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PILAR DE MIGUEL

Marta Rivilla Jiménez, segoviana y médico residente en el Hospital Universitario de Fuenlabrada en Madrid durante el tiempo del estado de alarma a causa de la pandemia producida por el Covid-19, recuerda en esta entrevista la dureza de los días pasados y cómo afectó esta enorme crisis sanitaria a su vida personal, con el retraso de una boda programada.

El relato de lo sucedido habla de esfuerzo, trabajo, valentía y solidaridad ante un virus desconocido y ante el que se tuvo que hacer un esfuerzo de aprendizaje mientras que no se dejaba de hacer guardias, y ante trabajo que no cesa; viendo el goteo de pacientes entrando en la UCI. Es un ejemplo el de Marta de los que supone la labor en hospitales que no han recuperado la normalidad y no la recuperarán en mucho tiempo, y que ya se preparan por si una nueva ola se une en otoño con la gripe.

— Como médico residente en un Hospital que se ha encontrado en el centro de la pandemia ¿Cómo se vivió esta experiencia? ¿Cómo lo viviste tú?
— Yo soy residente y como tal, realizo el plan de formación que tienen para los médicos después de terminar la carrera. Estaba en mi tercer año y me pilló rotando en la Unidad de Cuidados Intensivos. Empecé en febrero y, todo esto empezó a aflorar a principios de marzo. Entonces explotó el boom, y me cogió en la UCI.
Fue muy intenso, hubo muchísimos ingresos en el hospital, la UCI tuvo que crecer muchísimo. Se quintuplicaron las camas: si habitualmente tenemos unas 10 camas para cuidados críticos, aumentamos hasta 48 con sus enfermeras, monitores, material de intubación de pacientes críticos, refuerzo de personal. El espacio se nos quedaba pequeño. Tuvimos que expandirnos y pasamos de tener una unidad a tener que abrir otras dos. Imagínate el esfuerzo para conseguir ventiladores para todos, porque todos los pacientes que ingresaban requerían ventilador. Se utilizó el área de reanimación, que es más parecida a la de cuidados intensivos y luego ocupamos a otra área que no estaba pensada para eso. El esfuerzo de todo el mundo fue extraordinario.
La gente ha tenido que refrescar conocimientos porque había personal trabajando en medicina intensiva que tenían otras especialidades. Yo, por ejemplo, soy residente de medicina interna, no soy de intensiva y he estado trabajando con ellos. Vinieron cardiólogos que se dedicaban a cuidados críticos, vino una neonatóloga… imagina lo que se ha actualizado esa gente, el esfuerzo que han hecho por ayudar Entraron muchos anestesistas, creció mucho el equipo aunque fue difícil encontrar a gente porque estábamos todos igual. Fue necesario estirar mucho el personal habitual y el nuev. Se hizo lo que se pudo con lo que teníamos en la mano.

— ¿Este enorme problema os pilló por sorpresa?
— Algo de información se iba escuchando pero creo que no pensábamos que iba a resultar así; que fuera a ser “tan grande”; además, no contábamos con tanta información, y vino “todo a la vez”, no hubo tiempo de reacción; fue tremendo.
En Fuenlabrada andábamos con un poco más de retraso en relación a otros hospitales cercanos como el de Torrejón, donde se vivió uno de los brotes más importantes del país. Íbamos siempre como una semana por detrás. Cuando ellos ya estaban colapsados, nosotros teníamos en la UCI no más de tres pacientes. Fuimos muy poco a poco, pero al ser continuo y por las noticias que llegaban, pensábamos que nos iba a pillar a nosotros también.

— ¿Qué turnos de trabajo llegasteis a tener en aquellos días?
— Los horarios en medicina eran los que hacemos habitualmente, de 8:00 a 15:00, a lo que añadíamos las guardias de 24 horas. Enfermería y otros servicios tenían otros horarios.
A medida que pasaba el tiempo la gente estaba bastante cansada y fue necesario empezar a hacer alargar los turnos a 24 horas; algunos se dividían en 12 horas porque las guardias eran tan intensas que el personal estaba agotado. Hicimos como 6 guardias al mes cuando lo normal es que hagamos menos.

