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Primer panteón que se construyó en el Cementerio Municipal del Santo Ángel de la Guarda de Segovia en 1848, perteneciente al mausoleo de dos hermanos. / KAMARERO

Abogados, ingenieros, escritores, periodistas… Los cementerios e iglesias de la provincia de Segovia se han convertido en el lugar de descanso eterno de un sinfín de personajes ilustres. Aunque no todos son segovianos, hay algo que comparten; la huella que dejaron de su existencia permite ahora rastrear el pasado. Entre los muros del Cementerio Municipal del Santo Ángel de la Guarda de Segovia se recogen 200 años de acontecimientos históricos que han transformado a la ciudad.

El camposanto de la capital no solo puede “presumir” de haber cumplido el pasado año el segundo centenario de su construcción (se inauguró en 1821), sino también de albergar una visión colectiva de la muerte a través de sepulturas, panteones y enterramientos, considerados el eslabón para no olvidar.

Un cementerio ilustre

No es el único mausoleo. Pero sí el que más capta la atención de quienes visitan el cementerio de Segovia. No es de extrañar, si se tiene en cuenta que el mausoleo de Ezequiel González (1818 – 1903), ubicado en el patio número uno, es uno de los más monumentales. El abogado del Ilustre Colegio de Madrid, que también llegó a presidir la Diputación Provincial de Segovia y la Sociedad Económica de Amigos del País, mandó hacer este panteón con mármol italiano, “unas determinadas condiciones arquitectónicas y una iconografía relacionada con el patrimonio funerario”, explica la historiadora del arte e investigadora del patrimonio funerario, Mercedes Sanz.

A escasos metros, se encuentra el mausoleo de la familia Lanchares, en cuya casa se reunían un buen número de intelectuales. Mariano Lanchares fue fabricante y administrador de lotería. La enfermedad de su hija Clementina, quien se distinguió como pianista, le llevó a donar toda su fortuna a edificar el primer sanatorio antituberculoso de España, el Sanatorio Lago, en la Sierra de Guadarrama.

A su vez, son muchos los ilustres que se enterraron en nichos. Uno de ellos es Joaquín María de Castellarnau (1848 – 1943), ingeniero de montes, académico de la Real Academia de las Ciencias Exactas, Ciencias y Naturales y botánico aficionado, quien desarrolló casi toda su obra en Segovia. A apenas 20 metros, está el enterramiento de otro ingeniero de montes, Rafael Breñosa y Tejada (1845 – 1916), uno de los naturalistas más prestigiosos de España.

Un caso curioso es el de León Gil de Palacio (1778 – 1849), de cuyo enterramiento en el patio número uno del camposanto segoviano no se tenía constancia hasta hace no mucho. Tras ingresar en la Real Academia Militar de Matemáticas y Fortificación de Barcelona, lo destinaron a la Academia de Artillería de Segovia. Tiene una carrera militar meteórica, pero destaca sobre todo por haber hecho la primera maqueta de la Torre de Hércules y de la ciudad de Valladolid, y todo el modelo topográfico de Madrid.

José Bulfy y Bengoa (1866 – 1911), que contaba con una larga trayectoria como periodista, es otro ejemplo de personaje “no segoviano” enterrado en la provincia. En aquella época, el traslado de cuerpos resultaba bastante complejo, lo que explica que, tras fallecer en la estación de ferrocarril de Segovia, y a pesar de haber nacido en Bilbao, sus restos reposan en la capital.

De igual forma, otros municipios de la provincia tienen “la suerte” de ser el lugar en el que descansan personas célebres. Este es el caso de Nava de la Asunción, donde está enterrado uno de los poetas más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de la Generación del 50 Jaime Gil de Biedma (1929 – 1990), o de Cuéllar, donde reposan los restos de la poeta Alfonsa de la Torre.

El primer municipio

Se puede considerar uno de los grandes logros de la historia de la provincia; fue pionera en introducir este lenguaje arquitectónico y se convirtió en un modelo que después imitarían otros territorios. El primer cementerio extramuros que se construyó en España fue el de El Real Sitio de San Ildefonso (1785), de la mano del monarca Carlos III, quien prohibió los enterramientos en el interior de los templos del municipio, en concreto, en la Iglesia del Rosario. El 3 de abril de 1783, el rey firmó una real cédula que obligaba a todas las ciudades a construir cementerios extramuros.

Segovia tuvo que esperar algo más. El 10 de diciembre de1791, Miguel de la Cruz y Losas, personero del Ayuntamiento, denunció ante el Consejo de Castilla que algunos de los enterramientos que se debían realizar en el cementerio de La Granja, se hacían en los templos de Segovia, por lo que pidió que se construyera un camposanto extramuros, cumpliendo la orden de Carlos III.

Sin embargo, no fue hasta 1821 cuando dieron comienzo las obras, adjudicadas a Zacarías Sanz. Se eligió el Cerro del Ángel, en la ermita del Santo Ángel de la Guarda -de ahí el nombre del cementerio- porque era el sitio ideal; en ese momento, estaba apartado de la ciudad y había una ermita próxima.

Una vez bendecido el cementerio, cuyo coste fue de 17.900 reales, el 5 de agosto de 1821 se realizó el primer enterramiento, de una niña llamada Tomasa Antón.

El espacio quedó pronto pequeño, por lo que el cementerio ha ido ampliándose en varios ocasiones hasta llegar a los cinco patios actuales.

Custodios de la historia

Son muchos los oficios que se desarrollan en los camposantos, pero son los enterradores los custodios de la historia de estos espacios. Estos realizan un trabajo discreto justo en el momento en el que el difunto es separado definitivamente de los vivos.

Este oficio ha tenido que ir adaptándose a la época, a las distintas religiosidades y costumbres. En 1821, los enterradores no solo daban sepultura, tenían que sacar la piedra para hacer las distintas tumbas y se encargaban de velar en la ermita del Santo Ángel a quienes no tenían recursos.

Hace más de dos centenarios que se construyó el primer cementerio en la provincia de Segovia. Pero estos espacios son aún desconocidos para parte de la población, a pesar de tratarse de un recurso que permite conocer la historia y, al mismo tiempo, la propia vida.