Adolfo Suárez con el Rey Juan Carlos I. / E.A.

El 7 de enero de 1969 amaneció Segovia con el cielo encapotado. Sería más exacto decir que un leve color grisáceo perla teñía unas nubes medias que anunciaban precipitación en algún momento de la mañana. La temperatura no era muy fría, se registraron 4 grados a lo largo de la tarde, pero el tiempo era desapacible. Tanto que una reina griega, aunque venida de Dinamarca, quiso entrar a media mañana en El Alcázar a cuerpo y se tuvo que dar media vuelta y recoger del Dodge Dart que le había traído de Madrid un hermoso abrigo de visón que hacía juego con su bolso negro de cocodrilo.

1.- Los Príncipes visitan Segovia

En la semana que va desde el 7 al 15 de enero de 1969, España iba a cambiar su rumbo de manera inexorable. Todavía hoy somos herederos de las decisiones tomadas en esa semana. Y Segovia iba a poner el escenario en donde se representaría la primera parte de una historia en la que van a confluir dos circunstancias en pocos años decisorias: la elección del Príncipe Juan Carlos como Príncipe de España y sucesor a título de Rey del entonces Jefe de Estado -con la única legitimidad, este, de haber ganado una guerra 30 años antes tras un golpe de Estado- y el inicio de las relaciones entre el entonces gobernador civil y jefe provincial del Movimiento, Adolfo Suárez, con quien seis años después se ceñiría la Corona de España y protagonizaría como Jefe del Estado los 40 años de mayor salud democrática y prosperidad de la historia de España. El mismo, por cierto, que antes de cumplir un año de reinado elegiría como presidente del Gobierno al joven gobernador civil de Segovia a quien conoció aquel 7 de enero, y con quien tuvo tiempo de despachar en una comida en Cándido sobre el futuro inmediato de España. Porque Juan Carlos ya se sabía elegido como sucesor de Franco una vez que ese mismo día había roto, y de manera nada amistosa, amarras con su padre.

Volvamos al 7 de enero. Adolfo Suárez lleva unos meses de gobernador civil de Segovia. Juró su cargo el 11 de junio de 1968 a las 11 de la mañana, aunque tomara posesión, en el edificio de la plaza que hoy lleva su nombre, diez días después. En Segovia permanecerá hasta el 7 de noviembre de 1969, en que se despide de ella para ocupar el puesto de director general de TVE. En ese tiempo forjará un estilo y creará una red de contactos como si estuviera programando su futura carrera política. Durante el poco menos de año y medio, contactará con el Príncipe, intentará ganarse el favor de Franco con motivo de diversas inauguraciones que tuvieron lugar en Segovia, desplegará una labor populista por toda la provincia –con especial dedicación tras la catástrofe de Los Ángeles de San Rafael-, destituirá a un presidente de la Diputación y, lo que supuso una decisión muy audaz, fulminará al alcalde de Segovia, el popular Miguel Canto Borreguero. Y ahondó en la confianza del Opus Dei, al que según alguno de sus biógrafos perteneció como socio supernumerario y al que otros le atribuyen simple simpatía, explicada por la tutela de Fernando Herrero Tejedor, de quien fue secretario particular cuando este era gobernador de Avila, en 1955. El apoyo del Opus Dei, o de los ministros del Opus Dei, fue clave en su carrera, como también lo fue en la designación de Juan Carlos como Príncipe de España en esos días que van del 7 al 15 de enero, como ya se dijo.

El 6 de enero de 1969 Adolfo Suárez recibe una llamada cuando pasaba las fiestas navideñas en su pueblo abulense de Cebreros. Lo sustituía en el puesto el secretario general del Gobierno civil, que es quien le llama. Le comunica que los príncipes Juan Carlos y Sofía junto con los reyes de Grecia, Constantino y Ana María, visitarán Segovia al día siguiente. En concreto, El Alcázar, El Real Sitio de San Ildefonso de La Granja y el Palacio de Riofrío. Pero no parece una visita cualquiera.

2.- Juan Carlos rompe con su padre

Cuando los príncipes y los reyes de Grecia llegan a Segovia eran las 12,45 de la mañana del 7 de enero y empezaban a caer los primeros copos en la ciudad. En Madrid no precipitarían hasta primera hora de la tarde. Lo que se produce en la capital ese día es una revolución, pero no en su acepción climática, sino política. El príncipe Juan Carlos concede el día anterior una entrevista el director de la Agencia Efe, Carlos Mendo, que todos los medios de comunicación nacionales y extranjeros reproducen ese día 7, y en la que rompe no solo con su padre sino con la línea sucesoria y con la legitimidad histórica como única razón de ser de la Monarquía. El príncipe, como resaltaría poco después el periódico “Ya”, “no pretende imponer nada en nombre de la Historia, sino de la conveniencia nacional”. “A los españoles de 1969 no se les puede ir con planteamientos históricos que (…) carecen de sentido…(sino) que, como cualquier otra fórmula política, la Monarquía está al servicio de la Nación y no a la inversa”. O sea, “el bien común, esa es la mejor legitimidad” y no los derechos históricos que recaen en la persona.

