Tras la pista de la belleza divina

Hace más de dos décadas que Milagros Esteban trabaja como guía en la Catedral de Segovia, lo que le ha llevado a conocer cada uno de sus entresijos y a dominar su patrimonio artístico, histórico y religioso

Milagros Esteban reconoce estar “enamorada” de la Catedral, en especial, del Cristo Yacente. / KAMARERO
Milagros Esteban reconoce estar “enamorada” de la Catedral, en especial, del Cristo Yacente. / KAMARERO

En cada una de las visitas, explica “todo lo que tenemos”. Lo entiende como algo suyo. Esto no resulta extraño para alguien que siente como su casa la que en la época medieval se concebía como el reino de Dios en la Tierra. Se deshace en halagos cuando habla de la Catedral de Segovia. De hecho, en más de una ocasión destaca lo “preciosa” que es. Aunque si tuviese que quedarse con algo, Milagros Esteban escogería el Cristo Yacente, del máximo representante del barroco castellano, Gregorio Fernández. Los ojos son de cristal. Y los dientes de marfil. “Es impresionante”, asegura. Su expresión “serena” le lleva a la meditación. Y a la oración. Le transmite soledad. Hace más de dos décadas que tiene la “suerte” de verlo cada día: trabaja como guía del Templo. Conoce cada uno de sus entresijos. Su patrimonio artístico, histórico y religioso. La segoviana sigue yendo tras la pista de la belleza divina.

Estudió Filología. Se enteró de que estaban impartiendo cursos de arte sacro. Y no se lo pensó. Al mismo tiempo, aprendió Teología. Fue así como descubrió un mundo que rápido le apasionó. Le parecía algo “diferente”. Que reflejaba la belleza divina que aparece representada en todas las obras de arte. Estas tienen una inspiración “profundamente religiosa”: se basan en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Tanto le gustaron, que se especializó para ser guía de arte sacro. Al principio, ejerció siete años en la Iglesia de San Millán. De ahí pasó a la Iglesia del Corpus Christi, donde estuvo dos años. Y, finalmente, en torno al 2000, aterrizó en la Catedral.

Lleva más de 20 años explicando el Templo a fondo. No le resulta “aburrido”. En cada ocasión lo hace de forma distinta. Aunque hay algo que siempre mantiene: trata de hacerlo de manera “amena”. Solo así puede llegar a los visitantes. Cuando se pone ante ellos, actúa como si los conociese “de toda la vida”. Apuesta por la cercanía. “Debe de ser mi carácter”, bromea.

El arte sacro siempre ha estado unido a la religión: en lo visible, se ve también lo invisible. Todo tiene una simbología. En la didáctica cristiana, “lo religioso se afirma por medio de un símbolo”, cuenta. Al hilo de esto, Esteban recuerda lo que decía Santo Tomás: “No es bella una cosa porque la amemos, sino que la amamos porque es buena y bella y todo lo que es bueno y bello es verdadero”.

Para aproximarse a este mundo, es necesaria una vinculación previa con la religión. Ella la tenía. Partía de una base: es creyente. Recibió una formación religiosa en su etapa educativa. Siente que esto le “sirvió mucho” para entender el arte. Su significado. Y lo que realmente representa.

A lo largo de la conversación, demuestra su gran dominio de esta materia. Esto también lo confirma cuando contagia a quienes visitan el Templo segoviano lo que este significa. La de Segovia es la última Catedral gótica. Una de las características del gótico es la “verticalidad”, que simboliza el deseo del hombre de acercarse a Dios. En el arte gótico, la concepción teológica de Cristo es diferente. De ahí que sustituyan la pintura mural por las vidrieras. “Estas crean espacios sagrados porque simbolizan las sagradas escrituras”, relata Esteban.

Es de las que creen que nunca se llega a conocer del todo a esta Santa Iglesia. Prácticamente cada día descubre algo diferente. Para Esteban, es un orgullo relatar esta parte de la historia de Segovia. “Yo amo la Catedral”, concluye. Es por eso por lo que espera seguir en ella unos cuantos años más: hasta que Dios quiera.