Indiana Jones y el templo maldito.

Estamos en el . Se nos aparece, a causa de un recuerdo, el cineasta norteamericano Steven Spielberg, que nos da el punto de partida a este escrito, la premisa: “Veo cine clásico constantemente. Pero no sólo clásico, veo todas las películas viejas que puedo. Cuando tengo algo de tiempo libre. De hecho, lo único que hago es ver cine”.

Así la vida de Spielberg es ver cine, rodar cine. Es la ilusión por filmar, que dice heredó de su madre: “Ella nunca perdió la ilusión por vivir”.

Filmar. Filmar. Filmar, escribir de cine, escribir cine, ver cine es no perder la ilusión por vivir. Si no es así, los cinéfilos nos vamos apagando. La pantalla queda en blanco. La vida de Steven Spielberg ha sido filmar sin parar. Y ha decidido contar su propia vida, infancia y adolescencia, a través de un viaje fugaz, el de su película “Los Fabelman”. Es un viaje de dos horas, rápido, en el que Sam Fabelman, con ausencia total de cinismo (así es el cine de Spielberg) rueda historias sencillas, que a veces parecen hechas sólo para niños, pero en las que el adulto puede tomar forma de niño, volver a serlo.

Con un tren real, con un tren de ficción, el mayor tren eléctrico del mundo, como en la película de los Lumiere, arranca la historia de Fabelman-Spielberg. El niño Fabelman recibe el regalo que ansiaba, un tren eléctrico de juguete. Es ese tren que quiere filmar, que quiere estrellar como en la película que ha visto. Sí, quiere filmarlo como en la película que acaba de ver. El niño quiere jugar, jugar. Así habló Orson Welles del cine: “Es el más maravilloso tren eléctrico que se ha inventado”.

Spielberg y el mayor tren eléctrico del mundo
Salvar al soldado Ryan.

El tren es el cine. El tren se mueve velozmente por los raíles. Spielberg lo filma.

Eso me despierta ese recuerdo del que hablaba. Un niño disfruta de las vacaciones playeras con sus padres. Suele andar solo por el pequeño pueblo mediterráneo. Va solo habitualmente al cine a la sesión de nueve del cine playero, del cine Pineda.

Soy yo. Voy playa arriba y playa abajo, inquieto. Yo no sé quien es el tal Spielberg, pero sí sé que he visto la cartelería de la película que se proyecta esta noche. La película se proyecta tanto a las nueve (el horario de niños y adolescentes) como a las once (el horario de adultos). Se llama “Indiana Jones y el templo maldito”. ¡Qué título! Ese título es una promesa.

Me pongo más nervioso al pasear por la playa y ver de nuevo el cartel que anuncia la película. Esa película me persigue. Algo pasará con ella. Me está llamando con fuerza. Es como un eco.¿No habrá algún cambio? Salgo de la primera línea de playa y voy a la calle en la que está el cine Pineda. Se confirma que “El templo maldito” se proyecta esa noche. Intento curiosear en la verja para ver si se ve al proyeccionista trabajando. No se le ve. Todavía no hay movimiento alguno.

Spielberg y el mayor tren eléctrico del mundo
Minority report.

Por la tarde vuelvo a acercarme al cine, sin excusa alguna.

He decidido (y me lo han permitido mis padres) ir a la proyección de las once porque para esa hora la oscuridad es completa y no te distraes con la luz todavía tenue del verano a las nueve de la noche. Llega la hora y entramos en fila, corriendo a por nuestra silla plegable, buscando buena ubicación, sin nadie alto delante. Para evitarlo, mejor situarse cerca de la pantalla. Y también muy importante, en el cine al aire libre, llevar loción anti mosquitos en el brazo y piernas. En caso contrario los mosquitos te acribillan.

Arranca la película y rápidamente identificas al héroe y al villano. Nuestro héroe sonríe en la mesa. Sabe que tiene un amigo cerca para ayudarle ante aquella banda mafiosa de Lao Che. Ese prólogo es trepidante. Todo pasa rápido, sin tiempos muertos. A lo que me doy cuenta estamos en el tal templo maldito y los protagonistas huyen en unas vagonetas de mineral, como en un enorme tren eléctrico. ¿Cómo demonios filmarían algo así?
Claro, por eso ese recuerdo derivado de la expresión de Orson Welles, de ese enorme tren eléctrico que es el cine. El recuerdo se repite y se repite.

