Alicia González Tejero./ M. G.
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Alicia González Tejero tiene 33 años, es segoviana, de La Granja, y tiene un hijo de 4 años. Forma parte del colectivo de sanitarios que vivió en primera persona la tragedia del maldito coronavirus. O sea, de ese sector de la población, de ese segmento de conciudadanos, que no solo ha experimentado en sus carnes la pandemia, sino a los que ha atrapado el virus parte de su espíritu, de su mente, de su alma. “A veces en la vida suceden terremotos”, dice un poema de Mario Benedetti. Alicia lo ha pasado mal antes, como enfermera en la UCI del Hospital General de Segovia, y lo está pasando mal ahora, cuando advierte que después del terremoto, “las nostalgias han cambiado de sitio”, como termina el poema, y que hay algo dentro de sí que todavía tarumba después de una experiencia personal horrible; y que se trata de otra guerra a la que también hay que vencer. “Es que ha sido una guerra”, dice, “parecía que estábamos en las trincheras, las camas apiladas, los hospitales de campaña, las bajas continuas…”
Decía que Alicia forma parte de ese colectivo de conciudadanos que ha contabilizado 52.000 muertos entre sus filas por el simple hecho de intentar salvar la vida de los demás. Vida por vida. Muertes por alma. La está ayudando a salir del trance su amigo Eduardo Juárez, cronista del Real Sitio y colaborador en las páginas de este periódico, que asiste también a la entrevista y al que mira Alicia cuando la conversación se inmiscuye por derroteros amargos.

— ¿Recuerdas tu primer muerto?
— (Tarda en contestar unos segundos) Sí, pero…buf. Yo siempre pensaba que al estar en la UCI lo positivo es que tus pacientes están dormidos, y aunque le coges cariño porque vives junto a ellos la enfermedad, están aletargados, y es otra cosa; no es lo mismo que si intimaras, que si te contaran su vida; pero en ocasiones muchos despiertan, y entonces respiras con ellos, toses con ellos, y le rehabilitas, y empiezas a convivir con ellos, y al día siguiente cuando vuelves, y acudes a ver cómo andan, te das cuenta de que han fallecido, y te gana una tristeza enorme. Eso me pasó.

— ¿Llegas a empatizar con el paciente?
— Intentas que no, como manera de salvaguarda personal, pero es muy difícil no empatizar.

— ¿Eran conscientes de que se morían?
— Es difícil saberlo, pero lo que sí puedo decir es que llegaban con cara de terror a la UCI, venían asustadísimos. Con esta pandemia ha existido una sobreinformación. Todo el mundo que bajaba sabía que la iban a intubar y a sedar, y entonces se preguntaban y te preguntaban si se volverían a despertar.
Eduardo Juárez, que ha padecido el coronavirus, y que lo ha pasado muy mal, interviene:
“Yo bajé acojonado a la cafetería (del Hospital General de Segovia, acondicionada como expansión). Estás en planta estable y de pronto te dicen que llevan a otro sitio y bajas muerto de miedo”.

— ¿Qué se podía haber hecho que no se hizo?
— Hicimos lo que teníamos que hacer con los medios de los que disponíamos. Inventamos lo que no estaba inventado, duplicamos camas… Aun estando moralmente mal, porque cada uno en sus casa teníamos nuestros problemas (la pareja de Alicia, Pedro, estaba aislado en un dormitorio por haber contraído coronavirus, y un hijo pequeño, Asier, quedaba al cuidado de sus abuelos), y si no había que beber agua en siete horas, no se bebía, y si no había que ir al baño, no se iba. Tenías que realizar tu trabajo y ayudar a los demás. Hemos hecho lo que estaba en nuestras manos, doy la enhorabuena a mis compañeros. Pero creo que Segovia no tenía los medios suficientes para afrontar esta pandemia… A ver, nunca esperas que venga una pandemia, pero se podían haber cubierto muchas cosas que no se cubrieron, me refiero al material sanitario, y más cuando ya desde hacía tiempo se oían campanas en otros sitios, como China e Italia. Había mucho movimiento de virus. Todavía no me explico cómo no hemos caído más con el material tan deficiente del que disponíamos. Proporcionalmente a la población que tenemos, Segovia ha sido de las provincias de España más perjudicadas por la pandemia, si no la que más.

