Primer ejemplar de la “Página literaria” de EL ADELANTADO DE SEGOVIA.

No se me ha olvidado un pequeño episodio de mis días en el Instituto de Segovia, que entonces era el único y no se llamaba Mariano Quintanilla, pues este profesor había sido destituido de su cátedra y subsistía ganándose la vida con clases particulares por los pueblos de Castilla.

A veces los condiscípulos nos hacíamos preguntas de literatura. Así nos ejercitábamos en nuestra asignatura predilecta. Entonces se leía. Estábamos en el patio, era la hora del recreo. Me preguntó uno de ellos, el arquetipo del bonachón por cierto, la sociedad literaria a que había pertenecido Pedro-Antonio de Alarcón. Yo no supe contestarle. Era “La Cuerda Granadina”. El dato basta para caracterizar aquel tiempo.

El cual para mí fue también el de una desgracia, no tener de profesor en esa disciplina a don Ángel Revilla, infortunio del que yo no tuve la culpa, sino la continuidad en los siete cursos del bachillerato del mismo docente, en ese caso desde el primero de Gramática que enlazaba con la escuela primaria hasta las puertas de la Universidad. De mis primeros años en el colegio claretiano de Aranda de Duero recuerdo al padre José-María Estefanía, forzado a una multiplicidad de enseñanzas, pero que para la literaria tenía la virtud primera, la sensibilidad. Nos encargó a todos ir escribiendo una novela, pero al darse cuenta de que se copiaba devolvía el cuaderno con el imperativo de “no seguir”. Yo me quedé casi solo con la mía, Memorias de un arcipreste, tan sola ella que sucumbió a su misma soledad.

El libro de texto era algo entonces muy prestigioso. Nosotros distinguíamos los escritores según que figuraran o no en él. El nuestro era de Narciso Alonso Cortés, el cronista de Valladolid, plúmbeo, limitado a los datos biográficos de cada personaje y su obra, sin el más ínfimo asomo de cualquier sugerencia o creatividad, como las había en los recuadros de los libros competidores de Blecua y Díaz Plaja. Mi entrañable amigo Alberto Blecua, uno de los Blecuas hijo, me dijo que en su casa vivían bien gracias a la industria “textil”, cuando su padre era catedrático del Instituto de Cuevas de Almanzora.

Esa clasificación también valía para los grandes tratados, aunque para aplicársela había que tener en cuenta el plan de cada uno. El de Hurtado y González Palencia era una formidable acumulación de materiales, mientras el de Valbuena prefería elaborar muchos menos con más extensión y siempre con un delicioso toque personal orientado a la relación con las bellas artes y a cual más seductor; ahora se ha publicado un librito con la historia de sus ediciones, muy variopinta, tanto hacia dentro como hacia afuera. Una alusión en una publicada en la guerra, a la probable muerte de García Lorca “asesinado por los rebeldes en las tierras de Granada” valió al autor la expulsión de la universidad primero y luego su traslado forzoso y acribillado a multas de Barcelona a Murcia, donde se encontró con buenas gentes pero sólo alivio del trauma.

Mas lo que a mí me interesa subrayar aquí es que el criterio de aquellos autores para dar o negar entrada a un escritor en sus textos no era su categoría literaria sin más. En efecto, había capítulos enteros que por principio quedaban excluidos. Y era una toma de postura para la que no había fronteras. Recordemos que Julio Verne no consiguió entrar en la Academia Francesa, y sólo hace muy poco se ha hecho sitio a algunas obras suyas en la “Bibliothèque de la Pléiade”.

Valbuena despachó la llamada novela erótica entonces en boga con una nota en la que acusaba a sus adictos de reducir los problemas amorosos a “sexuales y convertir la literatura en medicina”– por cierto que desde su punto de vista hubiera debido escribir fisiología-, sin hacer siquiera una excepción con Felipe Trigo, uno de los grandes maestros del género novelístico sin más, pero envasado tácitamente en el mismo saco de Álvaro Retana o el Caballero Audaz.

La explicación está clara. De nuestra literatura contemporánea sólo se tenían en cuenta dos ámbitos, el Noventa y Ocho y el modernismo. Pero se ignoraba la que se ha llamado generación del Cuento Semanal, desde 1907, la primera colección del generoso diluvio que siguió de novelas cortas, aunque debemos aclarar que novelas cortas escribieron todos, también los que habían entrado en los libros de texto incluso los más eminentes, hasta algún eclesiástico. Un panorama que duró hasta la guerra civil.

Acá y acullá se negaba su espacio natural a la novela de aventuras, de misterio e intriga, sin indulgencia para la policíaca- individual fue el tributo a ésta de Laín Entralgo-, al folletín y a la novela rosa, como a la novela por entregas del siglo XIX. Con esta enumeración no pretendo ser exhaustivo, sino más bien ejemplificar. Y sin entrar a fondo en la materia se me viene a las mientes una observación de Chesterton, de que el pueblo no tiene mal gusto, sino que prefiere ciertos géneros pero dentro de ellos elige a los mejores cultivadores.

Hay además que tener en cuenta que las novelas realistas eran a veces una fuente historiográfica para conocer la sociedad y la cotidianidad de la época. Yo oí a don Antonio Domínguez Ortiz, el gran maestro, valorar en ese aspecto las de Felipe Trigo. Y el profesor Jover recomendó a una alumna El negro que tenía el alma blanca, de Alberto Insúa, advirtiéndola que tuviera cuidado al toparse con ciertas escenas.