Spielberg y el mayor tren eléctrico del mundo
Lincoln.

Vuelvo del cine a casa contento. La puerta del minúsculo apartamento de mis padres está abierta para que haya corriente ante el intenso calor veraniego. Ni tengo que usar llave ni llamar al timbre. Duermen. Me quito la ropa cuidadosamente y me tumbo en mi litera, pensando en Indiana Jones y su látigo, en sus amigos, en los villanos. ¡Qué aventura! No he pasado demasiado miedo, aunque la trama era siniestra, casi de terror.
Tengo once o doce años. Ahora han pasado casi cuarenta años de aquella experiencia en el cine Pineda. Ahora considero a Spielberg un amigo, un cineasta que siempre me ha acompañado. Puedo saber mucho de su vida, y más todavía con su película “Los Fabelman”.

Recuerdo detalles de aquella noche. Ahora, en cambio, olvido todo lo reciente. Olvido películas recién vistas. Olvido lo que he escrito, apenas dos noches antes, cuando un amigo me telefonea para hablarme de ello.
Sabemos que el Spielberg que filma “Los Fabelman” tiene ya setenta y seis años. Pero no importa, el cine no envejece. El Sam Fabelman protagonista, o sea, él, niño, adolescente, se perpetúa en su película. Es el momento de contar su propia historia, sus cines, sus rodajes de niño, su familia, su vida: “Rodé muchas películas cuando era un niño en ocho milímetros. Era único en esos días. No mucha gente salía y filmaba en ocho milímetros. Era físico; era un oficio. Tenías que sentarte allí con una empalmadora y y luego tenías que raspar la emulsión de la película para obtener un sello, de modo que cuando le pusiste pegamento, literalmente pegaste la película”.

Spielberg y el mayor tren eléctrico del mundo
Los Fabelman.

El niño cineasta utiliza sus pequeñas películas caseras para escapar: “Creo que lo que incentivó mi imaginación cuando era un niño fue simplemente el miedo. Necesitaba algo para protegerme de todo aquello a lo que temía, que cuando oscurecía era casi todo”.

No me gusta mucho escribir a la disparada, como aquí, porque reduce la reflexión. Me gusta escribir poco a poco, pero lo cierto es que así, a la disparada, como digo, también surge la emoción, como la que vivo en el cine Pineda.

Los cineastas, ilusionistas como Spielberg, están enloquecidos, poseídos. Toda una vida filmando, desde el niño Fabelman. Esas películas caseras le permiten soñar con una carrera en el cine. Pulula cerca del lugar en el que se filma el cine, y surge la oportunidad de trabajar en televisión, gracias a lo que ha rodado siendo todavía un adolescente. El tren de juguete va ganando longitud de vía, o nuevos vagones, incluso pasajeros.

“Amblin” (1968) abre las puertas a una película para televisión, “El diablo sobre ruedas” (“Duel”, 1971), sobre un camión que acosa a un automovilista. El recuerdo del acoso escolar que Spielberg sufrió: “Años después, miro atrás “El diablo sobre ruedas” y me doy cuenta que algunos de mis primeros filmes eran sobre el miedo a ir al colegio, porque los mayores irían tras de mí y harían de mi vida una ruina”.

Aquella película del camión acosador, el éxito de una película rodada en apenas once días, sin descanso, le abre la puerta a otro rodaje, “Loca evasión”, con un tren que le abre todavía más los ojos al sueño, rodando con Panavision Panaflex Camera.

Un rodaje difícil es el de “Tiburón”, que como “El diablo sobre ruedas”, trata sobre esos “leviatanes” que atacan a cualquiera. Y en “Tiburón” el arponero es John Williams, su gran colaborador. Cineasta y músico estaban destinados a conocerse: “Mis padres me criaron usando música, por eso siempre la he utilizado como “creadora de paz”, como una manera de encontrar y comunicar con la gente (…) La música es el lenguaje común entre personas que no están de acuerdo entre sí, que no tienen nada en común y que comúnmente tienen miedo y desconfianza de la , raza, género u origen de la etnia a la que pertenece el otro”.

