Jardín barroco. Madera tallada y dorada. Madres Dominicas. / JMS
Jardín barroco. Madera tallada y dorada. Madres Dominicas. / JMS

Estamos yo escribiendo y algunos de ustedes leyendo sobre jardines segovianos, y hasta señalando unas características propias y diferenciadoras en los que las tienen, y ahora me vengo con este título. ¿Qué jardines pueden ser? Pues les diré que no hay ningún jardín barroco ni ningún jardín almohade sino un bajorrelieve brillante de pan de oro y un jardín, no muy grande pero sí muy bello, que recrea lo que pudo ser una fantasía andalusí.

Fachada sur del Alcázar después de la restauración.
Fachada sur del Alcázar después de la restauración.

El bajorrelieve se encuentra en una tabla del altar dieciochesco del convento de Madres Dominicas, para el que el tallista tuvo a bien dibujar un jardín barroco, con sus elementos dispuestos en torno a los dos lados de un eje de simetría. Es precioso, con su fuente monumental de tres pisos, cuatro parterres rectangulares dibujados con matas de pequeño porte y dos alineaciones de árboles -cipreses o chopos de semejante dibujo- sobresaliendo de unos setos recortados. Y todo ello, como es preceptivo en un jardín barroco, convergiendo hacia un cenador o ermita que se alza en el fondo, cerrando la perspectiva. Hasta las nubes y los maceteros del interior de los parterres guardan simetría en esta pieza única en los retablos segovianos que, aparte de los pámpanos y racimos de uvas de las columnas salomónicas típicas del bautizado como estilo churrigueresco, gustan poco de adornos vegetales.

El jardín almohade que no es almohade está en el Alcázar. La terraza sobre la que avanza el espigón de la fachada sur de la gran fortaleza estuvo ocupada por un gimnasio construido para uso de los alumnos del Real Colegio de Artillería.

Cedro de la fachada sur del Alcázar. / Tarjeta postal
Cedro de la fachada sur del Alcázar. / Tarjeta postal

El incendio que devastó tan incomparable palacio el año 1862 causó estragos en aquel añadido y, tras la restauración, como no había formado parte de la edificación primitiva, fue desmontado totalmente, quedando visibles las calizas sobre las que la fortaleza había echado sus cimientos.

Poco a poco, la estrecha terraza que quedó libre en la reseca solana fue siendo ocupada por una vegetación espontánea formada por hiedras, anthirinus y arbustos de escaso porte.

Cuando se creó el Patronato del Alcázar —año 1951—, algunos de sus miembros, que también pertenecían al Patronato de Jardines de Segovia, acordaron plantar un cedro estimando que este árbol, al crecer, rompería la monotonía de la gran fachada al tiempo que, con su aguda copa cónica, podría convertirse en el contrapunto vegetal de los empizarrados chapiteles que coronan las torres.

El jardín almohade a poco de su realización. / Carmen García
El jardín almohade a poco de su realización. / Carmen García

Durante años, fotografías y tarjetas postales pasaron a ser crónica visual del paulatino crecimiento de dicho cedro, mientras que la vegetación arbustiva, cuidada, seguía haciéndose dueña de la larga terraza, dividida en dos partes que se comunican entre sí por una puerta abierta en la base de un muro perpendicular al eje del conjunto. Este muro, que cubre el primer tramo de la escalera por la que se sube al patio del aljibe, con sus almenas y con la torrecilla final de sección elíptica y coronada por chapitel de pizarra, concede singularidad a todo el sector.

De una visita que mi mujer hizo a la fortaleza el año 1990 me trajo unas fotografías de un jardín que parecía haber surgido como por arte de encantamiento, de repente y de la nada. Ocupaba la parte más avanzada de aquel espacio, la que queda entre el muro divisorio y la base del último bastión y era totalmente diferente al resto de los jardines de cuantos sirven de ornato y gala a tan señero monumento y aún de Segovia. Por el diseño del parterre central parecía un jardín musulmán que podría haber estado allí desde los orígenes, algo que quedaba desmentido por las matitas de boj que le daban entidad y que, por lo que su porte permitía apreciar, parecían recién plantadas.

Traté de enterarme de cómo había surgido. Y supe que fue así: se habían estado efectuando en el Alcázar unas obras que sacaron a la luz restos arquitectónicos musulmanes y el maestro de obras, José Miguel Merino de Cáceres, había recreado el gran artesonado mudéjar de la Sala de la Galera, unos hechos que propiciaron la aparición de un ambiente favorable al arte hispanoárabe cuya primera consecuencia apreciable fue la realización de esta pequeña joya verde.

Membrillos maduros en el jardín de la fruta. / JMS
Membrillos maduros en el jardín de la fruta. / JMS

El Patronato encomendó a uno de sus miembros, Carlos Herranz Cano, ingeniero de montes por formación, que ofreciese una idea para llenar aquel espacio y su recomendación fue que se hiciese un jardín de líneas árabes que enlazaría con la exquisita tradición jardinera musulmana. Aceptada la propuesta, se tomó como modelo un diseño de los que el señor Merino de Cáceres había llevado al artesonado de una de las techumbres del edificio y se encomendó la realización a Elisa Herranz Contreras, arquitecto, que fue quien materializó el proyecto, dirigiendo la plantación y distribución de los arbustos de boj que marcan la geometría. En la parte más pegada a las rocas se pusieron lavandas y rosales que habrían de prestar al jardín color y aroma, aunque hoy de los últimos citados sólo queda uno, abrasados los restantes por las altas temperaturas que se alcanzan en aquella solanera durante el verano.

En torno al cedro y donde la terraza acaba convertida en fuerte talud, como respondiendo a un viejo atavismo local y a una constante histórica de los jardines musulmanes se hicieron plantaciones de frutales: membrilleros, prunus y manzanos, estos de las variedades reineta y verde doncella.

Imagen del cedro, desde la Cuesta Los Hoyos.
Imagen del cedro, desde la Cuesta Los Hoyos.

El jardín musulmán del tipo “riyad” es cuadrado -a veces rectangular dependiendo del espacio- y tiene fuente en el centro. El que aquí se diseñó es rectangular, articulado en torno a un octógono generador de una estrella de ocho puntas y a dos cuadrados y aunque en un principio no tuvo fuente, otro miembro del Patronato, José Antonio Ruiz Hernando, halló una que por dimensiones, diámetro y altura, cuadraba bien con lo que se había trazado. Como la instalación estaba hecha, cuando la fuente llegó bastó con colocarla para que corriera el surtidor, inseparable de este tipo de jardines que, como hemos podido saber, no es almohade, ni almorávide ni nazarí, sino una creación segoviana, eso sí, bastante inusual y exótica.

Hay algunos adornos, como una imagen de Santa Bárbara que se trajo del Museo del Ejército y dos pedestales de granito que sostienen sendos macetones de hierro colado, pero nada que se pueda comparar al dibujo hecho con boj sobre albero y arena blanca.

Imagen del cedro, desde el interior del jardín.
Imagen del cedro, desde el interior del jardín.

No se puede bajar hasta él pero se puede ver, y admirar, con sólo asomarse a las almenas que limitan por el lado sur el patio del aljibe. El cedro tampoco es accesible pero su silueta se ofrece a cuantos quieran verle mientras pasean por la Cuesta de los Hoyos.
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Supernumerario de San Quirce
porunasegoviamasverde.wordpress.com

 

 

 

 

La fuente, con el surtidor, y unas matas de boj que ya tienen 30 años.
La fuente, con el surtidor, y unas matas de boj que ya tienen 30 años.