Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea de Deusto.
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Se encuentra en plena forma Fernando García de Cortázar. El historiador tiene la edad y el prestigio intelectual para decir lo que le venga en gana, que en este caso es el producto de su enorme erudición y de la claridad de ideas, que no siempre tienen que ser compartidas, y es lo que enriquece el pensamiento, porque nos estamos acostumbrado a escribir para convencidos y a leer para reafirmarnos en nuestras creencias. La erudición y claridad de ideas las demuestra en su libro Y cuando digo España (Arzalia, ediciones). Un libraco de 600 páginas que se lee con la facilidad de un libro de aventuras. Y es una aventura excitante, larga, conmovedora, la existencia de este país, que puede lucir como pocos una historia tan rica en complejidad, éxitos y cuitas. Pero empezamos por el presente.

— ¿Cómo tratarán los historiadores del futuro un momento como este, de la pandemia, en España?

— Al no ser la historia una ciencia exacta, serán muy diferentes las versiones que historiadores de distinta sensibilidad e ideología darán de este tiempo de desolación inmensa originada por la pandemia. Le puedo adelantar la mía, que tiene que ver con el contenido ético que yo exijo a la política. Más allá del espectáculo del enfrentamiento continuo ofrecido por los políticos en el ámbito dramático de la crisis sanitaria, creo que al Gobierno hay que exigirle una mayor austeridad, una autentica piedad con los cientos de miles de españoles empujados a la miseria por la pérdida de trabajo que ha traído la pandemia. Carente de toda sensibilidad social que no sea la demagógica, el Ejecutivo de PSOE-Podemos ha ampliado el Consejo de Ministros que ha pasado de 14 miembros a 23.

El despilfarro con la creación de nuevos altos cargos es enorme así como el dispendio para sostener las legiones de nuevos asesores bien pagados, cuya misión no es combatir la crisis económica sino hacerse con redes clientelares de votantes para que sus jefes se mantengan en el poder. ¡Qué desvergüenza, qué mal ejemplo el dado por la ministra Celáa cuando se escapaba del estado de alarma para refugiarse en su Bilbao natal mientras la televisión nos enseñaba la tristeza de cientos de conductores, que buscaban mejores aires en Segovia o en Avila, obligados a volver a sus domicilios madrileños!

— El ser humano se desenvuelve con criterios identitatarios: en la familia, en su comunidad de origen, con su equipo de fútbol. ¿Cuál es el límite de la vocación o propensión identitaria?

— Mi editor me propuso lo que ha sido Y cuando digo España inspirado en un libro de éxito en Italia que hablaba de su identidad. A mí esta palabra me asusta porque, en la tragedia del País Vasco, quienes combatimos año tras año contra el terrorismo siempre lo hacíamos depender del “nacionalismo identitario”, del nacionalismo telúrico de la tierra y los muertos. Y por supuesto no quería que mi amor a España quedara manchado por un principio tan cavernícola. Eso de identidad inmutable suena a racismo y a fanatismo religioso que como hemos visto ha derivado en terrorismo.

Soy de los que piensan que las naciones no tienen identidad sino historia, que nos debe servir para crear una conciencia cultural laica, basada en valores universales, como el conocimiento científico, los derechos humanos, las libertades democráticas y unas normas éticas. Y como la historia es la partera de la nación, sin historia no hay nación. De ahí que en España los nacionalistas de todo signo y geografía durante estos últimos cuarenta años hayan hecho esfuerzos sobrehumanos para inventarla, despilfarrando energías y dinero, tan necesarios en otros ámbitos para asegurar el bienestar de los ciudadanos.

El poeta Rilke decía “mi patria es mi infancia”, y yo creo que es muy importante esa etapa de nuestra vida para asentar la conciencia nacional, para educar a los niños en los valores cívicos en torno a la idea de España. Los sentimientos patrióticos se inculcan en los años en los que las familias religiosas fomentan los hábitos de piedad en sus hijos. El patriotismo es un parentesco que debe basarse en un pasado común, como lo saben todos los planes de estudio que han construido naciones con su aprendizaje de la historia.

— Decía Nietzsche que las palabras tienen o definición o historia. ¿Qué significado tiene hoy, en el siglo XXI, el concepto nación?

— Más que de Nietzsche, en la actualidad el lenguaje depende del poder, como se lee en Alicia en el País de las Maravillas. Las palabras significan lo que el poder quiere. Sufrimos como nunca la corrupción del lenguaje y la imposición de un vocabulario, que ha normalizado sintagmas como conflicto vasco, eufemismo trágico del puro y simple asesinato, evitando llamarle terrorismo vasco.

