Foto de grupo de la inauguración del Curso de San Quirce 2017.
Publicidad

Este es el lema de la pintura mural que Vaquero Turcios realizó en el patio del palacio de Quintanar en los años 50, para celebrar el feliz evento anual de los cursos de verano, tanto para estudiantes extranjeros como para los pintores pensionados. Los cursos de verano, que tanta cultura y vida aportaron a Segovia, fueron el motivo mismo de que el palacio de Quintanar se adquiriera por el Estado a sus antiguos dueños.

Puede parecer que la consigna no se cumple este año 2020, pues el Curso de pintores se ha tenido que suspender por las medidas de seguridad ante el coronavirus. Pero no es cierto: en el corazón y la memoria de quienes lo han disfrutado todos estos años seguirá vivo, en muchos momentos de su vida y también de su trayectoria artística. También permanece muy vivo en quienes lo preparamos. Y como la cigüeña representada en el muro, a punto de posarse sobre lo alto del acueducto, en nuestra vida segoviana, de alguna manera, también vuelven los pintores este año. La intención de estos artículos es evocar, en su ausencia física, el Curso que llena de caballetes las calles de nuestra ciudad todos los agostos; y reafirmar lo más intensamente posible que esta actividad cultural siempre debe volver.

De hecho, ya sufrió interrupciones graves, desde su fundación en El Paular hace 101 años, con motivo de la Guerra Civil española; y desde que tiene como sede estable a Segovia, en los años 50, tampoco pudo realizarse en 1978, por obras en el palacio de Quintanar; ni en 1984, en este caso por no hacerse efectivas las subvenciones institucionales necesarias para su realización. Pero siempre se ha retomado con pasión su organización y su realización, aun con dificultades y, a veces, en medio de la provisionalidad.

En la actualidad, la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce gestiona el Curso, con el patrocinio anual de la Junta de Castilla y León, de la Diputación de Segovia, del Ayuntamiento y del Patronato del Alcázar. Otras instituciones privadas, como la Fundación Rodera-Robles también colaboran, al igual que algunos restaurantes locales, que con su generosidad, contribuyen a que el mantenimiento de los alumnos sea más variado y “segoviano”. La verdad es que, si echamos la vista atrás, el Curso de Pintores Pensionados siempre se ha desarrollado con ayuda de instituciones, a las que hay que seguir agradeciendo, año tras año, su colaboración. Pero el deseo de la Academia es que esas ayudas sean fijadas de una manera más estable, sin posibilidad de fluctuaciones, para que el Curso no corra peligro nunca, a no ser por imponderables como el de este año. Si el Curso entraña un valor necesario; si es capaz de conectar y reunir a los alumnos de todas las facultades de Bellas Artes del Estado español; si es el decano de los cursos de pintura en nuestro país; y si su especialidad, la pintura al natural del paisaje, se ha venido desarrollando durante más de un siglo, porque creemos que es básico su aprendizaje y ejercicio en el artista de todos los tiempos, tenemos que preservar el Curso como un tesoro que recoge el pasado y la tradición, pero que a la vez está abierto al futuro del Arte y de la cultura.

La vigencia del Curso no reside en la realidad “pintoresca” de retratar Segovia, ni siquiera se sustenta en el valor de la tradición, sino en la verdad de su esencia: el valor del paisaje y las dimensiones que congrega (antropológica, ecológica, cultural, artística…).

Igual que desde el inicio de su existencia, el Curso de Segovia exige a cada alumno retomar desde el inicio su relación con la pintura y su formación en todas sus dimensiones, en contacto y diálogo abierto con los compañeros del grupo y con el director o directora artísticos.

En estos momentos de inicios de agosto, los años en los que hay Curso de pintores con normalidad, los alumnos y alumnas de 3º o 4º curso del Grado de Bellas Artes estarían muy inquietos por llegar a Segovia y ver qué les depara su residencia de casi cuatro semanas en el palacio de Quintanar. La relación de cada uno con la pintura de paisaje del natural es diversa. En ese sentido, el Curso de Segovia puede ser un reto, un crisol complementario en su formación.

Los alumnos traen también, de algún modo, el honor de representar a sus facultades, pero sobre todo, de medirse consigo mismos en la aventura que se les presenta. Todos se sienten con la responsabilidad de cargar con sus caballetes, salir al paisaje, a las calles, a los campos y los valles, y con una mirada valiente y nueva, dejarse llevar por lo que les pide la luz de Segovia a sus pinceles y a sus formas. No siempre lo consiguen, pero la experiencia, personal y colectiva, les merece la pena. Y la prueba es que siempre recuerdan del Curso en sus comunicaciones posteriores, a través de los años, como un momento fundacional en su trayectoria. Por eso, no solo en la presencia física, sino en el tiempo de la vida futura, “siempre retorno”.

