Zamarramala Restaurante La Postal
Vista del interior del restaurante La Postal, en Zamarramala, con las sillas que habitualmente ocupan sus salones apiladas con motivo de su cierre. Posa Álvaro, su metre. / KAMARERO

Paracaidista: en el argot de la hostelería segoviana, dícese del turista ocasional que llega al local de forma accidental, con la precisión que se le puede exigir a una persona que cae a más de 200 kilómetros por hora desde el cielo. Frente a ese concepto, la hostelería de los barrios incorporados defiende el perfil del menú cotidiano, principalmente orientado a transportistas, trabajadores, empresarios o gente local. Bajo ese argumento, los vecinos y restaurantes de Zamarramala, Perogordo, Revenga, Hontoria, Fuentemilanos o Madrona reivindican que el reducido tamaño de su población debería desligarles del cierre de interiores que la Junta ha decretado para la ciudad de Segovia, municipio del que forman parte, y piden que se tenga en cuenta su realidad, más próxima a la de un pueblo que a una capital de provincia, de cara a determinar su suerte.

“No es rentable tener personal solamente para atender a una terraza”

Antonio Misis es propietario de ‘La Postal’, un restaurante así bautizado por las privilegiadas vistas de la ciudad desde Zamarramala. El negocio no ha encontrado fórmulas alternativas: el cierre de interiores supone el cierre total. “No es rentable tener personal solamente para atender a una terraza. Te la juegas porque puedes contratar gente para tres días y luego te llueve ¿Qué haces con ellos?”. En su plantilla tiene una veintena de trabajadores. “Nosotros, como empresarios, en casita y los empleados, ‘malcobrando’ un ERTE. Muchos no han cobrado de meses anteriores y otros han cobrado de más y tienen que devolverlo. Un auténtico caos”.

En la nueva orden de la Junta, no se especificaba que el cierre de los interiores en Segovia capital -por tener una incidencia acumulada de 150 y más de 5.000 habitantes- se extrapolaba también a sus barrios incorporados. “No lo entendíamos y buscamos ese resquicio de la ley”, subraya Antonio. Una veintena de hosteleros de estos barrios aunó fuerzas, creo un grupo de WhatsApp y empezó a recoger firmas a través de la patronal hostelera Hotuse que remitieron a Junta y Ayuntamiento. Sin resultado. “Nos han metido a todos en el mismo saco”.

“No vemos un futuro muy halagüeño”

En ese grupo de WhatsApp hay de todo. Un compañero le decía este jueves: “Si cierro, pierdo 1.000; si abro la terraza, pierdo 2.000”. En esencia, para muchos negocios, abrir supone más perdidas. “Hay gente que ha intentado abrir y ha tenido que cerrar del todo. Gente que ha estado cerrada y está tonteando con abrir para tener algo de dinero en la mano, aunque eso te esté dando pérdidas”. Y lamenta casos como algún hostelero con una terraza pequeña y que, cuando ha pedido ampliar el permiso al Ayuntamiento, apenas le dan dado un par de metros. “No vemos un futuro muy halagüeño”. Habla de casos más “caóticos”, con compañeros que viven al día y que tienen dificultades para pagar rentas. Y pocos recursos para operar al aire libre. “Hay bares que no tienen nada, solo una pequeña acera”.

Por las opiniones de su día a día entre vecinos y clientes, su conclusión es clara: “Lo único que estamos haciendo es mover al público. Si no puede venir a mi casa, pues se desplaza al sitio donde sí le dan de comer. Los pueblos aledaños están trabajando al 180%. Con la demanda que tiene Segovia y estos días atrás que ha estado diluviando… Pues esta gente que quiere comer se va a los pueblos cercanos”.