No existe nación donde no hay libertad, decían los liberales del siglo XIX. No hay nación donde no existe justicia, proclamó el pensamiento del siglo XX. La unidad de España no es solo la territorial, sino la que se define por la dignidad de sus ciudadanos, evitando las situaciones de diversidad radical de recursos económicos. No hay nación donde la miseria de unos se acompaña de la opulencia de otros. No puede haber unidad en una patria escindida por abismos sociales que desfiguran el sentido mismo de una declaración general de derechos y, todavía más, el significado de una idea ambiciosa de tradición y destino común de los españoles.

Y, por último, la nación solamente puede existir asumiendo aquellos valores que la han dotado de signos de identificación precisos. Valores compartidos, pero valores a los que, además, España dio un sentido propio en su deseo de preservar la unidad moral de Europa, de salvar el proyecto libre del hombre, de proteger sus derechos naturales y de garantizar sus espacios de realización en la vida colectiva.

— Usted comenta que el libro Y cuando digo España nace del “desahucio sentimental” que sufre nuestro país. ¿Este es su unamuniano ´Me duele España’?

— A mí también, como a mi paisano, me duele España, donde la liquidación de la cultura y el saber humanístico han impulsado el despilfarro de una preciosa herencia nacional. No hay duda de que el independentismo nunca habría alcanzado sus niveles de seducción si España hubiera sido sentida y vivida por los ciudadanos con una intensidad emocional y racional capaz de enfrentarse a la ofensiva separatista, desde una posición de superioridad intelectual, mayor eficacia política y contundentes argumentos históricos. Y cuando digo España busca recuperar para nuestra historia el sentimiento que toda nación suscita y que el poeta Jorge Guillen lo manifestó en su verso “patria, tan anterior a mí y que yo quiero viva después de mí.”

— España es de los pocos países europeos que se avergüenza de sí mismo, que se fustiga constantemente, que continuamente está en entredicho. A nivel personal, la autocrítica, la duda, puede ser un método de enriquecimiento. A nivel comunitario, creo que no tanto. ¿Piensa que es positivo ese continuo debate sobre España?

— El debate permanente sobre España me parece absurdo y muy doloroso para los que tenemos sentimientos y razones indudables respecto de una de las naciones más antiguas del mundo. ¿Quién en Francia se atrevería a hacer la pregunta sobre su existencia: mito o realidad?¿Por qué los defensores de ese debate inacabable no se preguntan por la realidad o el mito de Cataluña? No les arriendo la ganancia a la vista de la violencia que se denota en algunas manifestaciones.

No hay que confundir el debate malintencionado de la actualidad con el que al comienzo del siglo XX invadió los escritos de los intelectuales, porque en ese cambio de centuria jamás se impugnó España sino que, por el contrario, los pensadores se interrogaron sobre su pasado y su viabilidad con una conmovedora inquietud. Lo que caracterizaba a aquellos pensadores y escritores era su patriotismo abierto, su irrenunciable amor a España, su independencia de criterio, su coraje cívico, su valentía intelectual y su absoluta falta de frivolidad. Avergonzaría a los intelectuales españoles de hace cien años, fueran cuales fueran sus proyectos políticos personales, el silencio de los intelectuales actuales respecto de su patria y les alarmaría la ligereza con que se ha arruinado la fuerza de nuestra cultura y el vigor de nuestra historia.

— Complemento de la pregunta anterior. Cuando alguien dice este país es la risa o este país es un desastre en realidad está intentando decir que todos son una risa o un desastre menos quien formula la proposición. La culpa es de los demás, siempre, algo muy larriano. ¿Se debe este criticismo al individualismo impenitente del español?

— No se me ocurriría culpar al gran Larra de esa especie de xenofobia de atribuir siempre la culpa a los demás. «En este país…», del articulo famoso de Larra, es la frase que todos repetimos a porfía, que sirve para toda clase de explicaciones, de cualquier acontecimiento no bueno que nos suceda .¡Cosas de España! Larra critica la tendencia de los españoles a justificar sus malas acciones en la ineficacia y el retraso del país en lugar de asumir su responsabilidad individual.

Son los nacionalistas, sin duda alguna, quienes piensan que de toda la basura del pasado, de toda la crónica negra del colectivo, son culpables los otros, “los de fuera”, los enemigos exteriores, indispensables en la construcción nacionalista y protagonistas de la historia manipulada de su nación. Como los nacionalistas siempre se definen por una negación -¡no somos españoles!- en cuanto fueron adquiriendo poder se embarcaron en la imposible maniobra de convencer a los ciudadanos de Cataluña o el País Vasco de que España era un odioso Estado extranjero. La veneración de los ritos de la tribu propia tiene que acompañarse, para ganar enjundia, de las maledicencias y risotadas ante la liturgia de la tribu ajena. El nacionalismo que, a diferencia de todos los países de nuestro entorno, sufrimos en la desdichada arena de nuestra actualidad política, es el responsable de las visiones más perversas y mentirosas de España. Los nacionalistas siempre se presentan como verdaderos portavoces de la historia pero, bien lo saben los españoles sometidos a su fantasiosa gestión cultural, pocas veces se habrá tomado el nombre del pasado tan en vano.