Sabes que se está comentando mucho la cuestión del triar, la selección de a qué pacientes escoger según la expectativa de vida…
— Esta charla la hemos tenido muchas veces los compañeros, y es dificilísimo tomar una decisión; los sanitarios lo hemos pasado fatal y lo seguimos pasando fatal una vez transcurrido el tiempo. ¿Quién soy yo para decidir quién vive y quién muere? Pero tengo que elegir, tengo que triar, porque mi trabajo me dice que el que más posibilidades de vivir tiene es al que debo priorizar; no es que quiera excluir al otro, es que tengo que elegir al que mejor preparado está para seguir viviendo.

Juárez: “Esas son las decisiones que se toman en un hospital de campaña, en la guerra. Ya lo decíamos antes”.

— Están apareciendo críticas por este motivo.
— Buf. Yo diría: si me vas a criticar ponte en mis zapatos. Mi trabajo me dice que es eso lo que tengo que hacer. Yo tengo que elegir y salvar al mayor número de gente, y si yo sé que tienes una esperanza de vida y una expectativa de calidad de vida de treinta años más tengo que elegirte a ti.

— Eso debe afectar psicológicamente.
— Fíjate, ahora que lo malo ha pasado es cuando creo que los ánimos parecen más hundidos. Está costando mucho levantar la moral y, sobre todo, muchos sentimos que nos invade una frustración porque salimos a la calle y nos preguntamos de qué ha servido nuestro esfuerzo cuando la gente pasea sin mascarilla, se va de botellón. Es que se están riendo de nuestro trabajo. ¿Se creen que son inmunes y no se van a infectar o no van a infectar a nadie? No lo puedo comprender. Es entonces cuando te entran las dudas.

— Pero habéis ganado
— Sí, hemos ganado por la gente que hemos salvado, que pensamos ha sido mucha, pero ha habido tantos enfermos que se han ido sin poder despedirse de sus familiares, de una manera tan fría… Luchar toda una vida para terminar así… Nosotros hemos intentando que murieran sin dolor, lo más dignamente posible. Había que luchar por ellos aunque luego la sociedad te diera un golpe de realidad. En ocasiones llego a pensar que aunque se sabe lo que ha pasado, no se es consciente de la gravedad de lo que ha pasado, salvo que alguien muy cercano a uno haya enfermado. La inconsciencia es lo que me preocupa. Porque esto no ha acabado.

— ¿Estáis preparados para un rebrote general o una nueva ola?
— No te queda más remedio. Lo bueno de ahora es que ya conoces al enemigo con el que luchas. Profesionalmente vamos a estar mucho más preparados, en cuanto a técnicas, tratamiento, etc. Todos tenemos en mente el uno de octubre, pero si pasa antes va a ser un mazazo porque necesitamos un tiempo de tregua en esta guerra. Que pase octubre, por favor.

— Imagínate que estás en casa, abres la televisión y te encuentras con la noticia de que hay un tratamiento efectivo contra el Covid o una vacuna.
— Pediría que por favor estén documentados todos los efectos secundarios, a corto, a medio y a largo plazo. Hemos oído durante la pandemia de muchos medicamentos que iban a ser la panacea y después te das cuenta de que no. Hemos comprobado que los medicamentos funcionaban de una o de otra manera según la persona. No creo que a corto plazo haya unos resultados concluyentes. A corto plazo lo que pido es conciencia social. Hacer las cosas bien personalmente en cuanto a distancia social, mascarillas, etc. Y no solo por lo que te afecta a ti, sino sobre todo por lo que pueda afectar a los demás.

— Tiene el olvido dos caras: por un lado, la negativa, dar la espalda a un problema que está vivo todavía, pero, mirando la parte positiva, ser una tabla de salvación psicológica para vosotros.
— Olvidar sería lo fácil, pero no olvidar te impide volver a repetir errores pasados en el futuro. Desde el punto de vista personal, la clave es dejarlo al lado pero sin separar de ti lo que ha pasado. Sé lo que he llorado, lo que he penado, lo que he trabajado, el miedo que he tenido, lo que hemos echado de menos a nuestras familias…El problema que hemos tenido es que era muy difícil desconectar, te obsesionabas con lo que vivíamos día a día, solo teníamos una perspectiva. Es una de las cosas que le agradezco a Eduardo, que me ha hecho ver que había diez millones de cosas que se ocultan por esa obsesión de lo que ha pasado, bueno no sé si ha pasado, digamos que ha transcurrido por lo menos su primer asalto, y que aquí estamos.