De un plumazo, se tiraba por los suelos la legitimidad de las aspiraciones de su padre Juan, jefe de la Casa Real. Y se daba un concepto muy moderno para la España de la época de lo que debía ser la Monarquía del futuro. Leamos al príncipe sin exégetas, por muy clarividentes que estos sean: “Estoy donde me ha puesto un conjunto de circunstancias, unas de origen histórico y otras de origen actual, y procuro hacer cada día lo que pudiera hacerme más útil para el futuro de los españoles, y evitar lo que pudiera perjudicar a esa utilidad. Lo demás, corresponde decirlo a la Providencia, al interés nacional y al pueblo español, a través de sus instituciones. Pensar en el simple juego de un derecho es lo que sería anacrónico (los subrayados siempre son míos)”.
Y por si no quedase claro la antigualla que suponían para él los principios dinásticos, aseguraba: “Es lógico que los más fieles mantenedores de principios dinásticos acepten algún sacrificio en sus aspiraciones. Y si son verdaderos patriotas (…) comprenderán que, ante todo, está el bien de España”.

Significativamente, y no sin deje contradictorio, nueve años después la Constitución de 1978, en su artículo 57 (1), sí reconoce a Juan Carlos su condición de “legítimo heredero de la dinastía histórica”, cosa que no sucedió con Don Juan, por cierto segoviano por su nacimiento en el Real Sitio de San Ildefonso.

Las declaraciones del príncipe saben a cuerno quemado en Estoril, en donde reside su padre. Juan Carlos había cumplido treinta años en enero de 1968, justo la edad exigida por la Ley de Sucesión de la dictadura, y era hora de que su candidatura quedara patente. Como reconoce Laureano López-Rodó en sus “Memorias, años decisivos”, “con sus declaraciones el Príncipe ha quemado sus naves como hicieron los conquistadores”.

Los miembros de la Casa del Príncipe esperan una reacción airada de su padre, por lo que era lógico que Juan Carlos quisiera poner distancia y no estar localizable al menos ese día. Llegan a Segovia más tarde de lo previsto, después de despachar con el Jefe de su Casa y de ojear los periódicos nacionales e internacionales.

No obstante, la llamada de Don Juan no se produciría ese 7 de enero de 1969. Aunque las declaraciones escocieron, y mucho, en Estoril, puesto que se saltaba la lógica línea sucesoria de las leyes internas monárquicas, padre e hijo no hablarán hasta el 18 de abril de 1969, según afirma Luis María Anson en su libro “Don Juan”. Fue tres días después de la muerte de la Reina Victoria Eugenia en Lausana (Suiza), la cual, por cierto, era una “ortodoxa” en cuestiones sucesorias y apoyaba las aspiraciones de su hijo. Don Juan reconoce que en esa conversación con el príncipe este “quería esquivar el tema. No lo dejé…Debo decir que estuve demasiado brusco”. El Conde de Barcelona –título real, cuyo uso estaba reservado solo a los reyes de la Corona de Aragón- le reprocha a su hijo que quisiera “suplantarle”, lo cual no estaba muy alejado de la realidad como se vería unos meses después, justo el 22 de julio de 1969.

3.- El Opus Dei a escena

Las declaraciones tuvieron una boca que las pronunció, la de Juan Carlos, pero unas plumas que la escribieron: Gonzalo Fernández de la Mora y Laureano López Rodó. El padre del “Crepúsculo de las ideologías” y el de los Planes de Desarrollo. Tecnocracia y Opus Dei en estado puro. Ya habían escrito el 22 de diciembre de 1968, a cuatro manos, un interesante artículo en “Arriba”, el periódico del Régimen, contra las aspiraciones sucesorias de Don Javier y Don Carlos Hugo Borbón-Parma, los pretendientes carlistas. Fernández de la Mora negó el 20 de enero de 1969, en una entrevista en el periódico “Arriba”, haber asesorado al Príncipe Juan Carlos en sus declaraciones. Menos púdico, López Rodó, de una manera jesuítica que por esta vez casaba perfectamente con su condición de socio numerario del Opus Dei, dejaba entrever su participación en las declaraciones delante de Franco. “´¿Quién se las habrá hecho?´, dijo Franco, que estaba al borde de la calle. Me limité a sonreír”, reconoce en su Memorias.

