Biomasa.

Ante la reciente amenaza de un apagón en Europa, nuestra preocupación no debe ser si esto sucederá, sino saber cuándo y si estamos preparados para afrontarlo. España, si se produjera este gran apagón, en un principio, se vería poco afectada, ya que las interconexiones de nuestro país con el resto de Europa son muy escasas. Además, la red eléctrica española es de las más seguras del mundo al estar muy mallada, lo que permite aislar el problema y reducir al mínimo los daños. Este sistema es objeto de imitación en otros países. Otra cuestión sería si finalmente nos viéramos afectados por un ‘blackout’, es decir una falla de energía a gran escala durante varios días o varias semanas.

En Europa las naciones que están más capacitadas para superar apagones son aquellas que tienen sistemas de energía que procedan de orígenes diferentes. Otros países, como el nuestro, que han apostado por renunciar a múltiples sistemas, son más vulnerables al depender de menos recursos y no ser propios o controlables. Y es que llevamos años clausurando centrales térmicas y nucleares, sin construir hidroeléctricas y sin atender convenientemente otras fuentes de energía como la biomasa, geotérmica, o mareomotriz. También cerrando prospecciones petrolíferas y electrificando todo, incluso la flota de turismos, para centrar especialmente nuestros esfuerzos, más bien por motivos ideológicos que económicos o de efectividad, en energías como la solar y la eólica. Todo esto hace que España sea uno de los países con más dependencia energética, con un 75% de los recursos procedentes de otros países.

Está muy bien apostar por cuidar la Tierra, pero sin olvidarnos de cuidar a las personas. Desde luego, desarrollar una manera eficaz para la obtención energía solar es una de las claves para asegurar nuestro futuro con esta fuente de energía renovable. Gracias al trabajo de investigadores, expertos y científicos la radiación solar que llega a la Tierra podría convertirse en una de las fuentes de energía más frecuentes en el uso cotidiano y permitirnos sustituir otros tipos más contaminantes y evitar la emisión de gas invernadero.

Sin embargo, el inconveniente es que tanto la energía solar como la eólica no son fuentes controlables. Dependen de factores externos tan variables y contrarios a las necesidades como su propio origen. Se las denomina renovables, lo cual no es cierto del todo. Si bien es indiscutible que el Sol y el viento no parecen acabarse nunca, también lo es que aparecen y desaparecen sin opción de revertirlo voluntariamente.

En cuanto a la energía solar debemos considerar que las placas por la noche no reciben el sol, que en invierno se acortan las horas de insolación y que en terrenos montañosos la incidencia es más leve. Su obtención depende del clima, si se nubla el cielo, nieva o llueve se reduce su capacidad. Además hay que tener en cuenta otros factores, como su baja eficacia de producción energética, que requieren sistemas de almacenamiento a base de baterías para guardar la energía cuando hay sol y gastarla cuando no haya, y que necesitan grandes extensiones de terreno para producir a gran escala.

En lo referente a la Eólica, los molinillos dependen del viento, si no sopla no se genera energía. Su origen nunca es constante y su continuidad es incierta e incontrolable. Ocupan, también, grandes extensiones y contaminan visiblemente el espacio dada su necesaria localización en divisorias expuestas y desprotegidas, interfiriendo el hábitat especialmente de las aves.

En resumen que nos hemos centrado en unas energías que controlan el astro Rey y el dios Eolo y ambos van a su bola y no nos hacen ni caso.

No obstante, existen también otros recursos sostenibles muy interesantes en los que deberíamos centrarnos para intensificar su aprovechamiento. Entre ellos, como he comentado anteriormente, la energía mareomotriz, la geotermia y la biomasa, sin olvidar el hidrógeno verde, otra alternativa que se está desarrollando.

Mientras todo esto sea una realidad, hemos elegido como alternativa un gas que no poseemos, que no es renovable y que también es fósil y contaminante, además de difícil transporte y almacenaje, y que su suministro depende de la estabilidad y voluntad de países que no controlamos, como acabamos de comprobar con el cierre del grifo del gas de Argel, del que dependemos en un 43% a través del gaseoducto que atraviesa Marruecos hasta Almería.

En este asunto se da la paradoja de que hemos cerrado 16 centrales térmicas en España, quedando únicamente 5 en funcionamiento, aduciendo la pérdida de competitividad del carbón por el descenso del precio del gas natural desde 2019 y el aumento del coste del derecho de emisiones de CO2 para frenar el efecto invernadero y el calentamiento global del planeta. Y ahora resulta que al estar el gas por las nubes, una de las soluciones se ha encontrado en el viejo conocido del carbón. Si el año pasado teníamos la energía del gas barata y el futuro del carbón era totalmente incierto, la situación ha dado un giro completo y Endesa, por ejemplo, ha decidido abastecerse con 80.000 toneladas de carbón.

Y para complementar nuestras necesidades energéticas, compramos electricidad a nuestro vecino inmediato, que justo la produce de la que no producimos por miedo y reticencias históricas, mientras ese país acumula decenas de centrales nucleares que podrían afectarnos como si estuvieran en el propio solar.

No obstante, frente a esta dependencia del exterior, España consiguió ahorrar el año pasado más de 8700 millones de euros en importar fósiles gracias a las plantas renovables. Ahí reside la esperanza de España, un país energéticamente condicionado por gas y crudos. Cuántas más centrales eólicas y fotovoltaicas se instalen, menos se dependerá del exterior.

No tengo dudas de que los humanos estamos cambiando el clima debido al aumento incontrolado de emisiones de carbono, pero no hay que exagerar. Gracias a los avances en los modelos meteorológicos, somos mucho más capaces de escapar de eventos climáticos catastróficos como huracanes que de las pandemias. Todos los eventos climáticos catastróficos juntos, en todo el mundo, matan alrededor de 11,000 personas al año un número 90% más bajo que hace 100 años. Ahora se ha demostrado que las pandemias son mucho más peligrosas que el cambio climático.

En cuanto al rechazo de la energía nuclear, que afecta a algunas naciones, como Alemania, más que a otras, como Francia, creo que hay razones contundentes de todos conocidas para hacer el menor uso posible de ella, pero en comparación con el daño real de la cosa temida, el miedo es desproporcionado. Bajo cualquier medida, la energía nuclear es la forma más segura de generar energía. Busque en Google “muerte por teravatio” y comprobará que la quema de combustibles fósiles en la producción del combustible y luego a través de la contaminación mata a muchísimas más personas de las que han fallecido por radiación.

Mientras los datos no demuestren lo contrario, la energía nuclear no solo es segura, sino que también es neutral en carbono, sin emisiones, y hemos encontrado buenas maneras de eliminar los desechos nucleares, como por ejemplo otros reactores que podrían usarlos.

No cabe duda que el desarrollo de la energía eólica y solar y la energía verde es fenomenal, pero a veces el viento no sopla y el sol no brilla. La energía nuclear funciona las 24 horas. Por eso, algunas voces apuntan a una prolongación de la vida útil de las nucleares como energía de respaldo que garantice el suministro.

España necesita una soberanía energética y la solución es diversificar la inversión y la producción, sin despreciar ningún recurso disponible.