Refugiados Curso Espanol
Moussa y Bakary (nombres ficticios) sentados en un banco frente a la iglesia del Cristo del Mercado. / KAMARERO

Moussa (nombre ficticio) comparte una patera que partió de Senegal con otras 47 personas. Aún queda agua, pero la comida –principalmente galletas y arroz- se acaba a los ocho días. Será solo el principio de los problemas porque al noveno día se acaba el combustible y la patera yace sin rumbo durante casi 48 horas más. Sin esperanza. “Tenía claro que íbamos a morir. Ya no había remedio”. Entonces, unas patrullas aéreas avistaron su posición y los servicios de salvamento llegaron a rescatarles. Y aquel joven de 19 años que asumía que todo había acabado pisó tierra firme y empezó una segunda vida que ahora disfruta en Segovia.

Antes de partir de Senegal, Moussa sufrió los estragos de la guerra en Mali, recrudecida en los últimos dos años con la presencia de grupos yihadistas amenazando una gran parte del territorio y saqueando comunidades en un país muy extenso y diverso, con comunidades importantes como los tuareg y ciudades con gran valor cultural como Tumbuctú. “La vida es muy difícil, no hay trabajo”. Tras el fallecimiento de su padre, él vivía con su madre y su hermano pequeño y trabajaba como agricultor. “Decido ir a España porque necesito ayudar a mi familia”.

Salió de casa hace un año y tres meses. Fue de Malí a Senegal, hacinado en un camión con otras 17 personas en un viaje de dos días. En Senegal trabajó cuatro meses limpiando zapatos –la crítica dice que tiene un talento natural– para ahorrar dinero y por pagarse el viaje en patera. El traslado lo gestionó un amigo: él se limitó a entregar el dinero sin hacer preguntas. La costumbre es que cada migrante se siente en la patera, cree su burbuja -física y emocional- y no se mueva de ahí en todo el viaje. Apenas habló con otras tres o cuatro personas. Y relata varios casos de compañeros que evidenciaron los efectos psicológicos de jugarse la vida en mar abierto.

Fue el mismo destino al que se enfrentó Bakary (nombre ficticio), un maliense de 28 años que salió del país a finales de 2020 ante el saqueo masivo y constante en la comunidad en la que vivía. Era agricultor y tiene familia allí. Fue de su región hacia Bamako, la capital del país. Desde allí partió rumbo a Senegal, un viaje de autobús que duró aproximadamente un día. Tenía dinero ahorrado para costear la patera, que también tenía 48 miembros.

Bakary tiene una timidez natural, pero sonríe tanto como habla, un gesto que ni siquiera la mascarilla puede esconder. Estuvo siete días en la patera, una experiencia que aún está procesando, pues el luto migratorio lleva su tiempo. Sobrevivió comiendo chocolate y galletas, pero no quiere entrar en pormenores de su experiencia en alta mar ni habla de cómo fueron aquellas noches inciertas. Había una sola mujer entre ese medio centenar de viajeros y ningún niño. Llegó a Las Palmas a finales del año pasado, con buena temperatura pese al invierno. “En Canarias no hace frío”, sonríe.

Con la maleta lista

El Gobierno decide el itinerario de cada uno de los solicitantes de asilo y las ONG de cada provincia se limitan a acogerles y atenderles, sin tener voz ni voto en su movilidad. Moussa llegó a España con 17 años y pasó sus primeros cuatro meses en Las Palmas en un centro de menores. Después, pasó a un centro de adultos y a un hostal hasta que se decidió su traslado a Segovia y cogió un avión a Barajas. Lleva tres meses en Segovia y se muestra muy agradecido: “Todo perfecto. La gente se porta muy bien”. Subraya que el español es “muy difícil” y aspira a trabajar en España como carpintero. Y, si el futuro lo permite, traer a su familia a un lugar seguro.

La manutención y el alojamiento incluyen ayudas en especie como la ropa. Bakary llegó a Segovia en un autobús procedente de Sevilla con otros cuatro compañeros. Cuando los responsables de Accem les preguntaron de dónde eran, esperando una nacionalidad como respuesta, ellos respondieron: “Somos de Sevilla”. La integración en Segovia ha sido igual de buena. “Muy bien”, resume.

Uno de los hobbies que más aprecia la comunidad de refugiados es el fútbol, deporte hegemónico en Malí. Hay un grupo nutrido que juega en varias canchas de la ciudad. Agradecen el tutelaje de varios subsaharianos que llegaron a Segovia en la fase álgida migratoria de la anterior década, entre 2006 y 2011. Se quedaron a vivir en la ciudad y ahora ayudan con su experiencia a los recién llegados. El ejemplo de su vida normalizada es un incentivo. Los pisos de acogida suelen tener un olor excelente; Moussa no cocina, pero Bakary sí tiene grandes habilidades culinarias.

Los medios de protección contra el Covid en Malí brillan por su ausencia. “No hay mascarillas”. Con todo, no temen que el virus pueda causar estragos en sus familias. Hablan con ellos y están bien, la única prioridad de sus vidas. Ponerse a salvo ellos mismos es el primer paso para proteger al resto. Por eso, cuando se les pregunta qué es lo que más echan de menos de su país, responden con el mismo concepto: “Familia”.