la ventana indiscreta
La ventana indiscreta.

Me quedo con mis películas porque navego errático, tenso y sin rumbo.

No podrás conmigo, temblor. Me repito esto a mí mismo, diariamente, continuamente. Quizá si lo escribo espanto el temblor por un rato, el temblor que no es sólo de mi mano, el temblor que apunta a mi naufragio. No podrás, al menos ahora. Ahora escribo, a mano, luego con mi viejo ordenador, que resiste. Me lanzo a la luz del , a la pintura que luego es daguerrotipo, que es fotografía, que es cinematografía.

¿Por dónde empezar? De nuevo tengo sólo borradores, como decía, que escribo a mano agarrotada, puro desconcierto. Lo mejor es ir al jarabe, al licor, a la “presencia remota” que describía Enrique Azcoaga. Sí, la poesía, los “pétalos” de aquellos soñadores de 1927, los pétalos de Manuel Altolaguirre, que también fue cineasta y escribió: “Mírate en un espejo y luego mira/ estos retratos tuyos olvidados:/ pétalos son de tu belleza antigua,/ y deja que de nuevo te retrate/ deshojándote así de tu presente;/ que cuando ya invisible sólo seas/ alto perfume libre, alma y recuerdo,/ junto al tallo sin flor pondré caídos/ estos retratos tuyos, para verte/ como aroma subir y como forma/ quedar abandonada en este suelo”.

Estoy en mi taller naufragio. Sí, ahí tengo mis herramientas de trabajo, mi bolígrafo pilot azul, papeles plegados que llevo en el bolsillo y mi empeño zigzagueante y solitario. Tengo algunos versos, mis instantáneas favoritas del cine en los viejos estantes del taller, retrato de los ojos de Nicole Kidman en “Retrato de una dama”, a Irene Jacob en “La doble vida de Verónica”, a Trevor Howard y Celia Johnson en “Breve encuentro”. Cines míos que quiero cerca.

Ciudadano kane
ciudadano kane.

Está también en mi taller mi presencia a veces derrotada, abatida, incomunicada. Es entonces todo realidad y mal humor. El buen humor es el cine. Pero está tal o cual película olvidada que no recordaré. Otras que nunca ví ni nunca veré. ¿Cómo actuar? ¿Cómo vivir? No lo sé. Soy completamente inútil para eso. Yo soy cine. Soy cine y lo leo y lo escribo, me refugio en mis cines. “Yo lo que quería era estar en el cine”, me dijo Manolo Matji. Estoy con él, estamos juntos en esto, buenos amigos en el cine Tres de Zamarramala.

La pregunta que me planteo, que planteo al lector. ¿Qué hacer? ¿Seguir pedaleando frenético, para ver todo lo posible o bajar de la bicicleta y estudiar un árbol? ¿Ver rápidamente mil películas sin detenerse demasiado en ninguna o atrincherarse en alguna de ella, estudiar a los cineastas que están tras ella?

narciso negro
Narciso negro.

Uno de nuestros maestros, grande de nuestro cine, es el director de fotografía José Luis Alcaine. Él nos da una clave para leer, para escribir, para hacer cine, para enfocar cualquier labor que pretende ser artística. La clave es la verosimilitud: “Si tu creas una luz verosímil, el espectador la nota y se deja llevar por ella. Si no es creíble, el espectador puede pensar: “Estamos en un decorado viendo cine”. Eso es lo que yo no quiero. Yo quiero que el espectador se integre en la película, que entre en ella y que de alguna manera se sienta como un personaje. Para buscar eso, la luz creíble es interesante”.

breve encuentro
Breve encuentro.

Nos detenemos un poco en la posada del director de fotografía en el cine. En vez de fotógrafo podemos llamarlo “cinematógrafo”. Sería lo adecuado. Sí, sí, cinematografía.
La clave es el punto de vista. Estamos como James Stewart en “La ventana indiscreta” de Alfred Hitchcock. En esta película de Hitch (quizá la mejor de las suyas) estamos ante la mirada, ante la curiosidad. El cinematógrafo no es Hitchcock. Es el director, pero el cinematógrafo es Robert Burks. Nunca oí hablar de él, pero se trata del cinematógrafo que observa a James Stewart que a su vez observa a los vecinos de enfrente. Y ojo porque la fantasía de Hitch pronto se convierte en esto que nos decía Alcaine de la verosimilitud. La verosimilitud de Stewart se produce cuando observa a su novia Grace Kelly en ese vecindario, en ese peligro. El trabajo de Stewart es soberbio.