También Don Juan conocía el apoyo del Opus Dei a la candidatura de su hijo. Como hemos visto, no hablaron los dos hasta el 18 de abril, pero en una fuerte reacción a las manifestaciones de Juan Carlos las atribuye, en comunicado fechado el 18 de enero, más al “carácter de compromiso con algún grupo o sector dominante que (al reflejo del espontáneo) pensamiento de mi hijo en materias tan delicadas e importantes como son las de sucesión y legitimidad”. Blanco y en botella. Por cierto que el padre tampoco deja nada bien al heredero, a quien lo supone marioneta de los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer.

4.- Encuentro con Suárez

Nieva en Segovia, borrasquea en el alma del príncipe y se despeja el horizonte político de España. Y Segovia presta su escenario para unas horas de asueto. Que no solo serán tales porque allí estaba Adolfo Suárez, dispuesto a dejar su impronta en Juan Carlos. En las puertas del Alcázar reciben a los príncipes y reyes de Grecia el gobernador y su mujer, Amparo Illana, el alcalde de Segovia, Miguel Canto Borreguero, y su esposa, Antonia Tejedor, y el alcaide accidental de la fortaleza y de la Academia de Artillería, teniente coronel Perrino. También acuden a recibirlos el delegado provincial de Bellas Artes, Luis Felipe de Peñalosa, y el gobernador militar, Francisco García Basterra.

Los visitantes hacen un recorrido por las dependencias del Alcázar. En la Sala de la Galera coinciden con Carlos Muñoz de Pablos, que está terminando el mural sobre la proclamación, el 13 de diciembre de 1474, de la infanta Isabel como Reina de Castilla y León. Un mural en el que introduce las caras de personas de la Segovia de su época, entre ellos, a su izquierda, el Marqués de Lozoya. Muñoz de Pablos no recuerda a fecha de hoy la visita, encaramado como estaría en el andamio, dándole los últimos retoques a una obra que presentaría al público el 22 de febrero de 1969.

Al terminar la visita del Alcázar, la comitiva se dirigió al Real Sitio de San Ildefonso, según atestigua EL ADELANTADO DE SEGOVIA, vespertino por aquel entonces, al que seguimos en el periplo aunque no nos casen las horas, dado que luego de terminada esta vuelven los dos coches –en uno de ellos, que precedía la marcha, viajaba el matrimonio Suarez-Illana y el de Canto-Tejedor, en el otro los príncipes y los reyes de Grecia-, a un almuerzo en Cándido. La mesa es presidida por los reyes de Grecia. Al lado de la reina Ana María se sienta Suárez. Cándido ha consultado antes con el gobernador y en los aperitivos aparecen las alcaldesas mayores de Zamarramala que enseñan la montera o tocado a la joven y elegante Ana María. Cándido la coloca en la cabeza de la reina, que sonríe algo forzada mientras que el resto aplaude. En sus hombros, la tradicional manta de paño segoviano a la que el mesonero mayor de Castilla era tan aficionado.

Y es en los cafés cuando dice la leyenda que se produce el encuentro entre D. Juan Carlos y Adolfo Suárez. Y en ese “tête-à-tête” es cuando supuestamente el príncipe anota la visión de Suárez sobre las reformas que tendría que emprender una vez accediese a la Corona de España. La parte emotiva del relato infiere que D. Juan Carlos apuntó las ideas del joven gobernador en uno de los folios que se habían entregado a los visitantes sobre Segovia, mientras que los descendientes de Cándido aseguran que fue en la propia carta del restaurante. El caso es que, cuando siete años después el ya Rey llamó al hasta entonces ministro secretario general del Movimiento para encargarle la formación del Gobierno, le sacó el folio escrito, resumen de aquella conversación. Según Cándido López, nieto del gran Cándido, el hijo de Adolfo Suárez, Adolfo Suárez Illana, le corroboró personalmente que todavía guardaba esas letras en recuerdo de un día que había dado mucho de sí. Suárez Illana no ha tenido a bien confirmar a este periódico esta versión, aunque Aurelio Delgado, Lito, secretario y cuñado de Adolfo Suárez cuando este fue presidente del Gobierno, siempre ha negado la existencia de dicho papel.

Pero todavía la visita no había acabado. Antes de volver a Madrid, los visitantes tuvieron tiempo de dar una vuelta por el magnífico Palacio de Riofrío, una joya del clasicismo italo-español, debido al buen gusto de Isabel de Farnesio.