— Usted en su libro recoge una frase de Galdós: España es una nación en permanente génesis. Yo me acojo a la de Von Bismarck: ese país debe de ser muy fuerte porque lleva siglos intentando suicidarse y no lo consigue. ¿Cuándo no ha estado la idea de España en crisis? No es solo desde el XVIII. Recuerde los versos de Quevedo.

— Creo que la frase de Galdós y la de Bismarck no son contradictorias sino que son complementarias. España es un país fuerte que a pesar de nuestros enemigos y de su masoquismo destructor vive pero que hay que seguir construyendo porque toda nación es un plebiscito diario. No hablo solamente de la España que nos encontramos ya hecha, al alba de cada día, sino también de esa España que sigue necesitando de nuestra voz y nuestros actos para vivir, para ser vivida: una nación inacabada, una nación de ciudadanos que hereda una tradición de una intensidad humanista y cívica muy honda. Por otro lado los tristísimos versos del magnifico soneto de Quevedo “miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados” son escritos cuando España es todavía hegemónica y está a la cabecera del mundo.

— De España se han tomado determinados estereotipos como relato: D. Quijote, los garrotazos de Goya, D. Juan, Carmen, y al final han terminado siendo retratos. Pero claro, eso trae consecuencias.

— La literatura española es la gran creadora de arquetipos utilizados en todas las lenguas: El Cid, La Celestina, don Quijote, Sancho, Don Juan, Carmen… que con demasiada frecuencia se revuelven contra la idea de España y la perjudican. Los estudiosos de España y muchos periodistas extranjeros tienden a aplicarnos directamente esos estereotipos y enseguida hablan del idealismo de los españoles, de su carácter quijotesco y en consecuencia de su incapacidad para los negocios y de su escaso espíritu empresarial. No sigo en cómo se pueden aplicar los otros arquetipos- Celestina, Don Juan- a los españoles actuales para no ofenderles.

Decía Valle Inclán que a menudo lo malo no es lo que nos pasa sino lo que nos hacen creer que nos pasa. Goya retrató a dos campesinos matándose a garrotazos en un cuadro que siempre se ha interpretado como metáfora de nuestra historia, como símbolo de la esencia maldita de nuestro pasado, del determinismo perverso que nos lleva fatalmente a enfrentarnos. Y cuando digo España lucha contra esa predestinación violenta que haría imposible evitar las guerra civiles y demuestra cómo en multitud de casos los españoles buscaron el acuerdo, el diálogo, la mediación, echando por tierra la imagen cainita que se les adjudicaba.

— Cuando paseo por Vera (de Bidasoa) siempre me detengo ante una placa que recuerda el día que en el pueblo se libró la batalla entre carlistas y liberales como un hecho histórico más. ¿Qué piensa de la memoria democrática? ¿Qué piensa de la memoria en los pueblos?

— En unos momentos dramáticos de miedo al recrudecimiento de la pandemia y a la pérdida del sustento por la terrible crisis económica, el Gobierno trata de colarnos una ley aberrante que acentúa la aviesa intención de la Ley de Memoria Histórica, el gol tramposo que la izquierda metió a la derecha y que está en el origen del guerracivilismo actual y del odio que destila la política de hoy. ¡Qué triste que a las nuevas generaciones se les prive de nuestra mejor historia moral y cultural para ocuparlas dolosamente en la búsqueda de inocentes y culpables de unas décadas sombrías! Y mientras tanto, el Gobierno no parece preocupado en resolver los más de trescientos asesinatos de ETA aun sin aclarar ni de mitigar el dolor de sus víctimas, que ven cómo se sientan en las Cortes y en las instituciones públicas quienes engordaron con el terror de la banda asesina y no han condenado sus crímenes. No voy a hacer el ranking del dolor ni graduarlo de acuerdo con el tiempo pasado pero sí le diré que yo, que llevo cuarenta años acompañando a las víctimas de ETA, me resulta difícil imaginar situaciones más angustiosas y desgarradoras que las vividas con ellas. A cuántos funerales de servidores de la patria he asistido en templos vacíos precintados por el terror. Recuerdo que en la soledad más absoluta de una misa desganada acompañé a los familiares, para mí desconocidos, de un guardia civil asesinado para enterrarlo en un pueblo de Salamanca.