Vaya comunión la que el tándem Spielberg-Williams logró. ¿Pero hay un secreto como espectador?: “Tengo que ver la película un par de veces. La primera vez es como si yo fuera cualquier espectador; si capta mi interés, me olvido de como se ha hecho. Si me gusta, entonces la vuelvo a ver. Ahí es cuando la analizo e intento averiguar como se ha hecho”.

Así desde que estrelló aquel tren de juguete: “No hay un ingrediente secreto para hacer una película. Cada historia que he contado surgió en una parte diferente de mi vida, representa lo que era yo en ese año y creo que todos cambiamos a medida que envejecemos, con la esperanza de evolucionar con más sabiduría, más tolerancia y más comprensión de la humanidad. A veces no evolucionamos de esa manera, pero el hecho es que no hay un truco que tenga en mi manual de reglas. Ni siquiera tengo un manual de reglas”.

Y desde luego, la importancia de los viejos amigos: “Con George Lucas, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y Brian de Palma nos llevábamos muy bien porque no sólo éramos un grupo de buenos amigos, sino que queríamos hacer películas y contar historias. En aquel entonces creíamos que nadie nos iba a permitir lograrlo. Francis fue el primero que tuvo éxito”. Coppola les estimulaba a hacer sus películas en 16 milímetros: “Cada vez que alguien nos decía que no, teníamos que buscar alguna otra puerta que se abriera para nosotros. Francis fue un verdadero mentor para aquel grupo”.

Ya pasó “El templo maldito”. Llega para mí “El imperio del sol”. Ya no hay cine Pineda. Es otra pantalla. El niño Jamie Graham pasa de su vida acomodada a un suburbio. Vagabundea con su avión de juguete y de repente encuentra un avión japonés derribado. La niñez y la inocencia se pierden.

Ya sé quien es ese Spielberg que aparece en los créditos. Le buscaré, pienso. Sigo yendo al cine solo, pero también esporádicamente con amigos. Compro el cassette de la banda sonora de “Always”. Sí, ya me fijo en John Williams. Aprendo.
Con “Parque Jurásico” y “La lista de Schindler” quedo quieto. Con “Schindler” un viejo amigo y yo salimos al hall del cine durante el descanso por la larga duración. Quedamos mirándonos, en silencio. También el cine es el blanco y negro, sin estrellas del cine, sin salario por el trabajo realizado.

Tengo veintiún años. ¿Qué cine es el bueno?, me pregunto. Pensé que tanto “Jurásico” como “Schindler” lo eran, y que yo, como siempre, quería tener el cine cerca. Siempre tendré cerca “El templo maldito”, pero creo que “La lista de Schindler” es su mejor película.

Y el Spielberg en plenitud siempre tiene en mente al joven, al niño cineasta, como en el caso de “Salvar al soldado Ryan”: “… yo siempre he estado en la Segunda Guerra Mundial. Mis primeras películas, las que hice con catorce años eran filmes de combates tanto aéreos como terrestres”.

Mi amigo Ricardo y yo vemos esta película en mi cine. Al salir le acompaño a la estación de autobús. El viaja a San Sebastián, al festival de cine. A mí me deja en mi rumia, esperando nuevas películas de Spielberg.
Prácticamente todos los años hay una nueva película de Spielberg, incluso dos, buscando el camino que le llevará hasta “Los Fabelman”, hasta sí mismo.

Vuelvo al recuerdo con el que iniciaba este escrito. Vuelvo al cine Pineda. ¿Cómo no volver a él constantemente? Estoy en mi litera, sin dormir, pero con los ojos cerrados. Estoy tranquilo, en calma, y además la loción me ha protegido de los mosquitos. Ha sido todo perfecto, también la película. Estoy en una especie de paraíso. ¿Cómo habrán filmado aquella persecución en vagonetas de mineral? Es increíble. ¿Y aquella decisión de nuestro Indy en el puente colgante? Esa decisión es la Aventura. Y estamos en el cine. Y no duermo, pero cierro los ojos.