La panadería Marín del barrio de San José atiende a sus clientes siguiendo las distancias de seguridad. / Nerea Llorente
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Cuenta Mariángeles, a la puerta de una carnicería del barrio de Santa Eulalia, que “no nos hemos dado cuenta hasta que ha pasado esto del coronavirus de lo valiosas que son las tiendas del barrio. Saber que a pocos metros de casa tienes una en la que hay de casi de todo te da la vida estos días, porque tranquiliza, a mí por lo menos me da seguridad. Ahí están el Menganito o la Fulanita, siempre con una sonrisa o una frase amable o un chascarrillo para hacer más agradable una situación dura; que la procesión, ahora que estamos en Semana Santa, la llevarán por dentro, pero casi ni se les nota”.

Este Sábado Santo por la mañana han vuelto las largas filas de personas a la puerta de medianas y grandes superficies, en la calle, a ratos con lluvia, esperando a entrar para hacer la compra entre 15 y 30 minutos de media, según los casos. También se apreció más movimiento en el pequeño comercio de alimentación, en esas tiendas de barrio, de las de toda la vida, o en supermercados pequeños, con una reducida plantilla que se multiplica en estos tiempos de confinamiento para que todo esté como siempre. Aquí los tiempos de espera pocas veces superan los 10 minutos en panaderías y tiendas de ultramarinos y los 15 o 20 en el resto: carnicerías, pescaderías, etc.

Varias personas esperan en fila para entrar en el centro comercial de la capital segoviana. / Nerea Llorente

Mariano Cuéllar, de San Lorenzo, que reside en una vivienda de la carretera de Tres Casas, llama a El Adelantado porque quiere “hacer un gran reconocimiento a todos los que día a día están al pie del cañón para abastecernos y en mi caso a las tiendas de la parte alta del barrio”, en el entorno de Vía Roma.

Habla con mucho cariño “del pequeño pero gran DIA con su jefe, Antonio, y su gran equipo: Daniel, Aroa, Cristina, Miriam y Nona, que están todo el día y siempre que vas tienen buena cara y una sonrisa”.

Pero Mariano, que no quiere olvidarse de nadie y hace extensivo el reconocimiento a todo el comercio abierto durante estas difíciles semanas en el barrio de San Lorenzo, envía también su agradecimiento a la farmacia de Vía Roma, la pescadería Jeyro, la frutería La Huerta de San Lorenzo, la carnicería de Héctor, el estanco, el quiosco de prensa “y una mención muy especial para el Minimarket Latino, con su propietaria Leticia Herrera y su equipo, y a la pequeña carnicería que está al lado, que abren hasta en domingo”.

Para los propietarios o responsables de estos pequeños establecimientos saber que se sienten queridos, reconocidos en su esfuerzo, es vital. Quizá por eso, Fernando Marín, de la Panadería Marín de San José, popularmente conocida como la tienda de ‘Falele’, un comercio familiar que ha abastecido a varias generaciones del barrio, lo primero que destaca en esta situación de limitación de la movilidad es “el fenomenal comportamiento “ de la inmensa mayoría de sus clientes.

“Lo llevan bastante bien, cuando vienen a comprar guardan la distancia de metro y medio o dos metros y pasan de dos en dos a la tienda, sin problemas. Siempre hay alguno que viene dos o tres veces al día, pero en general estoy gratamente sorprendido con la gente”, asegura.

La primera semana desde la declaración del estado de alarma el establecimiento abrió sus puertas también por la tarde pero luego Fernando decidió hacerlo solo por la mañana, en un amplio horario: de seis a tres, y evitar a esa pequeñísima parte de la población que busca la excusa de alguna compra para poder salir de casa.

En un barrio como el de San José, esta tienda, situada en la calle de Tomasa de la Iglesia, muy cerca del templo parroquial, ya hacía desde antes una labor social que va más allá del servicio comercial, con una atención personalizada, familiar, porque Fernando, Meli, Aitor y ahora también Phillipe, conocen por su nombre a prácticamente todos los clientes, a los habituales.

Este establecimiento recibe todos los días “un montón de pedidos de personas que no puede salir de casa, y encantados de llevárselos; no hay ningún problema porque vamos con toda la protección. Ya lo hacíamos antes pero ahora multiplicado por mucho más. Además no ponemos ningún límite, lo que la gente necesite, y no les cobramos nada por llevarlo a domicilio”.

La clientela ha crecido algo porque hay vecinos que prefieren no ir a los supermercados y Fernando recalca que no les ha faltado ningún producto –además de pan y leche, venden yogures, galletas, conservas, congelados…–, quizá, como anécdota, alguna especialidad en los yogures si se echa en falta. Comenta, además, que el 85% o 90% va a por el pan a diario, el resto compra para un par de días. “La gente necesita airearse, aunque sea diez minutos, que lo entiendo”, añade.

La plantilla del supermercado DÍA de Vía Roma es como una familia o un grupo de amigos. Arriba, ahora con sus mascarillas y, sobre estas líneas, antes de la crisis sanitaria, en una fiesta ‘pijama’ de cumpleaños. / E. A.

En la plantilla del DIA de Vía Roma reconocen que todavía les parece vivir en un mal sueño y que “solo tienes que despertarte”. El primer fin de semana del estado de alarma “fue una locura porque no sabíamos como gestionarlo” pero enseguida comprendieron que todo iba a seguir igual durante un tiempo y, aunque cada día se levantan con las mismas dudas que el resto, “saber si nuestra gente va a estar bien”, devuelven el agradecimiento que reciben: “hay clientes que ayudan mucho a que tengamos esa alegría todos los días”.