Si se aprueba la nueva Ley de Memoria Democrática tendremos en acción al vigilante Gran Hermano de Orwell que impondrá multas cuantiosas y a los policías del pensamiento integrados en el Ministerio de la Verdad, con legiones de asesores dedicados a reescribir la historia para que se acople perfectamente al discurso oficial. Confío en que los historiadores no acepten el nuevo oficio de lacayos que les impone la ley y la impugnen con todas sus fuerzas.

— Usted es vasco. Parece que algunos se dan cuenta ahora de lo que fue el terrorismo tras la lectura de Patria. ¿Cuáles son las líneas en las que debe desenvolverse el perdón?

— A mí me resulta muy triste e inexplicable que muchos españoles digan que por la novela Patria se han enterado de la tragedia del Pais Vasco. En Y cuando digo España se les dice las novelas que estaban en las librerías y las películas que retrataban el terrorismo de ETA antes de que se publicara el relato de Aramburu, considerado como el “zapaterismo” del drama vasco. Los lectores tenían que haberse dado cuenta de la voluntad de blanquear a ETA, en estos nuevos tiempos, que obliga al escritor a cerrar su obra con un inverosímil abrazo entre la madre del asesino y la del asesinado. Tenían que haber advertido cómo de la ideología que está detrás de los crímenes de ETA el nacionalismo excluyente no decía ni una sola palabra mientras se describía con pormenor las torturas policiales. El polémico cartel de la serie expresaba muy bien esa vergonzosa equidistancia y por ello el twit primero de Aramburu lo elogiaba, rectificando después cuando muchos españoles lo condenaron.

No soy nada aficionado a esas liturgias colectivas, máxime cuando se nos enseñó que la petición de perdón es un acto individual, nacido de una conciencia personal. Así y todo debo reconocer que ha sido muy doloroso para las víctimas del terrorismo sufrir la falta de solidaridad exhibida por la clerecía en su conjunto, cuyos pastores, completamente inmersos en el imaginario nacionalista, hasta hace poco no sabían qué hacer, si proponer la reconciliación sin arrepentimiento de los asesinos o pedir perdón con la boca pequeña por haber dado la espalda a quienes sufren y vienen siendo hostigados durante tantos años. ¿Por qué hablar tanto de reconciliación y tan poco de justicia?

La memoria amputada sustituye a la justicia negada, ha escrito con acierto el politólogo Rogelio Alonso que no ha dudado en definir el final de ETA como “la derrota del vencedor”. Piadosas y perversas iniciativas impulsan congresos sobre memoria y convivencia en los que se invita a realizar ejercicios de voluntarismo y manipulación porque “todos podemos poner el pasado en su lugar”, y en los que se pretende una obscena confraternización entre los terroristas y sus víctimas. ¿Alguien se imagina a Eichmann en un congreso sobre memoria y convivencia?

— ¿Y cuáles son los límites de la tolerancia ante el fenómeno separatista?

— El separatismo es como el tren de los hermanos Marx. Para que siga en marcha, los maquinistas alimentan la caldera con los mismos vagones. Al final, si siguen su viaje, no dejarán en pie nada: ni vagones ni tierra prometida, nada. ¿Se dan cuenta los separatistas y sus compañeros de ruta de todo lo que podemos perder en ese camino hacia ninguna parte? ¿Qué están defendiendo realmente? ¿Será, después de todo, que, como dice un personaje de Faulkner, “cuando se tiene una buena dosis de odio, no hace falta la esperanza”?

— Por último, y sigo con las frases –maldita manía-. Decía Cioran que España y Rusia son los únicos países de Europa que se hacen sobre sí mismos las preguntas que los demás se hacen sobre Dios: ¿Existe? ¿Es bueno, es malo? Qué es España para usted.

— Para creer en Dios se necesita la fe: en cambio no la necesitamos afortunadamente en el caso de España que no es un principio metafísico sino una realidad histórica, cultural …Según el catecismo tradicional, la fe es creer en lo que no vemos. A España la vemos en su paisaje, en sus honradas gentes, en su inmenso tesoro de ideas, formas artísticas y fantasías literarias. Existe España porque si no jamás la hubieran podido cantar con tal intensidad y emoción nuestros poetas, ni los músicos hubieran podido recrearla en sus composiciones.

— ¿Y Dios?

— Aunque mi religiosidad es culturalmente distinta de la del discípulo de Freud, K.Jung, me identifico con la respuesta dada por él , en una famosa entrevista realizada poco antes de morir, a la pregunta de ¿Cree en Dios? “No necesito creer. Lo sé”, dijo. Tal es la fortaleza de mi creencia, gracias a Él, que me permito manifestarla con la contundencia de una verdad matemática.