Izq.: Monolito en el Paso del Reventón. Dcha.: Gurugú de los Jardines del Real Sitio.
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EDUARDO JUÁREZ / SEGOVIA

Es el paso del Reventón un lugar singular desde cualquier punto de vista. Allí pueden vislumbrar la anchura eterna de la Castilla segoviana metida en cereal y verde de la campiña del Eresma. Si se asoman un poco, la pendiente les gritará el fulgor salvaje del Real Sitio de San Ildefonso y su bosque inmaculado de pinos, robles, tejos, serbales, guindos, castaños, saucos, álamos y bardagueras; de pastores triscando, cazadores tras corzos y jabalíes, pescadores al acecho de alguna trucha distraída y despistados buscadores de setas, gabarreros cazando leñas muertas y caminos ignotos que conducen a ese lugar del Paraíso que cada uno custodia en su corazón.

Ahora bien, si uno se atreve a dar un par de pasos hacia Rascafría, se dará de bruces con el monolito allí erigido hace ahora ciento diez años, fácilmente confundible con alguno de los hitos geodésicos ubicados allí por el Instituto Geográfico Español. Ya saben, aquellos que conforman la base de la cartografía empleada en la descripción física de este país que tan bien conoce mi querido amigo y mejor geógrafo, Luis Carlos Martínez.

Sin embargo, según se van desgranando los últimos y descascarillados metros de ascenso, se cae fácilmente en la cuenta de que la verdadera herramienta geográfica es la situada en lo alto del pico del Reventón; nada que ver con el cilindro que se yergue en el paso del collado. Azotado por los vientos y granizos, triturado por los brutales cambios de temperatura a los que somete su privilegiada y expuesta situación, el monolito parece estar cada día más próximo a la extinción. Mas, a pesar del desgaste y padecimiento inherente a su utilidad aleccionadora, la leyenda, esencia de su ser, aún cumple con la función primigenia de agradecer al teniente coronel José Ibáñez Marín su amor por la sierra y la creación de la Sociedad Militar de Excursiones.

Escritor, historiador y, por supuesto, militar, José Ibáñez Marín perteneció a ese grupo de españoles krausistas que, como Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío o Gumersindo de Azcárate, optaron por llevar el aprendizaje a la naturaleza convirtiendo esta en un aula, una de las bases de la añorada Institución Libre de Enseñanza que tuvo en este Real Sitio como sede la casa de Augusto Arcimís en la calle San Juan Nepomuceno.

Con ese objetivo creó el Teniente Coronel Ibáñez la Sociedad Militar de Excursiones en el año 1900 y en su recuerdo, los socios erigieron el monolito en el paso del Reventón, donde también quisieron construir refugios que aseguraran un tránsito seguro entre Rascafría y San Ildefonso, como bien se esforzaron en recordarme Valentín Cocero y Jesús Espinar. Ese proyecto, iniciado en la primera década del siglo XX, cayó en el olvido tras el fallecimiento de José Ibáñez Marín en la Guerra de Melilla o del Rif, que tanta desgracia trajo a una generación de jóvenes españoles en infiernos de infausta remembranza como el Barranco del Lobo, con más de setecientas bajas o, años más tarde, Annual, donde perecieron más de once mil soldados.

Tratando de leer el ya remiso mensaje del monolito en compañía de mi compadre, el Sr. Bellette, quise pensar en qué tendría ese norte de África que hubo de excitar la ambición de oficiales superiores, de políticos corruptos y desalmados; de un rey joven que, por buscar legitimidad en los caducos laureles de la victoria, empujó a una sociedad convulsa hacia una guerra que habría de durar generación y media; dividir el espíritu de sacrificio del ejército español con el acicate arribista del africanismo; consumir los recursos económicos de un país ya en retirada y provocar la primera de muchas fracturas que conducirían aquella España hacia el insólito navegar en pos de una democracia huidiza durante casi un siglo.

Y no crean que el recuerdo del Teniente Coronel Ibáñez Marín, humanista perdido en una guerra sin sentido impuesta por las potencias europeas, a decir del Maestro Agustín González, aleccionó a Alfonso XIII. Amante de lo militar y defensor de aquel orden, más próximo al autoritarismo que a lo liberal, el joven rey vivió aquellos sucesos como niño en juego que como estadista en responsabilidad. Deseoso de participar en lo que desconocía profundamente, fue introduciendo en la toponimia del Real Sitio referencias a aquellas posiciones donde dejaban la vida miles de compatriotas, esperanza de una sociedad que se perdía irremisiblemente en políticas insensatas. Cómo explicar, de no ser así, la coincidencia de una Atalaya en el Real Sitio, remedo de aquel Atalayón donde perdió la vida José Ibáñez Marín o de una plataforma unida a un hermoso pino llamada Gurugú en lo más alto de la circunvalación del Jardín de Palacio, lo mismo que la estribación montañosa cercana a Melilla, clave en la beligerancia contra las cabilas rifeñas.

Sé que lo exótico de las coincidencias, con el paso del tiempo, da un no-sé-qué al Jardín y Real Parque que lo haría más interesante si cabe de existir un buen programa de difusión de aquellos lugares. Sin embargo, por lo que respecta a un servidor, no puedo dejar de pensar en la jovialidad e ignorancia probablemente inocente de un rey niño cegado por grandes hazañas en lejanos lugares trufadas de heroísmo sin par. Es lógico que me resulte imposible pasar por el erial donde una vez estuvo el Gurugú del Real Sitio y no guardar un momento de silencio en memoria del sufrimiento de una generación entera de jóvenes españoles quienes, a diferencia del rey Alfonso XIII y todos sus adláteres, regaron con su sangre española, la nuestra, las laderas del monte Gurugú.

Sentado en las escaleras ajadas de la fuente seca, es obligatorio recordar en tan hermoso lugar del jardín la memoria de aquella España perdida, desangrada fuera de la patria en luchas estériles abocadas al recuerdo de los que nunca entenderán el verdadero significado de lo español con la esperanza de que algún día todo esto pueda cambiar.

No obstante, para todos ellos, para nuestra desgracia, olvidado su sacrificio irredento, seguimos sin novedad en el Gurugú.