Sin datos epidemiológicos

Antonio reivindica el modelo de Madrid, algo que cada vez hace más el sector segoviano. “Tienen la hostelería abierta y sus contagios no están desproporcionados. En Segovia somos cuatro gatos y tenemos el contagio alto”. La debilidad de la reivindicación de los barrios incorporados radica en que no hay una base epidemiológica que la respalde porque los indicadores no distinguen entre la capital y el resto. “Yo vivo en Zamarramala y hay muy pocos contagios. También porque somos muy pocos. En realidad, la hostelería está pagando los platos rotos. Tenemos las mesas separadas, filtros en todos los salones… Cumplimos todas las normas. Y luego vas a supermercados o al transporte público, que están superpoblados”.

Madrona Restaurante El Molino
Victor Pires posa en la barra del restaurante El Molino, en Madrona. / KAMARERO

Víctor Pires es un portugués que llegó hace más de dos décadas a Segovia. El Molino, su restaurante de Madrona, sigue abierto pese a que no salen las cuentas. “Estoy funcionando con cuatro comidas contadas para llevar y cuatro mesas en la terraza. No me da para pagar gastos, pero lo hago para respetar a mis clientes. Si no les doy de comer, se van a ir a otro lado y voy a perder lo poco que he hecho estos años. Y si cierro, me voy a volver loco en casa”. Ayer el buen tiempo le permitió dar una decena de comidas de dos a cuatro y media. Dadas las circunstancias, fue un buen día para un local que sirve unas 40 comidas, doblando mesas en un interior bien optimizado. ¿Dónde van esos 30 comensales? “Pues al pueblo de al lado”.

Los gastos de alquiler, luz y basura se amontonan. Trabaja ahora con su mujer, una empleada a media jornada y otra en ERTE. “Voy a seguir hasta que pueda”. En su diversa tipología de trabajadores, hay mucho personal del hospital que acudía regularmente a su salón. “Les pilla al lado y es muy fácil aparcar”.

Un servicio vecinal

El presidente de la Federación de Asociaciones de los Barrios Incorporados de Segovia, Ángel Tuñón, lamenta la pérdida de servicios y teme los efectos de la época del coronavirus en el largo plazo. “La hostelería tenía que estar abierta porque estamos lejos del núcleo de Segovia y ninguno de los barrios llega a los 5.000 habitantes. Según está la economía, para cuatro vecinos que tenemos… Si encima les cerramos no sé de qué van a comer. Será mejor que podamos por lo menos juntarnos un poco y hablar, siempre guardando las medidas de seguridad. Que ya pasamos bastante tiempo encerrados”.

“Que no haya negocios cerrados y no haya gente en el paro”

El representante de los vecinos entiende que el dinamismo de esos locales es un pulmón para la modesta economía de sus barrios. “Por lo menos que ganen su dinero y que salgan adelante. Que no haya negocios cerrados y no haya gente en el paro. Que demos trabajo a nuestros vecinos”. Tuñón lamenta un trato desigual respecto a localidades vecinas que sí son municipios. “Que los segovianos se vayan a Turégano teniendo un barrio incorporado a ocho kilómetros y sin Covid…”. Fuentemilanos, a 15 kilómetros de Segovia, está cerrado mientras Valverde del Majano, a 11, sigue abierto con la incidencia semanal más alta entre los pueblos de más de 1.000 habitantes.

Mientras grandes salones como el de La Postal cierran, la panorámica de los pequeños bares de otros núcleos como Fuentemilanos es la de seguir en marcha con terraza. En estos días de abril, la vida social de los pueblos depende del parte meteorológico. Si hay aguas mil, no hay café bajo techo. “Estamos hablando de la despoblación. En Zamarramala o Madrona no se nota mucho, pero Fuentemilanos, Perogordo y Torredondo… Si perdemos servicios esenciales, mal vamos”.

La pertenencia a una administración como el Ayuntamiento de Segovia define a estos barrios. Si fueran pueblos, no se verían condicionados por lo que hagan dos familias en una pedida de mano en Segovia capital. Es el eterno debate: ¿rurales o urbanos? Como todo matrimonio, el enlace administrativo entre los barrios y la capital tiene sus pros y contras. Máxime, en tiempos de pandemia, un contexto que eleva el significado a la letra pequeña del acuerdo. En la salud y en la enfermedad.