Los directores artísticos también estarían inquietos a estas horas, retocando ese discurso de inauguración, que en el fondo recoge los objetivos que se proponen dirigiendo el Curso, y que pronuncian todos los años desde la tribuna de la Academia de San Quirce, ante los alumnos, instituciones, académicos y público asistente. Desde su cátedra (algunos han sido alumnos del Curso en su etapa de formación) reclaman el Arte, la pintura, la cultura, la sensibilidad, el trabajo, la convivencia… Desde su experiencia artística y pedagógica, reivindican la absoluta necesidad, y por eso, el regalo que supone, el Curso de Segovia. Pero también saben que su cátedra estará cada día del Curso a pie de taller, a pie de calle, muy cerca de los alumnos. No siempre imparten clases en su desarrollo. Ellos tienen que analizar la situación con la que se encuentran de un modo rápido e inteligente: los alumnos y su nivel artístico, el momento formativo y técnico en el que cada uno de ellos se encuentra, para prever necesidades, activar orientaciones, para quien se deje orientar, acompañar desde el silencio o desde la palabra, a quien lo necesita. Su labor no es sencilla. Y solo tienen un mes para “sacar adelante” al grupo, pero también para que cada alumno proyecte, desarrolle y culmine un proyecto, que es exclusivo de Segovia. Siempre puede haber alumnos que traigan ya confeccionado su plan, frío y programático, pero el reto es abrir la mirada y crear desde lo que escuche y sienta en Segovia. El director sabe que habrá un tiempo de adaptación a la ciudad, de conocimiento de su historia y de sus paisajes; pero que pronto cada alumno deberá comenzar a “producir” las obras que formarán parte del catálogo y de la exposición final del Curso. Y el tiempo vuela.

La Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, con casi la misma edad que el Curso, lleva muchos años gestionándolo, y aunque no de manera directa, en su historia de más de un siglo, siempre ha estado muy cerca de su desarrollo y de su esencia. La Academia cree mantener vivo el espíritu del Curso, en diálogo siempre abierto con las nuevas posibilidades del Arte y la pintura. D. Carlos Muñoz de Pablos, más allá de cambios circunstanciales de coordinación y equipo, es el académico que reúne permanentemente en su actitud, en su sabiduría y en sus palabras ante los alumnos de cada curso y también hacia los académicos y en la sociedad segoviana, la esencia del Curso de Pintores. Cuando en la ceremonia de inauguración del Curso, en la Academia, Muñoz de Pablos invita a que cada alumno y alumna asistentes se levante del banco y pronuncie en voz alta su nombre y la facultad de la que procede, la cadena de nombres y ecos resuena hasta 1918. No son las mismas personas, pero sí son vocaciones similares y emprenden búsquedas parecidas, con inquietudes, miedos y pasiones muy próximas. Y lo que se van a encontrar en su residencia en Segovia (y en El Paular, donde el grupo ha vuelto estos últimos dos años) es la importancia académica y vital de participar de una tradición viva, en la que cada uno de ellos es un eslabón, una obra, una responsabilidad y un compromiso.

En el origen del Curso confluyen felizmente muchos factores: los catedráticos de pintura de paisaje de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, con su convencimiento de la necesidad de llevar a sus mejores alumnos a pintar la Naturaleza del natural, más allá del academicismo constreñido que había tomado la pintura; la Dirección de Bellas Artes y su recuperación del patrimonio monástico de El Paular, en cuyas celdas se inició el Curso; la revalorización de la Sierra, por Giner de los Ríos y los pedagogos institucionistas, que fueron quienes la descubrieron como inmejorable aula para el aprendizaje, pero también como paisaje y como valor, en plena crisis del 98, en que una España en caída libre estaba precisamente buscando sus valores y sus modos de progreso… Todos esos valores siguen vivos en cada verano en el Curso.

Este fin de semana habrían llegado los pintores. Cada uno en un medio de transporte: algunos en AVE, otros en autobús…; y el coordinador o el productor del Curso irían a buscarlos a la estación, a la que llegan con sus bártulos de pintar y la mochila cargada de ilusiones. El equipo de coordinación lleva trabajando meses, convocando a las facultades, para que desarrollen su selección de alumnos; presupuestando detalladamente cada euro de las subvenciones institucionales; invitando cada año a un profesor a que se ofrezca a cumplir la función de director artístico; buscando ayudas entre los hosteleros segovianos, para promover su generosa contribución y así asegurar un remanente para iniciar cursos próximos; programando con la dirección las actividades del Curso (tanto las que atañen al ritmo interno del mismo, como las abiertas a los segovianos); publicitando en los medios de comunicación las novedades del Curso y sus actividades; preparando físicamente el palacio de Quintanar, su residencia y sus talleres…

En una reunión intensa, previa a la ceremonia de inauguración oficial en la Academia ante las instituciones y ante la ciudad, el equipo coordinador explicaría los pormenores del Curso (ya anunciados en distintos mensajes por correo), ahora en directo: las normas del grupo, incluyendo los cuidados inherentes a residir en un edificio histórico, el palacio de Quintanar; los horarios; los entornos; la esencia del Curso; lo que se espera de su estancia en Segovia; su consciencia de las instituciones que lo sustentan; el apoyo y ayuda del equipo a las necesidades que le surjan a cada uno; y el deseo más cordial y acogedor para su tiempo en Segovia, de parte de la Academia de San Quirce, y de toda una ciudad. Una aventura nueva les espera.

Nadie sabe cómo habría sido el grupo imposible de este curso suspendido por el coronavirus. Pero sí sabemos que “siempre retorno”. En nuestra tradición y en nuestro corazón todo está a punto, siempre, para que comience el Curso.
——
(*) Académico de San Quirce y coordinador del Curso de Pintores entre 2014 y 2019.