— ¿Ha cambiado algo tu percepción de las cosas?
— Es que esta pandemia ha sacado a flote muchas cosas. Por ejemplo en el caso de Segovia. ¿Ha tenido que pasar todo esto para darnos cuenta que Segovia estaba sanitariamente olvidada? Cada cual tiene su pensamiento político, pero creo que se han evidenciado las carencias, y las consecuencias la ha sufrido un Hospital provincial pequeño en el que nos hemos visto obligado a triar, y a elegir quién quedaba en la planta y quién pasaba a UCI. Yo solo quiero que se solucionen los problemas. En Segovia hemos estado fatal. No había personal. No había medios. Todo el mundo veía la panacea en traer un respirador. ¿Y dónde lo pongo? ¿Dónde lo conecto? ¿Qué personal lo maneja? ¿A qué paciente lo aplicas? En la UCI llevábamos cada sanitario tres enfermos y estabas tratando a uno y de pronto el otro se te ponía peor y tenías que echar mano de un compañero que venía corriendo y dejaba lo suyo. ¿Qué es lo que quiero decir?, pues que teníamos una ratio de cama UCI por habitantes que era ridícula, y que si hubiéramos tenido más camas, más espacios, más medios habríamos salvado a más gente. A veces, gracias a la colaboración de la sociedad con pantallas, con mascarillas, con salvaorejas –cómo agradecíamos las salvaorejas después de estar todo el día con las mascarillas puestas-, solucionábamos carencias que pueden parecer, en comparación con las otras, menores, pero que agradecemos mucho.

— ¿Desde el punto de vista personal ha cambiado algo?
— Sí, me he dado cuenta de que soy más fuerte de lo que pensaba.

— ¿Qué es para ti la muerte?
— Esta experiencia te hace madurar muy rápidamente. Ahora me planteo cosas que son más propias de una persona de 70 años. ¡Es que ha muerto gente a la que no se le había acabado la vida! y yo lo he visto. No estoy preparada para la muerte, pero sí la he asumido. Lo único que pido es morir dignamente y poder despedirme de mi familia.

El coronavirus fuera y dentro de casa

Alicia ha vivido el coronavirus fuera y dentro de casa. Su compañero de vida y padre de su hijo se contagió, y se recluyó en una habitación. Este es el relato de su otra rutina diaria con el único fin de la supervivencia: “A mí me quitaron la reducción de jornada y tenía que ir a trabajar con Pedro confinado en la habitación y con mi hijo de cuatro años que yo no sabía si era portador o no danzando por la casa y vigilándolo con un vigila bebés. Yo llevaba una vida hiperactiva. Llegaba por la noche y a pesar de haberme levantado a las siete menos cuarto de la mañana y de no haber parado en todo el día no podía dormirme porque tenía que seguir jugando con mi hijo. Ibas al hospital. Dabas lo mejor de ti. Salías, te desinfectabas. Volvías a casa, te volvías a duchar… No podía con mi cuerpo y aún así si me hubieses dado dos meses más, dos meses más que hubiese seguido. Y lo mismo que yo el resto de mis compañeros. Desde el primer día del confinamiento, lo primero que le metí a mi hijo en la cabeza era que aquella era la habitación de papá, que ese era su baño, y que no había que entrar. Hicimos un dibujo en cada puerta poniendo que lugar correspondía a cada uno. A papá no lo podemos ver. Cuando queríamos hablar con él lo hacíamos de puerta a puerta. Me inventé un juego con mi hijo para hacerle partícipe de la situación. Tenía que encontrar pistas. La última la tenía papá, y mi hijo iba a la puerta en donde estuvo 26 días confinado su padre para que este le dijera dónde estaba el tesoro. Era su forma de comunicarse con él. Y así construimos una rutina. El futuro se resumía en ‘cuando se muerta el coronavirus’ haremos esto y aquello. Había que pasar el día a día con estas pequeñas maneras de superar la soledad, la tristeza, la incertidumbre”.