5.- Decidida la Sucesión

A partir de ese día los acontecimientos transcurren con una velocidad de vértigo. Al día siguiente, 8 de enero, el Jefe del Estado recibe al gobernador de Segovia en audiencia. Suárez le cuenta con pelos y detalles la visita. Ese mismo día, miércoles para ser más preciso, y como si las piezas intentaran encajarse, el ministro comisario del Plan de Desarrollo, Laureano López Rodó, intenta convencer a Franco de que rotas las ataduras que unían al Príncipe Juan Carlos con su padre, había que agilizar los trámites previstos en la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. El miedo que reinaba en los partidarios de Juan Carlos se debía a que si el dictador no utilizaba el procedimiento recogido en el artículo 6 de la ley –designación directa y propuesta a las Cortes- y a Franco le pasaba algo similar a lo ocurrido a su colega portugués Oliveira Salazar días antes –enfermedad que le inhabilitó-, el asunto se complicara puesto que en ese caso entraba en funcionamiento el artículo 8 que preveía la reunión conjunta del Gobierno con el Consejo del Reino para proponer a una persona regia, y como decía el pío de López Rodó, “Dios sabe lo que saldría de esa reunión”.

En realidad, los pretendientes estaban muy controlados por el lado carlista: Javier de Borbón y Carlos Hugo habían sido expulsados de España el 20 de diciembre de 1968 a pesar de las protestas de los Tradicionalistas, y en la otra rama, y aunque Don Jaime –padre de Alfonso y Gonzalo- seguía proclamándose jefe de todas las Casas Reales de Borbón y de España (sic), sus hijos eran relegados a una segunda posición en las ceremonias oficiales con respecto a Juan Carlos.

Por fin, en la tarde del 15 de enero de 1969, ocho días después de visitar Segovia y de sus explosivas declaraciones, el dictador le comunica al príncipe su decisión de nombrarle sucesor en el curso de aquel año.

6.- Suárez forja su carrera

Mientras tanto, Adolfo Suárez forjaba su carrera política en Segovia aunando el populismo con decisiones que demuestran, a pesar de su juventud -36 años-, su fuerte carácter político. El 21 de febrero de 1969, el ministro de la Gobernación, a propuesta del gobernador civil, nombra presidente de la Diputación Provincial de Segovia a un ingeniero agrónomo, amigo de Suárez, destituyendo a Miguel Ángel Zamarrón. Abril Martorell, un año mayor que Adolfo, sería con el tiempo mano derecha del jefe de Gobierno y vicepresidente de Asuntos Económicos (1979). Es significativo lo que dice el gobernador de Abril: “(Es) un hombre joven, perteneciente a esa generación puente que tiene que soldar indestructiblemente los pilares de nuestra más reciente historia con los de ese futuro esperanzador que social, política y económicamente se vislumbra ya en España”. Era la nueva generación. La del príncipe, a la que pertenecía el propio Suárez. Y esto dijo de sí mismo en su toma de posesión el 21 de junio de 1968: “Soy un hombre más de esa generación puente que ha de soldar indestructiblemente los pilares de nuestra más reciente historia, con los de ese futuro prometedor que espera la España tranquila y laboriosa del presente”. El concepto estaba claro, aunque no quede bien parada la amplitud léxica del entonces joven gobernador.

No anduvo con tantos remilgos Suárez a la hora de nombrar a un hombre de 59 años como nuevo alcalde de Segovia, Juan López Miguel, de pensamiento y talante liberal –y padre de quien sería el primer alcalde de la democracia con UCD, aunque hay que reconocer que no le faltaron reaños para destituir al popular y tradicional alcalde Miguel Canto Borreguero. El cese, el 31 de julio de 1969, se vistió como sustitución a petición propia, y la no comparecencia de Canto en la toma de posesión como una ausencia debido a una enfermedad. Canto Borreguero descansaba en Málaga. 22 días antes nada le impedía acudir a la celebración del 18 de julio en el Gobierno Civil. Las palabras de Suárez en la toma de posesión del nuevo alcalde fueron muy ilustrativas. El gobernador justifica un “relevo que resulta obligado y necesario (…) por el transcurso del tiempo que apaga lentamente apasionadas colaboraciones iniciales. Nuevos nombres abren un margen a la esperanza y un cauce a una mayor y más activa participación de todos en la solución de problemas que son también de todos y que a todos corresponde resolver”.

Adolfo Suárez se labra su futuro desde Segovia, que aparece de nuevo como el escenario propicio para el desarrollo de un momento de la historia de España. Un “locus amoenus” siempre dispuesto aunque también muchas veces –tantas- olvidado por los propios actores de esa historia.