Segovia 2050

    Hoy recogemos en las ‘Crónicas del 120 aniversario‘ que publica semanalmente nuestro periódico el mito de la Segovia negra. Una Segovia que tras siglos de letargo pareció despertar en el paso de centuria. De la XIX a la XX. Lo hizo de la mano y bajo el impulso de personas excepcionales. Mientras, su imagen exterior permanecía anclada en lo que pudo haber sido y no fue, participando de la decrepitud de la Castilla de la época a ojos de intelectuales que apostaban por hacer borrón del pasado.

    La pregunta, ya bien entrado el siglo XXI, vuelve a ser: ¿Quién piensa por Segovia hoy día? ¿Existe un proyecto de ciudad y provincia a medio y largo plazo?

    La falta de proyección estratégica y conjunta ha derivado en verdaderos y costosos blufs, como el Centro de Innovación y Desarrollo Económico (CIDE), verdadero depredador financiero de recursos públicos y de incierto futuro, o el inconcluso palacio de congresos. Los proyectos en esta ciudad y en esta provincia además de improvisados parecen eternizarse. La fibra óptica se queda a pocos kilómetros de un polígono y son los empresarios quienes tienen que procurar su provisión o buscar soluciones alternativas; una década más tarde parecen desbloquearse los centros de salud Segovia IV, en la capital, y el de Cuéllar, o las obras del instituto de San Lorenzo. La nueva infraestructura hospitalaria —que era tan urgente hace un año— puede contagiarse del ritmo lento que acucia a esta ciudad y a esta provincia. Las infraestructuras energéticas dejan que desear, y el campo —verdadero alivio económico gracias a sus potentes, modernas y eficientes industrias agroalimentarias y transformadoras de recursos primarios— se ve amenazado por continuos proyectos de paneles solares que pugnan por sustituir los cultivos tradicionales.

    La constitución de una macrocomunidad autónoma en Castilla y León respondió a la necesidad de contrapesar tendencias centrífugas antes que a criterios de eficiencia

    ¿Qué administración lidera el impulso en y para la provincia? La constitución de una macrocomunidad autónoma en Castilla y León respondió a la necesidad de contrapesar tendencias centrífugas antes que a criterios de eficiencia. En León, como en Segovia, son las diputaciones quienes se han convertido en las administraciones nucleares. La Junta de Castilla y León no ha superado el tradicional olvido de Segovia. Parece que el AVE y la autovía a Valladolid son la única excusa. Buena cosa son ambas, pero no basta con ellas. Que sea en el 2021 cuando se empiece hablar de un plan industrial para el nordeste de la provincia es todo un síntoma; y más cuando la propia Junta desinvirtió a finales de los 90 en un recurso económico como es una estación de verano y de invierno sin buscar alternativas para la zona. El Ayuntamiento de Segovia, por su parte, tiene un lastre financiero considerable producto de erráticas y desproporcionadas actuaciones de otras épocas y poca capacidad de influencia en estancias estatales y regionales para suplir sus déficits operativos.

    A todo ello se une una cierta atonía e indolencia ciudadana, que acaso salvan honrosas excepciones particulares que adquieren en ese panorama mayor mérito.

    ¿Quién piensa en y por esta ciudad, en y por esta provincia a largo plazo?

    El presidente del Gobierno ha presentado un plan para España con vistas en el 2050. Largo lo fía, pero al menos supone un ejercicio de proyección y un intento reflexivo de cara al futuro. Repetimos la pregunta inicial de este comentario. ¿Quién piensa en y por esta ciudad, en y por esta provincia a largo plazo? Bueno sería que alguien tomara la iniciativa y propusiera una reflexión sobre la Segovia que se prevé y se pretende más allá de una legislatura. En todos los ámbitos. Con implicación del conjunto de sectores implicados: públicos y privados. Sería una buena manera de huir de la desazón y de despejar incógnitas; de renovar impulsos y apostar por el futuro. Y de dejar en el pasado literario y artístico el marchamo de ciudad “pétrea e inamovible”.

    CRÓNICAS DEL 120 ANIVERSARIO | La Segovia negra, por Ángel González Pieras