En primer término, Julia Casaravilla, y al fondo el jardinero paisajista Guillermo Cuadrado plantando el manzano. Nerea Llorente.
En primer término, Julia Casaravilla, y al fondo el jardinero paisajista Guillermo Cuadrado plantando el manzano. Nerea Llorente.
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En el Pirineo aragonés cuando nace un niño su padrino planta un árbol. El niño y el árbol crecerán juntos; enraizarán en la misma tierra; no envidiarán la libertad del pájaro que vuela donde quiere sino la fidelidad de la mata que muere en donde nace. El árbol es un canto a la vida, al espíritu de la vida. Ayer se cumplieron veinte años de la muerte del pintor, arquitecto, paisajista, hombre profundamente enamorado de Segovia, Leandro Silva. Su viuda, Julia Casaravilla, honró su memoria plantando un árbol, un pequeño manzano (Malus everest). No hacen cosa distinta los pirenaicos de lo que hizo ayer Julia. En última instancia son los dos un canto a la vida, la que se abre y la que se fue pero cuyo espíritu rebrota en la savia que recorre el árbol. Los árboles transmiten o roban energía. No es bueno dormir debajo de un tejo, pero te augura un buen año si lo haces a la sombra de un cerezo florecido. La manzana es un símbolo ambivalente. A Adán y a Eva les abrió los ojos a lo que de bello, de terrenal, de humano, tiene el mundo; a Cenicienta la sumió en un profundo sueño de la que solo el amor fue capaz de despertarle.

Julia ha plantado un árbol en recuerdo de su marido Leandro Silva. Lo hizo en el Romeral de San Marcos, que es su legado. Un lugar mágico como lo es toda la ribera del Eresma, cuando el río abraza a la ciudad que se yergue sobre él. El farallón frente a la ciudad medieval, y en el valle los tilos que en estos días se despiden de sus hojas, y el acorde del agua que de una forma constante alimenta el regato; y en primavera y primeros días del verano la sinfonía de olores y color de los viburnum. Es el legado de un uruguayo que amaba los jardines y amaba a Torres García, que ambos son buenos amores. Y al que una gripe mantuvo en Segovia, ciudad que sería suya como lo ha sido de tantos que han caído rendidos ante tanta hermosura, rogando que nunca los ojos se cansen de contemplar la belleza. Desde ayer sus raíces están más asentadas en la tierra segoviana. Lo harán a través de un pequeño manzano. Como antes lo hizo él con un jardín, que es la esencia de todo hombre civilizado. “Adquiro felicitas in herbis et lapidibus”, dijo Goethe. La felicidad entre las flores y la piedra. Incomprensiblemente lo escribió sin conocer Segovia.