Detalle de La Fiesta del Pan, obra de Joaquín Sorolla (1913).
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La pintura de la segunda mitad del siglo XIX se caracterizó en muchos casos, por centrarse en plasmar los hechos históricos gloriosos del pasado de España como nación, marcando el contrapunto de la verdadera y complicada situación que atravesaba el país: María Cristina como reina regente, magnicidios como el del jefe de gobierno Cánovas del Castillo o las pérdidas irreparables del colonialismo hispano (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). En esa tesitura histórica florecen un buen grupo de pintores del género histórico español: Casado del Alisal, Rosales… En reacción a este tipo de pintura histórica surgirá una nueva generación de pintores que sustituirán los personajes históricos por tipos populares, convirtiéndolos en los protagonistas de sus lienzos y bebiendo de la tradición hispana de grandes autores como Velázquez o Goya. Nacerá el regionalismo pictórico del cambio de siglo que se extenderá por las primeras décadas del siglo XX.

Esta corriente venía a plasmar en sus cuadros las preocupaciones del momento histórico finisecular rompiendo con el costumbrismo más propio de los últimos tiempos del romanticismo decimonónico. La crisis política, económica y social fue la piedra que marcó el debate en torno a la definición de España como nación y cada uno de sus territorios que se vio plasmado en la obra pictórica del tiempo histórico que le perteneció.

La lista de autores del regionalismo pictórico es amplísima en todas las provincias españolas. Pero fueron muchos los autores que recalaron, de alguna manera, en la Segovia rural para retratar sus tipos populares. La cercanía a Madrid atrajo a buena parte de los pintores que estaban vinculados a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando a través de la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid y a grandes autores como fue el caso del valenciano Sorolla o Zuloaga.

El gran Sorolla es uno de los artistas más fructíferos, dejando más de 2200 obras de arte. Enmarcado dentro del impresionismo, es sin duda el autor más importante del regionalismo pictórico dejando un conjunto de obras singulares. El pintor visita Segovia por primera vez en octubre de 1906. Durante los cinco días que dura su estancia en la ciudad se dedica a pintar estudios, todos ellos de paisajes. En 1907 vuelve a Segovia, esta vez a La Granja, con su familia, donde pintará los jardines y retratos de su familia y la familia real. Fechado en 1910 aparece uno de sus cuadros de tipos segovianos más interesantes, España pintoresca, Segovia. Pero es en 1912, con el encargo de la Hispanic Society of America cuando aborda apuntes del natural que en gran medida le servirán para abordar su plafón de Castilla La Fiesta del Pan. La estancia en Segovia tuvo que ser forzosamente corta, pues no existe correspondencia de la misma. Se sabe que arribó a la ciudad castellana después del viaje a Oropesa, Lagartera y Talavera y antes de pintar en Ávila.

Sorolla recibe el encargo de la Hispanic Society of America de representar la esencia del pueblo español. Y es precisamente este contrato el gérmen para la consecución de una de las obras culminantes del arte universal de nuestro siglo. Las grandes dimensiones de este conjunto de obras pictóricas (su Visión de España), le obliga a viajar por toda la geografía española durante ocho años, rebuscando lo más singular de la indumentaria y el vestir de los tipos hispanos y sus costumbres. Con ese cometido durante 1912 visita Lagartera, Segovia, La Alberca, Soria y Ávila.

Estos cuadros y estudios previos fueron el origen para componer su conocida obra Castilla, La Fiesta del Pan, la composición más grande de la serie, pues el pintor valenciano otorgó a la región castellana el máximo de protagonismo. La obra, con un marcado carácter panorámico, representa mediante una procesión y una romería la solemnidad y el divertimento, la ofrenda y el mercado, aspectos que para el artista definían el carácter de los pueblos castellanos. Sorolla empieza a pintar este cuadro en febrero-marzo de 1913 en las afueras de Madrid, por donde desfilaron numerosos modelos que pintaba del natural (de hecho, todavía hoy en día, guarda el Museo Sorolla una importante colección de indumentaria tradicional que sin duda se utilizó para tal fin). En la parte izquierda de la composición, sentadas sobre los sacos de grano, aparecen la segoviana con montera y toca, armilla con sangraderas, manteo azul encintado de galones metálicos, mandil de golpes y amplia franja de terciopelo y zapato de hebilla, dando el pecho a un infante en mantillas y al lado derecho la avilesa con su gorra de paja y su manteo amarillo con tirana roja.

A la derecha, la avilesa, con su gorra de paja (que más que abulense diríase que se toca con un modelo salmantino, una gorra rastrojera de espejo), su camisa galana de estilo charro y su manteo amarillo de tres tiranas picadas, la del medio morada y las otras rojas, este sí, al gusto del Valle Amblés.

Pero existe una pieza singular en la composición: la mantilla de acristianar (depositada en el museo madrileño y catalogada como segoviana). Aunque el muchacho es sostenido por la enmonterada segoviana, el niño viste al uso y manera del Valle Amblés abulense. Dicha pieza, única en su ornamentación y colores, se corresponde con las tipologías aparecidas en la provincia de Ávila (campanas y cenefas con castañuelas y pájaras). En Segovia hasta el momento no han aparecido estas piezas con ese tipo de adornos, pues el ornamento de las mantillas y manteos difieren notablemente con las de las ropas serranas abulenses. Por algún motivo que desconocemos, el pintor hizo pasar por segovianos modelos vestidos con el más genuino de los ornamentos serranos abulenses: las tiranas picadas.

Era muy común, en la provincia vecina, que junto con el manteo de tirana picada se presentara la mantilla de acristianar decorada del mismo modo y manera. Se documenta, en la provincia de Ávila, como el ornamento de estas prendas de criar armoniza con la estética y técnicas empleadas en la decoración de las sayas de las madres y madrinas, siendo una forma de prolongar la protección, acogiendo en su envuelta al infante como lo llevó en el seno durante el embarazo. El vestir infantil se completaba con gorro y marmota, manguitos, juboncillo, babador y fajero.

Llama la atención, por el contrario, la escrupulosidad con la que cuidó modelos singulares de otras provincias, escamoteando a las avilesas entre el vestir de más rumbo segoviano.