— ¿A tu alrededor cayeron enfermos muchos compañeros?
— De medicina interna, mi servicio original, sí que hubo varios compañeros infectados que se tuvieron que ir a casa. De mis compañeros residentes mucha gente cayó pero ninguno estuvo grave. Se infectaron muchos compañeros de urgencias, alguno grave, pero sin fallecimientos. En enfermería también se han infectado mucho personal. Intensivistas, no tantos, no sé el número exacto pero se insistía mucho en tener cuidado al realizar la intubación porque era un proceso de muchísimo riesgo para quien lo practicaba al exponerse de manera directa a la vía aérea del enfermo… o se protegían o se encontraban de cara con el problema. Eso sí, en mi hospital perdimos a una compañera que trabajaba en el Servicio de Limpieza.
Los profesionales han intentado protegerse con los conocimientos que hemos ido adquiriendo, poco a poco, y con los materiales que hemos tenido. Como se sabe, tuvimos esa etapa en la que, tras tres semanas en las que estuvimos utilizando unas mascarillas, luego vinieron a retirarlas. Las habíamos estado utilizando para protegernos, y la verdad es que te quedas con una cara.

— Ha sido todo un poco caótico…
— Sí, lo ha sido. Es lo que tiene ir gestionando, trabajando y aprendiendo a la vez. Se comenten errores que no debían haberse cometido pero es lo que tiene no haber tenido momentos para planificar todas estas cosas. Al final, todo se hacía muy rápido.

— Háblame del miedo durante aquellos días.
— Sí, claro que sí, es imposible no tenerlo. Es una enfermedad que no conocemos, lleva poco tiempo con nosotros y lo que sabíamos era lo que había pasado en China y en Italia.
Teníamos miedo porque al final es una trasmisión por vía respiratoria relativamente fácil de contagiar cuando no te proteges, y no estábamos acostumbrados a operar en esas circunstancias. Vas a trabajar y vuelves a casa sin saber si te has contagiado o no, y allí está tu familia, tu pareja… Tengo compañeras que han estado infectadas, ellas o sus parejas. De hecho, mi pareja, que también es médico, se contagió y estuvo aislado en casa. El problema era contagiar a nuestros familiares, amigos. Sí tuvimos mucho miedo de enfermar, de no volver a ver a nuestras familias.

— Imagino que contribuiría el desconocimiento de lo que era aquél virus.
— Sí. Aunque los médicos estamos acostumbrados a trabajar con mucha incertidumbre, porque en medicina están los diagnósticos, los tratamientos, está todo bastante protocolizado; habitualmente, hay ciertos casos que no salen en los libros y lo manejamos con un alto nivel de incertidumbre pero, en comparación, esto hay que elevarlo a la enésima potencia porque había pocos o ningún ensayo clínico, todas las publicaciones científicas que había eran estudios retrospectivos que miraban hacia atrás, lo que había ocurrido con los pacientes en China e Italia.

— Ha sido complicado porque no sabíais de donde venía la pandemia.
— Claro, necesitamos tiempo para conocer esta enfermedad, conocer qué complicaciones sufren los pacientes, qué síntomas presentan. Todo esto requiere un tiempo de aprendizaje y hemos estado aprendiendo a la vez que tratando, estudiando, investigando…Todo ha transcurrido muy deprisa y a la vez, creo que ese fe el motivo del caos.

— Ahora parece que la cosa va cambiando.
— Sí, ahora parece que todo está más tranquilo. Iniciar el confinamiento consiguió bajar el número de contagios y que los hospitales dejaran de colapsarse porque el virus no se mueve solo, lo movemos nosotros con nuestra actividad normal.
Alcanzamos el pico en un momento determinado y, desde entonces, el número de contagios ha ido progresivamente a menos. Se ha podido ir dando el alta a los pacientes, se han ido a sus casas, muchos enfermos del hospital se trasladaron a IFEMA para completar su recuperación. Ahora, ya llevamos un tiempo sin ingresar a pacientes, salvo lo que pueda haber pasado estos últimos días. Estamos acercándonos a una situación que se parece, sin serlo, a la normalidad pero sin bajar la guardia, preocupados con los rebrotes que estamos viendo. La situación todavía no es normal y no lo será en mucho tiempo.

