer se interpretó su Ofertorio sobre el Pange Lingua, obra incluida en su Museo Organístico Español, un intento de 1853 dirigido a renovar la música sacra en órgano.