Parecía, sólo parecía que realmente Stewart y Kelly no estuvieran allí. ¡Claro que estaban, que están! Miran por una especie de catalejo, de un prismático, tal y como hace Robert Burks, trasladando la realidad, pintándola.

Apunto entonces nombres de estos directores de fotografía en mis papeles de taller naufragio. Los apunto desordenadamente. Algunos los conozco, me he fijado en sus trabajos en el pasado. Tenía curiosidad por el territorio de la fotografía del cine, tal y como me sucedía, por ejemplo, con los compositores. Nuestra curiosidad puede no tener fin en el cine. Todo puede estudiarse. Y olvidarse, claro.

¡Qué cineasta había sido Gregg Toland! Sí, Toland, que retrataba la bruma, el sueño de John Ford en “The long voyage home”. Toland, que seguramente por este trabajo llamó la atención de Orson Welles para “Ciudadano Kane”. Seguramente Kane no sería el mismo sin el trabajo de Toland. Gracias a Toland la película es el tótem que resiste al paso del tiempo, que muestra su grandeza, un cine en el que todo encaja. Kane sigue ahí, película impertérrita.

¡Jack Cardiff! El cine a bordo del precipicio, que marea como en una tempestad, sima terrible, fotografiada magníficamente por Cardiff. Es “Narciso Negro”. Nunca vi más brillante y luminosa a Deborah Kerr que en esta película, verdaderamente inquietante. Intento aprender de Deborah Kerr como enfrentarme a los precipicios, al sinsentido.
Y para inquietante nada como “Persona” de Ingmar Bergman, la película más apasionante que conozco sobre la comunicación y la incomunicación. Esta película es el misterio. Hay que verla, volver a ver esa película en la que Bergman no sería tan Bergman sin el prodigioso director de fotografía Sven Nykvist.

El proyeccionista, en este caso mi amigo Jaime, admira la película que ha llegado a mi cine destruido. Se fija en la copia nueva, a estrenar. Le gusta recibirla, tratarla con cariño en su mesa de trabajo, hacer cuidadosamente los empalmes de cada uno de los rollos.

Si la película es una copia vieja, que ha pasado por otros cines, el cariño ha de ser el mismo o incluso mayor que con las copias nuevas. Revisa las posibles negligencias o descuidos de otros proyeccionistas e intenta dejar la copia lo mejor posible para proyectarla y dar la mejor impresión y satisfacción al espectador. A veces la copia está tan maltrecha que resulta extraordinariamente difícil recuperarla para que el espectador no se distraiga mientras la ve.

Entonces, antes de ser proyectada, en ese tiempo en el que está en la mesa de montaje, es posible extraviar uno o dos fotogramas para guardarlos con cariño, como recuerdo de la película, de tal actor o actriz, sea Shrek en una de sus historietas o sea Irene Jacob en “Tres colores: Rojo”. El juez espía (Jean Louis Trintignant) está charlando con la modelo Valentina (Irene Jacob). La luz del director de fotografía Piotr Sobocinski, el aliado esta vez de Kieslowski, captura el momento. El juez observa a la modelo y la advierte, le dice que no se mueva, que hay una luz muy bella. Es el instante fotografiado o “cinematografiado”.

El instante, el fotograma dentro del cine, dentro de la película.

Yo le pido a Jaime, de vez en cuando, algún fotograma. Ahora habré perdido la mayoría de ellos, quizá alguno se me aparezca algún día dentro de un libro.

Pero la copia nueva o vieja de la película no sufre por el atraco cinéfilo. Son 24 fotogramas por segundo. La copia está prácticamente igual, imperceptible la sustracción para el ojo humano.

Pondré caídos estos retratos tuyos, escribía Altolaguirre. Sí, ahí escribo, ahí quiero dejar una huella, decía Claudio Rodríguez. Quien sabe, quizá algún lector caiga en el retrato que hice en el pasado en mis libros sobre Adolfo Aristarain o Manolo Marinero, o de estos pequeños textos para “El Adelantado”, los textos para recordar a mis amigos del cine.