— Estamos, como decía, en plena desescalada. Cuando llegue el otoño, en octubre o noviembre, y en la perspectiva de una segunda ola del Covid-19, ¿crees que estamos preparados para afrontarlo con más de seguridad que lo que hemos visto en esta última acometida?
— Nosotros pensamos que sí. El problema es lo que pueda venir; el tipo de rebrote y que se pueda unir coronavirus con gripe. Ese es nuestro mayor miedo. En caso de que se dé uuna segunda ola de coronavirus, estamos preparado; la gente lleva mascarillas y, desde luego no esperamos que se repita un brote como el que hemos vivido, sí que esperamos algunos casos y todos los hospitales tienen distribuidos circuitos para pacientes con sospecha de coronavirus y pacientes normales; intentamos tener los circuitos todo lo más separados posible.

— ¿Se puede garantizar que quien ha pasado el coronavirus posee inmunidad?
— En nuestro hospital, todo paciente que ingresa se hace tanto PCR como análisis serológicos y vamos viendo que los pacientes que han tenido la infección han generado en una gran mayoría anticuerpos, pero la respuesta a estas preguntas es aplicable a lo que comentábamos antes: necesitamos tiempo para saber qué tipo de anticuerpos, qué calidad tienen, cuánto tiempo duran, y si son defensas de buena calidad para futuras exposiciones al virus de esa persona.

— Además, dentro de esta historia, has aparecido en un vídeo de Vetusta Morla… que trata de la situación creada por el coronavirus… ¿Cómo te eligieron para hacer este vídeo junto a otros compañeros?
— “Los abrazos prohibidos” es el tema de la canción de Vetusta Morla. Fue muy sencillo, me lo ofrecieron el Jefe de Servicio de Medicina Interna y mis compañeros de Comunicación del hospital. Ellos fueron los que me preguntaron si quería participar.
A mí, y a otros compañeros, nos hicieron unas fotos y el equipo que realizó el vídeo seleccionó a la gente que más le gustó. Al día siguiente, o en cuestión de un par de días, estábamos grabando. Fue muy rápido y estuve encantada… (El vídeo puede verse en youtube: https://m.youtube.com/watch?feature=youtu.be&v=t_Lsd76Erfg)

— Además, todo esto ha afectado a tu vida personal… La pandemia, ha dejado pendiente tu propia boda…
— ¡Jolín, ya ves…! Pues sí. La verdad es que estaba todo un poco en pañales pero decidido y ya estábamos empezando a organizarlo.
Nos prometimos en el mes de enero y teníamos planificada la boda para finales de agosto. Con todo esto que ha ocurrido desde principios de marzo tuvimos que dedicarnos en cuerpo y mente, 24 horas al día, a luchar contra el coronavirus; y hablo en plural porque mi prometido también es médico. Cuando lo piensas da rabia pero es un mal menor. Y más si se compara con la gente que ha perdido a sus familiares, que tenía gente enferma y no podía ir a visitarlos, gente que ha fallecido en Residencias o en sus casas. Esos son problemas de verdad. La boda, ya se hará.

— Para terminar, alguna imagen que tengas grabada de estos meses…
— Un momento y una fecha. Empiezo por la fecha: mediados o finales de marzo… fueron las peores guardias que tuvimos. Teníamos todos los días muchos ingresos. La imagen era que siempre se sucedía todo como en una secuencia, casi todos los pacientes eran iguales, y eso que en una UCI se suelen ver problemas y tratamientos diferentes (infartos, enfermedades terminales, accidentes); en estos meses, con casi todos los pacientes que llegaban seguíamos el mismo procedimiento: los sedábamos, los intubábamos y los pronábamos (ponerlos boca abajo para ayudarles a respirar). Impresionaba, de verdad, ver cómo trabajaba todo el equipo de la UCI para ayudar al paciente, para ver si podía tirar para adelante. Esa imagen de trabajo en equipo de todo el staff de la UCI codo con codo, aunque estuvieran exhaustos. ¡No quiero ni imaginar que esto vuelva a ocurrir!