He recurrido al Diccionario de la Academia para salir de la encrucijada. Y he acertado pues aunque a primera vista no me lo pareciera por lo lacónico de la definición, me di cuenta enseguida de que en esa parsimonia está lo más enjundioso y abierto de su sustancia, pues nada de ella deja fuera cuando identifica la literatura como “el arte de la expresión verbal”.

Baste el ejemplo de su apartado más ínfimo, el de esa literatura prefabricada y en serie, dependiente de lugares comunes y tópicos, sin apenas aliento creador, la “literatura industrial”, de la cual la pornográfica es una especie, pero que no deja de ser expresión verbal y tener una gota de arte, y no porque en sus tiempos la cultivaran Blasco Ibáñez y Simenon, aunque a la postre sin entrada en sus Obras Completas.

Así las cosas, el 17 de septiembre de 1906, EL ADELANTADO DE SEGOVIA inició su semanal “Página literaria”, coordinada por José Rodao. Hojeando la colección del periódico se da uno cuenta de la significación de éste en la vida segoviana, sin desmayo una sonrisa bondadosa y una leve caricia paternal en aquella calma solemne de la provincia, si aceptamos la expresión de Balzac.

Montero Padilla sitúa su obra entre el Noventa y Ocho y el modernismo, aunque él presumía de su hostilidad a éste, negando la entrada, por falta de franqueo a “las cuartillas en que se hable de las tardes azules, de las manitas blancas, de las pupilas coruscantes, de las ninfas liliales y de las miradas glaucas”, pero para puntualizar inmediatamente haberse ya convenido en que “las leyes y reglamentos se hacen para no cumplirse”.

Lo que si tuvo cumplimiento, hasta su muerte el 24 de enero de 1927, indefectible en sus cándidos desahogos “de lunes a lunes”, que a veces firmaba sencillamente “Pepe”, era su programa tan sencillo como profundo, a saber “como la vida es amarga, conviene de vez en cuando recrear el espíritu con los dulces e inefables goces del arte y la literatura fácil y entretenida”. El fallecimiento tuvo lugar a los dos años de cerrada la “Página”, el 13 de febrero de 1927, pero habiendo mantenido su colaboración en el diario, con una sección que tituló “Papiroladas”, en la que se turnó con Ramón y Ángel Dotor. ”Quien sabe si ahora, ahora que no tengo necesidad de escribir a plazo fijo, será más frecuente mi colaboración con los amables lectores de EL ADELANTADO”, escribió al despedirse, y así fue, en el diario del que había dicho muy tempranamente, que “desde hace tiempo lo conozco todo/ y entro aquí como Pedro por mi casa”.

La primera “página literaria” vale de compendio de los diez y nueve años de su historia, en una doble vertiente, los escritores de difusión nacional por un lado y los locales por otro, habiendo entre los locales alguno que en ella debutó y después dio el salto al otro apartado. Por ejemplo Alfredo Marqueríe. Al ponderarle yo a éste su temprana inclusión en el suplemento del Espasa de 1935, me dijo, “yo de chico entonces”, pero mucho más chico el 13 de junio de 1919 cuando, teniendo doce años, apareció allí su primera poesía publicada, Quisiera verte española.

Volviendo a la primera “Pagina,” encontramos en ella el artículo Genialidades de Rembrandt, de F. Navarrete. El titulado ¡Modernistas!, de Francisco Capella es una crítica en la línea de Rodao, aunque lucen esplendidas melenas que les dan apariencia de leones […] ¿y es eso modernista? A cualquier cosa le llaman las patronas chocolate. Como modernista se encasilla sin embargo corrientemente a otro colaborador, Marciano Zurita, un palentino conocido en toda España por su asiduidad en el “Blanco y Negro”, de un sentimentalismo romántico que le define… ¡Vaya una pregunta! tituló su poesía: Me peguntaste una vez, ¿qué harías tú para amar?

Del Conde de Cheste se recuperaron unos versos inéditos, La adulación su título: Rechaza pues la miel que acíbar cría. El artillero Carlos Cano hizo una aportación al Album segoviano a la Virgen de la Fuencisla.

Sin que pudieran faltar ejemplos consagrados de la vena festiva de Rodao, que luego se encontrarían bastante, Vital Aza y Juan Pérez Zúñiga. Unas Bagatelas del primero: ¿Qué cosa es amor platónico?/- Es un pescado sin salsa. Del segundo unas Noticias y comentarios; De los cuernos del toro/ a los de la luna.

Y ya debemos terminar pues hemos llegado a nuestra propuesta meta. Que EL ADELANTADO DE SEGOVIA, sobre todo en su titulada “Página literaria” semanal, pero también en sus espacios literarios del resto de la semana, fue un exponente de la totalidad de la literatura española coetánea, liberado por lo tanto de los prejuicios académicos a los que veíamos limitadas las historia de la literatura escritas en la época. En ella escribieron, por ejemplo, el citado Insúa, Joaquín Belda, Hoyos y Vinent, Zamacois, Pedro Mata y tantos otros.

Hay que tener en cuenta también sus folletones, en los que aparecieron El misterio de un crimen, de Xavier de Montepin; El diablo en palacio, de Ramón Ortega y Frías, e Immaculada de Rafael Pérez y Pérez.

Con una última observación, que en la historia de la literatura entra no sólo la producción sino también el consumo. Sin que haga falta valorar el papel de la prensa de provincias en este ámbito. Recuerdo haber oído a los viejos peatones de correos supervivientes en mi juventud- no llegué a conocer al que tuvo a su cargo los tres Castros, los tres Navares, Castrillo y Urueñas– que siempre habían llevado a los pueblos de su itinerario “mucho papel”– papel se llamaba a veces entonces el periódico-. Acaso el vocablo no habría conocido esa acepción en la era digital.