Quiero escribir. Se producen prodigios haciéndolo. No sé si viene a cuento, pero animo a jóvenes y no tan jóvenes a leer. De la lectura surge la escritura. Surgen maravillas de la lectura y la escritura, pura magia.

“Fotografía” según el Diccionario de la Real Academia: “Procedimiento o técnica que permite obtener imágenes fijas de la realidad mediante la acción de la luz sobre una superficie sensible o sobre un sensor”.

Y “Cinematografía” según el Diccionario: “Captación y proyección sobre una pantalla de imágenes fotográficas en movimiento”.

Es decir, la luz y el movimiento. Es la síntesis.

Y John Ford nos advierte en la ilusión, en el cine. Si no sabes como resolver una situación, como cineasta, mira por el visor y déjate llevar por la imaginación.

Ford está en África rodando “Mogambo”. Vuelvo a ver la película y decido enterarme de los autores de la cinematografía. Se trata de Robert Surtees y Freddie Young. Son los cineastas que saco del olvido. Busco con ansiedad aquello que tanto me gustaba en esa película, una diversión en la que Clark Gable intenta llevar su negocio de fieras lo mejor posible. En su plantilla hay de todo, buenos trabajadores y también alguna mala pieza, mala pieza que se ríe de Gable, se ríe de que el jefe pierda los papeles por Ava Gardner. Y para más diversión aparece Grace Kelly, que juega a los safaris por su cuenta, que se cree que África es Hyde Park.

Gable salva por los pelos a Kelly y la deja ¿segura? en el porche. Y surge la luz, la de un grupo de cineastas, Ford, Surtees, Young, Gable y Kelly. Surge el encuadre imprevisto, quizá, el momento que yo esperaba, que me maravilló siendo chico y de nuevo lo hace, con Gable arrancando el pañuelo a Kelly, con mirada alucinada de ésta. Y allí, de nuevo manejando la artesanía con destreza, Ford nos muestra a Ava Gardner testigo del instante.

Estos directores de fotografía anónimos son alma del cine. Son parte insustituible. Son la luz.

¿Cómo trabajarían aquellos cinematógrafos en el cine mudo? ¿Qué percepción tenían de la luz?

William Bitzer, sal del anonimato, tu cinematografía en “El nacimiento de una nación” e “Intolerancia” de David Wark Griffith.

Sal del anonimato, Julius Jaenzon de “La carreta fantasma”, de Victor Sjostrom. Sí, hace cien años la cinematografía también nos mostraba un fantasma, como los de Dickens más atrás en el tiempo.

Cortázar dijo que entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías.

Nos toca combatir la nada con la cinematografía. Fotograma a fotograma. Y el cine lo consigue, como nos dice el legendario director de fotografía Luis Cuadrado: “La película es incapaz de reproducir las cosas tal y como son al natural; esa naturalidad hay que inventarla, recrearla, y eso hay que hacerlo artificialmente, con aparatos, con luces, con viseras, con gasas, con emulsión”.

Yo me apropio de algo, de otro poema, porque necesitamos la poesía, es imprescindible. Me apropio de Luis Cernuda y su “Epílogo”… “(…) Tu imagen de hace años,/ Hermosa como siempre, sobre el papel, hablándome,/ Aunque tan lejos yo, de ti tan lejos hoy/ En tiempo y en espacio./ Pero en olvido no, porque al mirarla/ Al contemplar tu imagen de aquel tiempo,/ Dentro de mí la hallo y lo revivo./ Tu gracia y tu sonrisa,/ Compañeras en días a la distancia, vuelven/ Poderosas a mí, ahora que estoy,/ Como otras tantas veces/ Antes de conocerte, solo (…)”

24 fotogramas por segundo. Es como una fórmula química. Matemática, pues hago unas cuentas y me encuentro miles de fotogramas en el conjunto de una película. ¡Busquemos el nuestro! Se detiene la marcha del mundo. Es un instante que no volverá a pertenecer a nadie, nos dice el fotógrafo René Burri.

Y acabo este artículo, que se me va de los manos, muchos fotogramas después. Lo acabo en mi taller naufragio, hecho de material poco consistente. Sin mi cine destruido, sobre el que realmente siempre escribo, intento convencerme de que no estoy acabado, que estoy haciendo cine viéndolo, leyéndolo, escribiéndolo.