El nuevo Mester de Juglaría cincuenta y dos años después de su debut la noche del pasado miércoles en los Jardines de los Lozoya. / Kamarero

Los chicos venidos al mundo allá por los sesenta teníamos una imagen muy nítida de Segovia, aunque no fuéramos nacidos aquí. La teníamos a través de Cándido, y de Ismael, que después se hizo acompañar por la Banda del Mirilitón. Los más aplicados sabíamos de la obra del marqués de Lozoya, que era mucha y buena. Eran todos ellos segovianos…, como diría, muy segovianos. Rezumaban segovianismo por cada uno de los poros de su cuerpo. Las imágenes se volvían eco con el Nuevo Mester de Juglaría y con sus jotas castellanas; y con su poema melódico Los comuneros, que a mí me gustaba más que los de Quilapayún, vaya por dios. Mis amigos no entendían esa veta castellana de un nacido en Málaga y recriado en Aragón, pero así estaban las cosas por entonces. Me encandilaba eso de “es la chica segoviana/ la mujer que yo más quiero,/ son sus ojos más bonitos/ que la lunita de enero”. Con el tiempo, pasado los años, en momentos en que la melancolía apretaba la garganta, solía oír esta jota una y otra vez junto con Las bodas de Chistén, de La Ronda de Boltaña. Hay canciones que sin saberlo ni esperarlo se te agarran al alma y parece que quieren estrujarla.

Me pasaba también con Paraules d´amor —en catalán— y con Los campanilleros, de La niña de los peines. Y con pocas más. Juro que no es cosa de la edad, porque viene de lejos.

La verdad es que, cuando uno no se tiene que enfrentar al pasado, los recuerdos reconfortan

El caso es que el otro día tuve el privilegio de oír a este grupo de chavales que son el Nuevo Mester de Juglaría en los jardines de los Zuloaga, a orilla de san Juan de los Caballeros y a la vera de la muralla. Venían acompañados de la Orquesta Sinfónica de Segovia, dirigida por el maestro Eugenio Uñón. Aguantaron el tipo durante dos horas, y eso que la noche se iba volviendo más serrana y el biruji se hacía notar. Y afloraron los recuerdos. La verdad es que, cuando uno no se tiene que enfrentar al pasado, los recuerdos reconfortan. Y más, estos. Es sumamente fácil enamorarse de Segovia con tal mochila de sentimientos. Es fácil enamorarse de Segovia con mochila o sin ella. Pero así el gusto es mayor. No tengo el placer de contar correrías tras estos juglares como hace un par de años se escribió en estas páginas en un magnífico artículo. Mi devoción no llegó a tanto. Pero por qué será que se me viene todo el amor de golpe cuando es de noche, luce Segovia y suena “¡Ay segoviana, cuánto te quiero/ ay segoviana, por ti me muero!”.