Tras la pista de las raíces populares

El folclorista Ismael Peña reivindica su deseo de que Segovia cuente con un Museo de la Música o de Etnografía que dé cobijo a su más de un millar de instrumentos y colecciones que atesora en su casa

El pasado año, la Diputación acogió la colección de botijos de Peña, decorados por artistas españoles. / N.LLORENTE
El pasado año, la Diputación acogió la colección de botijos de Peña, decorados por artistas españoles. / N.LLORENTE

No había “nada”. Pero a él ya se le despertó un profundo interés por el folclore y la canción del renacimiento. Lo descubrió en Francia. En España no se conocía “apenas”. Cuando sacó el disco, incluso creían que era música italiana. No había referentes. Ismael Peña (Torreadrada, 1936) estaba dando sus primeros pasos en la música. Y ya se atrevió a innovar. Desde ese momento, hizo de la defensa a ultranza del folclore su seña de identidad. Se convirtió en la sombra de las raíces populares. A lo largo de su carrera, igual le interesaba un traje, que un bordado o un arado. En definitiva, todas esas son expresiones del pueblo.

Es una historia larga que tiene sus inicios en la infancia. Desde pequeño, tenía una voz “bonita”. Su madre era maestra: enseñaba canciones y él las aprendía. Cuando estudiaba Bachillerato, ya montó en Cuéllar una rondalla “típica de esa época”. Pasó a la Universidad para cursar Derecho y Filosofía y Letras. Poco después, se matriculó en el Conservatorio. Estudió solfeo, armonía y cursos de guitarra. Y fundó una duna. La música le gustaba cada día más.

Cuando TVE estaba dando sus primeros pasos, ahí estaba él. Eran los años 50. Participó en programas dedicados al folk español. Cantaba en la radio. Una duna le ofreció un viaje a París. No dudó en la respuesta: dijo un sí rotundo. “Pero que no volvía”, bromea. En los años 60, se fue. Arrancó su carrera. No regresó hasta los 70.

“No sabéis lo que era ser un chaval en los años 50”, asegura. El hecho de que quisiera irse al extranjero, resultaba “rompedor”. Pero Peña no lo dudó. Su nacimiento musical fue “rodado”. “Si no te arriesgas con 20 años, ¿cuándo vas a hacerlo?”, se pregunta. Él arriesgó. Y ganó.

Mientras estaba en televisión, grabó discos. El primero se llamaba ‘Canciones de pueblo, canciones de rey'. Fue un “bombazo” en París. Se llevó el “mayor premio” que podía recibir en la música: L'Académie Charles Cros en 1965. Tiene tras de sí una decena de discos e innumerables actuaciones, recitales, trabajos, artículos y ponencias que dan muestra de su erudición.

“Ha habido cosas muy bonitas a lo largo de mi vida”, sostiene. La lista de premios que ha recibido es muy extensa. En su camino, se ha topado con Camilo José Cela. Ha hecho giras en Estados Unidos. Ha sido íntimo amigo de poetas como Gloria Fuertes –fue el heredero de todas sus pertenencias. El lunes, 14 de febrero, recibirá en Madrid un premio de etnografía por parte de la sociedad ‘Música Viva'.

Siempre ha paseado orgulloso el nombre de Segovia. Lo ha hecho con “honor”. En su primer disco ya incorporaba canciones de Torreadrada y Navalilla. Hacía “patria” dentro y fuera de España. Ahora siente que se le agradece el trabajo que ha hecho por su tierra. Prueba de ello es que recibió el título de hijo predilecto de la provincia en 2019.

En su casa guarda más de un millar de instrumentos. Los ha ido adquiriendo a lo largo de los años. Además, cuenta con 2.700 juguetes populares. Cerca de 600 trajes. 700 encajes bordados. Unas 1.500 piezas de elementos útiles de los trabajos de campo y del pueblo. Y mucho más. De ahí que espere que Segovia “se dé cuenta” de lo que alberga en su casa. Sueña con que se cree en la provincia un Museo de la Música o de Etnografía.

No ha sido sencillo labrarse una carrera como la suya. Pero ha hecho lo que le gustaba. Aunque ha tenido momentos “muy malos”, siente que su esfuerzo se ha recompensado. A sus 86 años, sigue en activo. Ahora está preparando un cancionero del agua. La cultura popular es muy amplia. Y su curiosidad no tiene límite.